Monday, March 28, 2016

Del hidalgo lector don Quijote. Con nota al margen

 


 
Edward Baker
La biblioteca de don Quijote
Marcial Pons, Ediciones de Historia
, Madrid/Barcelona, 2015 (1ª ed. 1997), 188 pp.

ISBN: 9788415963707


El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es, entre otras cosas, uno de los libros más librescos de las letras universales y una lectura que gira sistemáticamente en torno a la lectura. En su Vida de don Quijote y Sancho (1905), don Miguel de Unamuno pasó por alto el escrutinio a que el cura y el barbero sometieron los libros de su ya enloquecido amigo, argumentando que trataba de libros y no de vida. La crítica, con pocas excepciones, parece haber seguido las directrices de don Miguel, porque el tema de la biblioteca en el Quijote no ha suscitado el interés que se merece. Ha sido objeto de estudios preferentemente bibliográficos en torno a las ediciones de los libros que el hidalgo tenía en su casa, junto con otros de tipo biográfico referidos a los libros que poseía el propio Cervantes y su posible enjuiciamiento de los mismos.

La biblioteca de don Quijote tiene el propósito de indagar en un conjunto de temas relacionados con los libros que poseía el hidalgo manchego metido a caballero andante y con su biblioteca. El primero es una cuestión de formaciones discursivas, entre ellas la formación propiamente literaria. Don Quijote es un punto de encuentro entre una formación teológica tridentina y otra literaria que empieza a surgir con gran pujanza en aquel momento y que adquiere en el Quijote una sorprendente autonomía. El espacio de dicha autonomía es la biblioteca del loco, hecho que encierra una extraña paradoja, porque los libros son perfectamente reales, mientras que la biblioteca es ficticia. Es el propósito de La biblioteca de don Quijote explorar el espacio que la paradoja abre, espacio cultural y discursivo en que la biblioteca —una temprana textualización de la literatura— se objetiva en la persona de un demente que se ha reinventado como texto literario andante.

 

ÍNDICE:

AGRADECIMIENTOS.-

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN.-

ADVERTENCIA PRELIMINAR.-

AL LECTOR.-

CAPÍTULO 1. DON QUIJOTE Y LA INVENCIÓN DE LA LITERATURA.-

Hacia la invención de la literatura .-

Antiguos y modernos.-

Los libros y sus lectores.-

El autor entre el mecenas y el mercado.-

Bibliotecas.-

Una cuestión de taxonomías.-

Otro prólogo: gramáticos y fabuladores.-

CAPÍTULO 2. LAS BIBLIOTECAS DEL QUIJOTE .-

La biblioteca de don Quijote.-

Deseo, lenguaje, proyecto.-

Los libros de don Quijote.-Taxonomía y economía de una biblioteca ficticia.-

Una utopía discursiva: los libros y la biblioteca.-

La biblioteca del «zurdo» Palomeque y sus lectores.-

Los desocupados lectores.-

La biblioteca del Caballero del Verde Gabán.-

Hacia los caminos de la Mancha.-

EPÍLOGO. EL IDIOTA EN SU TEXTO.-

APÉNDICE DOCUMENTAL.-

BIBLIOGRAFÍA.-

ÍNDICE DE ILUSTRACIONES.

Del Prólogo a la segunda edición


La biblioteca de don Quijote, un ensayo de crítica literaria escrito entre el verano de 1994 y el de 1996, respondía a dos motivos, de los cuales uno era confesable y el otro no tanto. Han pasado cerca de veinte años y es hora de confesar que este último motivo consistía en un vulgar y freudiano escaqueo, en que hice cuanto humanamente pude por no escribir un libro que me parecía extremadamente complicado y de todo punto superior a mis fuerzas. El tal libro versaba o debía versar sobre la formación en España, a partir de finales del siglo XVII y comienzos del XIX, de una literatura propiamente nacional con su canon de autores y obras, amén de las instituciones políticas y culturales que le daban mimbres. El confesable, en cambio, era una cuestión de taxonomías discursivas y la lógica histórica de las mismas.

