Wednesday, July 20, 2016

One finding nugget, por José Calvo González




La Literatura no es una mina de oro. Este aserto, que en lo crematístico resulta de todo punto incontrovertible incluso para los escritores de fama universal –y diría que incluso en especial para éstos– carece asimismo de cualquier otra virtualidad metafórica que lo redima. Escribir, contra el parecer de determinados obsesos cuyos escritos dicen haberlos extraído bajo tierra, exonerándolos de profundas simas -y que, por lo general, allí debían haber permanecido– no es una explotación minera del subsuelo cavernoso, siempre amenazado de derrumbes. El escritor no se tizna la cara con carbón, ni respira el mortífero grisú. El papel en que trabaja es blanco y todo lo más se mancha los dedos de restos de colorantes, o colorines.

Sin embargo, escribir es un oficio cuya práctica guarda notables semejanzas con las labores de un campamento minero aéreo. Es el caso de los buscadores de oro, con quienes el escritor comparte la Golden Fever, la Fiebre del Oro. Creo que la biografía de Jack London representa un pulido ejemplo y es, además, muy seguramente, un paradigma procesal; repartió periódicos, trabajó en una fábrica de conservas, fue cazador de focas en Japón y, poco antes de darse a la escritura, buscador de oro en Klondike. Su experiencia vital es del todo premonitoria para la que iba a ser su Literatura.

Escribir no es el producto de un denodado esfuerzo subterráneo. Queda bien afirmar lo contrario en páginas de (vicaría) crítica, en entrevistas a micrófono monosílabo reclinado en boudoir. Porque todo el mundo sabe que no es cierto, que es puro posé. Escribir es una labor que, relativamente incómoda por los diversos problemas de espalda que origina, consiste en escudriñar al pie de la montaña de ripios que es la realidad, en la ribera de un papel azul claro, con las manos mojadas en tinta y un cernedero entre ellas, en busca de la pepita de oro. El escritor es un buscador de oro.

Los filones de las grandes minas de oro hace tiempo que están agotados. Es inútil probar, menos aún pretender, reabrir su explotación. Como escritores ‘de fortuna’ –Gold Digget– nos limitamos a cribar la erosión del significado, indagando con meticulosa mirada, la imaginación de otra palabra que súbitamente brilla en el limo, fulgurante. La pepita de oro.  
 
J.C.G.

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