12 feb. 2018

Visibilidad de las mujeres escritoras


Se acumulan urgencias a las lecturas. El día me ilumina menos que la noche y me hace ciego. Cuando la luz de evade, llega el albor de horas en lectura. Estuve ayer de madrugada sondeando las páginas de Escritoras extranjeras, una colectanea de cuentos que José García Mercadal (1883-1975) editó con Calpe el año 1925 y ésta puso a la venta al nada módico precio de 5 ptas. Fue por la ‘Belle Époque’, más falta de beldad aquí que en otros lugares. Ya entonces se comercializaba la literatura de mujeres. El adelanto no es anecdótico, creo. No lo es, además, porque la antología excede con mucho, y muy mucho, a las presuntas apetencias literarias ‘femeninas’ tal como hoy, desde nuestra suficiencia histórica, las imaginamos.
La nómina de escritoras es interesantísima. Quizá sólo recordemos –y aún serán pocos- a Grazia Deledda, italiana y premio Nobel de Literatura, que dio a las prensas, entre otras, tres novelas realmente atrayentes, Dopo il divorcio’(1902), La via del male (1906) y La Giustizia (1914), todas sugestivas para reflexionar sobre Derecho y Literatura desde la literatura de mujeres, y sólo las dos primeras traducidas a español. La Cerdeña y las costumbres sardas impregnan su escritura más allá de la fuerza local, porque son un universo, y en él la mujer no era una estrella rutilante. Grazia Deledda recordó en la entrega del premio de la Academia que en su casa familiar había “autoridad y una biblioteca”. ¡Qué inteligencia!
A otras de aquellas ‘escritoras extranjeras’ se las ha tragado el tiempo; el devorador por excelencia, insaciable. Así, la brasileña Emília Bandeira de Melo, que firmaba “Carmen Dolores”, cronista excepcional. También a otra italiana, Ada Negri. A la polaca Maria Komopnicka. Y sucumbieron norteamericanas como Mary Wilkins o Elena Glasgow. Y Neel Doff y la Baronesa de Edner, holandesas. Una reina rumana, Isabel de Rumanía, que firmó como Carmen Sylva, tan melancólica, igualmente. Asimismo a Vitoria Benedicsson y Selma Lagerlof, suecas. O a la belga Blanca Rousseau, y a Erma Heinemann, alemanas. Tantas... Aquí fueron en total dieciséis. Y esperan, nos esperan... Esto, también, es esperanza, no su contrario. La esperanza es una moneda sin dos caras. Quien pretende darle vuelta sabe nada de ella. Es un incontinente de la espera, un desesperado.
Estas ‘Escritoras extranjeras’ constituyen un inusual material que, aún concentrando a europeas principalmente, por su ‘rareza’ las universaliza; forman un koinos kosmos. El eurocentrismo también tiene género, sobre todo si es escrito -y leído- como private world. Les aseguro que no es el caso.
Ayer noche, casi hasta el amanecer, ellas me obsequiaron perfúmenes olvidados.
 
J.C.G.

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