Este es el meollo de La biblioteca de don Quijote. El orden taxonómico de los libros que, merced a la enajenación de su patrimonio, el descabalado hidalgo manchego consiguió reunir en su casa resultaba peculiar y algo más que peculiar porque su biblioteca se parecía más bien poco a las de la España de 1600. Mientras que estas ostentaban una variedad considerable y una presencia muy visible de los libros de devoción, la del hidalgo se componía exclusivamente de obras que a la sazón eran simplemente de entretenimiento y que en nuestras clasificaciones forman parte de la literatura. O sea que hace cuatro siglos la clase de libros que poseía el hidalgo ocupaba zonas más bien marginales respecto a la cultura dominante, mientras que actualmente son, y desde hace un par de siglos han sido, el soporte imprescindible de la cultura nacional española.

Para La biblioteca de don Quijote me propuse leer la biblioteca entera, compuesta de más de trescientos cuerpos, como un solo texto que tenía y tiene una serie de significaciones y funciones dentro del Quijote. Puede decirse que mi ensayo fue un intento de dar respuesta a una contradicción surgida en el interior de aquel texto, porque los libros que lo componen son reales mientras que el texto en sí es ficticio, pues no había en aquel tiempo colecciones de libros de una cierta envergadura compuestas íntegramente de libros de entretenimiento. Argumenté, a continuación, que la biblioteca del hidalgo enloquecido y metido a caballero andante era literaria en el sentido que nosotros atribuimos a esa palabra y, además, que don Quijote leía sus libros más o menos como leemos nosotros. Sin embargo, nosotros leemos en el marco de una serie de instituciones políticas, educativas y culturales inexistentes en tiempos de Cervantes, y don Quijote llenaba esas ausencias determinadas, ese vacío de soportes institucionales, de su locura.

Naturalmente, corresponde al lector decir si realicé mejor o peor estos y otros propósitos.

Por otra parte, se avecina el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote y la reedición de esta obra responde a un objetivo conmemorativo. La cultura conmemorativa se configuró en España, lo mismo que en otros países, en el marco del nacionalismo decimonónico y del Estado liberal. Se fue constituyendo a nivel estatal mediante la fusión de la política y la cultura, pero con el tiempo entraron en juego otras instancias institucionales, en primer término la Iglesia y, más adelante, las corporaciones municipales, las asociaciones profesionales, los partidos políticos y las formaciones sindicales, y en fechas más recientes las Comunidades Autónomas. Dicha cultura es un aspecto esencial de lo que a mediados de los ochenta del siglo pasado Juan Sisinio Pérez Garzón dio en llamar la nacionalización del pasado. Dentro de aquel accidentado proceso, la cultura conmemorativa se componía y se compone de envites identitarios que tienen sus tiempos y sus espacios, es decir, los días y años de guardar y los lugares de memoria y desmemoria, y un temario dotado de una plasticidad enorme.

Y va, acaso sin necesidad, a más. En la última semana de mayo de 1881 se celebró el segundo centenario de la muerte de Calderón, festejo que acusó ya una cierta inflación. Porque doce años antes y a remolque de la Septembrina se inauguró el Panteón de Hombres Ilustres en San Francisco el Grande. Hubo en Madrid desfiles con carrozas, charangas, fuegos de artificio y un rosario de discursos, y todo duró unas horas. Para el centenario de Calderón, cabeza de serie, se produjo un despliegue de medios verdaderamente espectacular durante una semana entera, mientras que once años después, en 1892, las celebraciones de la primera travesía de Colón ocuparon buena parte del año, lo mismo que en 1905 las que hubo en torno al cuarto centenario del Quijote. Y fue el momento en que la magna obra de Cervantes se acabó de transformar en la «Sagrada Escritura» de los españoles. Cien años más tarde, en una España que en 2005 estaba plenamente integrada en Europa y en una economía global y boyante, con tecnologías de comunicaciones modernas, un sistema educativo en fase de expansión y una industria cultural que funcionaba a tope, el festejo se multiplicó por muchos enteros.

