13 feb. 2018

Viajes de antaño y hogaño

 
 
Si el siglo XVIII introdujo la moda –de raigambre enciclopedista– des tableaux, práctica a la que del mismo modo la Ciencia jurídica no fue ajena, pertenece a la siguiente centuria haber puesto en boga el uso de the guides. Naturalmente, el empleo de una u otra herramienta de aprendizaje cognitivo no es equivalente. En las tablas aparece una técnica metodológica –y una estrategia también– capaz de desplegar la sistemática de un determinado conocimiento. Las guías, por su parte, apenas plantean más que una orientación principal hacia ese objetivo. Si aquí las presento en un par comparativo es, por tanto, a guisa sólo aproximativa, y también pretendiendo con ello hacer ver representativamente que el distinto idioma que en cada caso designa la popularidad de su empleo es a su vez simbólico de lo empeñado en la transformación epistemológica producida de uno a otro período, lo que en sí mismo es, igualmente, un esquema o mero proyecto de definición histórica.
Pero no es por ahí donde quiero desembocar trazando las pocas líneas que serán esta página. Abro el surco de su escritura para cultivar una reflexión sobre los trotamundos de antaño, de los que en el presente hemos compuesto una idea aventurera y algo novelesca. Entre nosotros, han contribuido particularmente los ‘viajeros románticos’ por España, en especial ingleses aunque con notables excepciones galas, y la misma manera de leer su literatura de voyage, no siempre objetiva por demasiado impresionable y volcada al pintoresquismo. Las guías de viajeros la desmienten con crudeza.
Anoche releía en las páginas de este Viaje por el Itsmo (sic.) de Suez, desde China a Europa y de Europa a China, escrito por Domingo Ortiz de Zárate e impreso en el Colegio de Santo Tomás de Manila el año 1848 con 123 pp. Adquirí el ejemplar a poco de llegado a Málaga, en una liberaría de anticuario ante la que sigo siendo vencido por sus tentaciones. Lo leí entonces con el temblor de entrar en posesión de un ‘raro’, lo que todavía era singular en mi biblioteca, pero sin inteligencia de su sentido. Hoy, quizá, me sea más disponible.
De su autor es poco lo que se conoce; no llevó en su peripecia vital mucho equipaje, viajó ‘ligero de equipaje’, como los machadianos ‘hijos de la mar’, y sería por su afición a los viajes por ese medio, y a la modernidad de los vapores. En alguna parte tocó puerto su existencia, que las resacas de la memoria –ésta es una marea movida por las lunas menguantes de anteayer- aún no han devuelto. Pero a la playa un día, y nunca se sabremos cuál, llegarán reminiscencias. De momento la espera se hace tolerable mientras le leo.
En mi repaso de lectura navego ahora otros rumbos hermenéuticos. Lo redactado para aquel viaje es meticuloso y preciso. Precios del pasaje, horarios de trayectos y rutas, agentes y compañías consignatarias, equivalencia para los cambios de moneda y hasta el coste de sirvientes, según fueran nativos o europeos. También las mejores alternativas disponibles en conexiones y otras minucias sobre cuarentenas. Es una guía rigurosa y confiable. Éste, me parece, es su valor de época, análogo a lo socialmente valioso para su tiempo. La conclusión no es menor, creo.
De mitad de siglo en adelante la experiencia de viaje, que antes, en los siglos XVII y XVIII, había sido de exploración y, sobre todo, para apertura de mercados, nuevamente cambia. El testimonio de ella será más antropológico y científico, a lo menos social. Traje de Lima, por feliz recomendación de un buen amigo, una bella edición de Paisajes peruanos, de José de la Riva-Agüero, político, ensayista e historiador peruano. Es un viaje terrestre y en caballería, y le adeudo cabalgar a lomos de su letra las impresiones de la huella escrita como marcado vestigio para rastrear el espíritu de nación. La segunda mitad del XX -cuando ya toda seguridad sea desmayo- dará otro giro: adentrar el interior del propio peregrino, un camino a menudo insondable. Musil lo ha pautado.
Hogaño, por lo general, se viaja con otra intención, de distinta filosofía. La distancia se mide por la demora en la cinta de recogida de maletas, por la enumeración de lastimosos deterioros en los bultos y poco más, incluyendo eventuales irritaciones en aduana.
Por eso mi elogio es para quienes regresan de viaje con libros y un carrete fotográfico de alta sensibilidad en la mirada, que luego revelan en el cuarto oscuro de sus corazones. Porque ellos, no obstante su retorno, aún permanecen en viaje.

J.C.G.

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