27 feb. 2018

Álbum del Congreso ‘Ecologia del non-sapere’, y una divagación (extracongresual) sobre “smartlaw”.








 
Durante las intervenciones que se suceden a lo largo de un congreso académico en el que se participa o al que simplemente se asiste, tiempos de atención transmigran a instantes de meditación, de divagación e, incluso, de elucubración. Mientras aguardaba mi turno en el que participo, y más allá de éste e, incluso, durante mi intervención, oía y yo mismo pronunciaba ideas, nociones y conceptos vinculados a ‘futuro’ y ‘riesgo’ y, como digo, parte de mi, o uno de los varios que conforman mi yo individual en el nosotros de una comunidad que reflexionaba sobre ‘el no-saber’, es decir, acerca de la ‘ignorancia’ y, por tanto, sobre ideas, nociones y conceptos vinculados a ‘futuro’ y ‘riesgo’, formé de alguna parte una madeja, o puede que se desenrollara en la rueca de la autoconciencia, y comencé luego a devanar un hilo… Aquí y ahora recojo el ovillo de esos pensamientos, en los que enhebraré –o no– un día –no será hoy, acaso tampoco mañana– la aguja para tejer una página, y que tal vez sólo quede hilvanada, sin ir a más, en esta postal.
En el estambre de nuestro lenguaje se ha tejido fuertemente la ‘inteligencia’, que entresacamos del anglicismo -hebra larga y delgada- del ‘smart’. Hoy concebimos la posibilidad –muy cierta- de Smart city –algunos de quienes me lean puede ser que ya habiten en una ciudad inteligente, e imaginándolo así es seguro que poseerán allí todos poseerán un Smartphone (no es mi caso, aclaro, para ilustrar a posibles benefactores). La Smart card hace ‘inteligente’ nuestros hábitos de consumo, que casi nunca lo son. En todo caso, es mucho menos frecuente hablar de “smartlaw”, que a muchos parece un filamento fibroso, pero frágil como un hilo de seda. ¿Qué sería un Derecho ‘inteligente’?, o también, ¿con qué inteligencia habría de operar ese (nuevo, innovador) Derecho?
Hay, como se sabe, una inteligencia racional. Ese smartlaw no es nuevo. Novedoso puede ser que sea esto que ahora voy a decir: digo que allí no hubo inteligencia del futuro ni del riesgo. Y diré más: el futuro fue en ese Derecho un desierto inhabitado (e igualmente inhabitable); porque la Razón no tenía tiempo, ni producía cuerpos que experimentasen riesgos; el cuerpo está incorporado al tiempo, los cuerpos no son extraños al tiempo, a la Historia. La Razón, por el contrario, se abstraía de lo histórico; era intemporal e incorpórea. La ‘razón histórica’ era, en sí misma, una razón 'ex-traída' de la Historia. La Razón era –o lo pretendió- un universal. Más renovador sería decir de otro smartlaw, uno hoy emergente. El de la inteligencia creacional. Allí el futuro está habitado por fantasías, sí, a veces; yo prefiero creer que por expectativas, y más todavía, por esperanzas: un futuro en espera contendida y, en ocasiones, también -ciertamente- desesperado. Por tanto, de uno u otro modo, un futuro habitado (y habitable) por las pasiones, las emociones, por el presente metafórico (el que va más allá, el que propende al futuro, que se mantiene en espera), y por la memoria (que es el pasado a la espera del presente, para hacerse memorable, para perdurar en futuro), y por la afectividad. Y en todas y cada una de esas ‘habitaciones’ hay habitantes: está ‘el otro’, está la alteridad de nosotros mismos, nosotros somos ‘el otro’. Y la empatía de ese nosotros que es ‘el otro’ se habita en el Arte y la Literatura: en el Arte y la Literatura "el otro es nosotros"; nosotros somos el otro, finalmente. En este pujante smartlaw, en este cada día más nacido y creciente derecho de la inteligencia creacional está, me parece, el cuerpo incorporado; en el se desarrolla la corporeidad del tiempo y en cada tiempo, su carnalidad más corpórea, el tiempo hecho carne de futuro y riesgo.
VALE
J.C.G.
 
 

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