22 jul. 2018

Memoria involuntaria: agua sustancial, limones e higos; o sea, Velázquez, Wellington y mi padre. (O también: Agua perfumada y senectute)


El agua es inodora, incolora e insípida. Así enseña la Química sus propiedades, como la Matemática con su ‘decir numeroso’ las tablas de multiplicación. Luego está la Alquimia y la contabilidad de diseño, y todo para en otra cosa.

Hoy recordé algo que mi padre hacía en días de canícula. Ponía peladuras de limón en el agua fresca, y bebíamos de ella, sedientos y conformados a su sabor, el perfume de aquel fruto. No conozco la fórmula sintética –tampoco deseo conocerla– que explique el efecto por el cual nos saciaba sin, no obstante, atracarnos el buche y luego no poder continuar jugando. Él, mi padre, proseguía una práctica que su madre también utilizaba. Junto al botijo estaba una jarra con agua fresca y raspaduras de limones, y un vaso; yo creí –así durante algún tiempo– que era para los que no alcanzábamos a elevar lo suficiente el pitorro y evitar que éste acabara en pezón a labios mamones. Pero eran otros –además, probablemente, de éstos– los motivos; era ofrecer agua perfumada.
 
Recordé a mi padre y a mi abuela al leer una línea en un libro exquisito; Variaciones sobre el vaso de agua, de Andrés Sánchez Robayna (Galaxia Guttemberg, 2015, p. 30). Es aquella que casi no se detiene en el detalle de la copa de agua en el velazqueño Aguador de Sevilla (ca. 1617-1623); apenas anota del higo sumergido en su interior “que, se decía en la época, perfumaba el agua”.
 
 

Agua perfumada, con limones, con higos. La seducción sexual es propicia, pero demasiado explícita. Intentaré otra que, como jurista, me lleva a contemplar el lienzo de mi antiguo convecino en metáfora de los Derechos de la Vejez.



El anciano aguador entrega una copa de agua perfumada –con fragancia de higo– a un joven. La copa está sujeta entre las manos de ambos; el viejo la ofrece, el joven la recibe. Al fondo, un hombre de edad madura también bebe –de una jarra– agua. El agua como motivo en derredor a tres edades, el agua en el ciclo de la vida. El joven –cuyo rostro es igualmente el muchacho de la Vieja friendo huevos (1618)– y el viejo –personaje tan digno como popular en aquella Sevilla renacentista de tantos pícaros y cada menos mareantes a las Indias– unidos por el agua, que es como el tiempo, escapando entre los dedos, recogida en un cáliz transparente, vaciado de la cántara que lo alberga todo y de cuyo orbe panzudo resbalan –exudan–  gotas luminosas. El viejo la tiene –la sostiene– del asa, con mano curtida, en un gesto suave que apoya en la aspereza del barro no vidriado. El vidrio translúcido del tiempo por venir, por beber, en la copa asida a su talle por el joven, y alzada del pie por el viejo. El infinito en cada gesto, en cada mueca, sin el aspaviento de la prisa. Sólo el hombre maduro, desdibujado –aproximativo– bebe con premura.

El cuadro de Diego de Velázquez lo llevó a Inglaterra el Duque de Wellington. Ahora está en la londinense Apsley House, formando parte de 'The Wellington Collection'. Y allí está detenido el tiempo, el agua. Paradoja de la vida que discurre, como el agua del río manrriquiano, y se embalsa en los museos; el agua de los pantanos, empantanada. Pero esa es otra reflexión.
 
La de esta hora es resaltar el sentido del Derecho de los Viejos, de la vejez que nos entrega la copa de agua, pero agua perfumada. Más íntimo, más propio y personal, el paladar –la memoria involuntaria– del agua que olía y sabía a limón, y las manos de mi padre.
 
J. C.G.



 

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