Friday, May 26, 2017

Una Great Britain que hoy es sólo taxidermia. El caso Bentham.


Si este próximo verano –o durante la estación que resulte más cómoda a mi anónimo lector– se decide a viajar a Londres, concurra al British Museum, a la National Gallery y luego alce la vista hasta lo más alto de la Columna Nelson, a la Royal Academics of Arts, no olvide a Baker Street 221 b, espere ante Buckingham Palace previa adquisición de unos buenos prismáticos el Changing of the Guard gloriosamente amenizado por la Military Band, no olvide la estación de Waterloo, rebusque en Portobello Road, aproveche los shopping para las convencionales compras y trate de degustar –en lo posible– la manifiestamente mejorable cocina inglesa, excepción del socorrido fish and chips. Cuando haya tachado de su lista todo lo anterior y despegado los calcetines de la piel de sus tobillos hinchados, aún le quedará por ver algo insólito en lo que muy pocos reparan. Si Vd. es profesor de Filosofía del Derecho no le será excusable abandonar la Isla camino del aislado Continente europeo, o cualquiera de los cuatro restantes, sin visitar el lugar al que ahora me referiré. Está en Bloomsbury, más concretamente en las instalaciones del University College London, y allí lo que hay que ver -¡lo que hay que ver!es la momia de Jeremy Bentham (1748-1832). No deje pudrir la ocasión y contemple su cuerpo embalsamado y vestido con propia ropa –en aceptable estado de conservación; la vestimenta, me refiero– oportunamente expuesto en una de las vitrinas –más bien un confesionario metodista o una prefigurada telephone cabin– del Hall. Ello es resultado del fiel cumpliendo de las mandas testamentarias escrupulosamente establecidas por difunto pensador. Sin embargo, no esperen tanto como lo pre-visto; es un muñeco, con méritos para ser expuesto en el Madame Tussauds London Bulding, si bien considerando que Bentham mucho antes de morir, de la cabeza a los de pies, fue un outsider, es en el mencionado College donde con razón debe estar y allí lo hallarán. Los pies ya no le son de utilidad, pero eso presenta una postura sedente. En cuanto a la cabeza, la reflexión ciertamente no es irrelevante, y hasta diría que capital; incluso ahora que, protegida a las miradas en una caja fuerte, ya no rinde las utilidades balompédicas que en otro tiempo supieron encontrar para sus recreos los estudiantes émulos de Sir Bobby Charlton. Porque Bentham, en efecto, finalmente perdió la cabeza.
Es lo que ocurre; la decadencia de una Great Britain que hoy es sólo taxidermia. Ya tampoco la orange marmalade es lo que era, y el british pudding se nos presenta ahora completamente inconmovible y firme. Del Beefeater Dry Gin, ni les digo; es el producto más utilitario que conozco para anestesiar profundamente, y como no quiero parecer egoísta diré también que aporta notables beneficios para la asepsia.

J.C.G.
 


  
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“El testamento de Jeremy Bentham (1748-1832) establecía que su cadáver fuera diseccionado en el transcurso de una clase de anatomía para, a continuación, ser momificado, vestido con sus propias ropas y sentado en una cabina de madera denominada “auto-icono”. El cuerpo de Bentham se conserva en el University College de Londres, donde sigue expuesto al público.
No así su cabeza, que no salió bien parada del proceso de embalsamamiento y fue sustituida por una reproducción de cera. Durante algún tiempo, se conservó a los pies de la momia el cráneo original de Bentham, con los ojos de cristal que, según cuenta la leyenda, el fundador del utilitarismo eligió personalmente y solía llevar en el bolsillo de su chaqueta. Pero cuando se convirtió en instrumento recurrente de las bromas estudiantiles –en una ocasión apareció en una taquilla de una estación de tren escocesa– las autoridades universitarias pusieron la cabeza a buen recaudo.
Esta extravagante rebelión benthamiana contra las formas funerarias establecidas es significativa. Cuestiona la recepción dominante del utilitarismo como un proyecto de corto alcance metafísico, cercano a ese pragmatismo ingenuo que asociamos al mundo de los negocios pequeñoburgueses. Tras dedicar su vida a la reforma social, Bentham no se privó de una intervención radical post mortenque cuestionaba una de las grandes sedimentaciones civilizatorias. Al fin y al cabo, la ritualización del trato con los cadáveres es un elemento casi universal del paso de lo crudo a lo cocido. La aparición de ceremonias de enterramiento se ha considerado tradicionalmente un hito clave del proceso de hominización. La ruptura de Bentham con las costumbres funerarias de su tiempo deja clara su pertenencia a ese universo de pensadores y políticos que a finales del siglo XVIII vieron la historia y la naturaleza humana abiertas ante sí. Es pariente cercano de aquellos saint-simonianos que vestían chaquetas con botones por la espalda a fin de obligarse a solicitar ayuda para abrocharlas y, así, fomentar la fraternidad. La diferencia, claro, es que una parte substancial de la doctrina benthamiana ha pasado a nuestro medioambiente ideológico. La escuela neoclásica de economía se inspiró directamente en Bentham y la herencia del utilitarismo es meridiana en cualquier manual de economía convencional. Eso por no hablar de su inmensa popularidad entre el progresismo burgués ruso, francés y, muy especialmente, ibérico. Durante el trienio liberal, Bentham mantuvo una fluida relación con las Cortes españolas y en Portugal el Parlamento llegó a ordenar la impresión de sus obras. Por eso Bentham es siempre un compañero de viaje incómodo para el liberalismo ya no sólo económico sino también político: nos recuerda que la economía de mercado, la democracia representativa, el estado de derecho o el trabajo asalariado se parecen más a los falansterios que a estructuras antropológicas, como los sistema de parentesco, con milenios de antigüedad.
La propuesta mortuoria de Bentham no consiste en una renuncia sin más a las convenciones establecidas. No pidió que su cuerpo fuera arrojado a un vertedero. Primero el cadáver debía ser tratado objetivamente como carne muerta para, a continuación, proceder a una reformulación perfeccionada de los usos funerarios. Se trata de una especie de parodia macabra del elemento central de todo el sistema benthamiano, la búsqueda de un grado cero de la sociabilidad desde el que reconstruir el vínculo comunitario sobre bases más racionales. Bentham reconoce la naturaleza gregaria del ser humano, pero desconfía profundamente de esa viscosidad antropológica característica de la fraternidad natural, en la que el vínculo social es indiscernible de relaciones de dependencia personal, supersticiones, pasiones desenfrenadas y falsa conciencia.
El núcleo duro del utilitarismo benthamiano es la idea, relativamente frecuente en su contexto filosófico, de que todo acto humano debe ser juzgado según el placer o el sufrimiento que reporta, con el objeto de lograr la mayor felicidad para el mayor número. Bentham consigue convertir este lugar común eudemonista en una fuente de transformaciones políticas radicales. Aunque el cálculo hedónico benthamiano no se compromete con un proyecto político concreto, tampoco es una apuesta meramente procedimental. No se limita a proponer diques garantistas, como la separación de poderes, a la espontaneidad política. Bentham alienta una auténtica ortopedia pública, un mecanismo activo de intervención sobre el vínculo social natural que corrija sus taras comunitarias”.
 
 
César Rendueles, Prólogo a Jeremy Bentham, Panóptico, trad. De David Cruz Acevedo, Madrid: Círculo de Bellas Artes, 2011.

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