No me opongo, no, pero me permito señalar una contradicción. Como observó Juan de Mairena, el apócrifo de Antonio Machado, en un razonamiento proustiano donde lo haya, mal podemos recordar lo que nadie ha olvidado. ¿Ha olvidado alguien el Quijote? Todo parece indicar que no es así. Ahora, ¿significa esto que cuanto se ha hecho en los diferentes centenarios ha sido superfluo? No necesariamente, pero la lógica inflacionista ha sido imparable. De unas décadas a esta parte ha habido una tendencia a hacer cultura a golpe de efemérides y, por lo mismo, con criterios de espectáculo, cuando la creación y la transmisión de la cultura no es eso sino un día a día. Bien está que festejemos este cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, pero no vayamos a perder de vista que más allá de los despliegues conmemorativos, algo tenemos de lococuerdos y todos los días de nuestra vida son días quijotescos.

Seattle, agosto de 2014.

 

AL LECTOR

La biblioteca de don Quijote es un breve ensayo que gira en torno al tema del cervantino hidalgo manchego enloquecido por la lectura de los libros de caballerías. No tiene otra pretensión que la de poner en práctica la observación de un historiador de los impresos, Jean M. Goulemot: «La historia literaria, a mi modo de ver, tal como se comienza a pensar y escribir y debe practicarse de ahora en adelante, no se puede construir al margen de los trabajos de los historiadores del libro y de la lectura» (1995: 221; trad. E. B.). Pero, y ¿no es esto lo que han hecho los cervantistas cuando menos a partir de la edición del Quijote que publicara don Diego Clemencín en los años treinta del pasado siglo? La respuesta es forzosamente dubitativa: sí y no. Un rotundo si nos atenemos a la atención que durante más de siglo y medio han prestado los estudiosos a las lecturas del apacible hidalgo metido a caballero andante, y muy en especial a las caballerías. Un no desde luego menos rotundo y cuya negatividad va acompañada de atenuantes, pero que no deja por ello de ser un no.

La justificación de esta última respuesta creo que es preciso ir a buscarla a la historiografía del libro español. La historia de los impresos en España se ha orientado predominantemente hacia la bibliografía en general y las tipobibliografías en particular, con una marcada presencia de la bibliofilia. La tradición bibliográfica española del libro español. La historia de los impresos en España se ha orientado predominantemente hacia la bibliografía en general y las tipobibliografías en particular, con una marcada presencia de la bibliofilia. La tradición bibliográfica española ha sido duramente criticada en fecha no muy lejana por un autorizadísimo exponente de aquella ciencia, don José Simón Díaz, quien, al referirse en concreto a las tipobibliografías, hace la siguiente aseveración:

«La Bibliografía española dista mucho de ofrecer en este campo [entiéndanse las tipobibliografías, E. B.] —como en todos los restantes— un panorama positivo, ya que lo existente no surgió como fruto de planes sistemáticos y rigurosos, sino de ocurrencias individuales e inconexas, carentes de una metodología común, [...].

Añádase la dificultad nacida de la dispersión internacional de gran parte de los fondos necesarios y el insuficiente conocimiento de lo conservado en nuestros establecimientos públicos, donde la imposibilidad de prestar la debida atención a los libros antiguos por escasez de personal se disculpó muchas veces en las memorias justificativas, aludiendo a la existencia de un fondo constituido por “obras escolásticas sin ningún valor”» (1991: 7).

Sin embargo, aquello que Simón Díaz denomina «bibliografía romántica» —Gallardo, Salvá, Gayangos, etcétera— tiene un aspecto que me parece altamente positivo: su amor al dato. Aquella vocación empirista ha determinado, a su vez, el enfoque del tema de los libros que poseía don Quijote, en particular entre quienes han hecho ediciones comentadas del Quijote. Los editores y comentaristas históricos —Clemencín, Rodríguez Marín y un largo y honroso etcétera— documentaron incansablemente las ediciones de los libros, y no únicamente los de caballerías, que el enajenado hidalgo poseía. Por otra parte, los máximos conocedores de los libros cuya máquina mal fundada denostara Cervantes —don Pascual Gayangos en el siglo xix y Martín de Riquer y Daniel Eisenberg en la actualidad— nos han proporcionado excelentes estudios y, en el caso de Gayangos y Eisenberg, catálogos de los mismos. Además, se ha intentado catalogar la biblioteca del hidalgo en dos ocasiones, primero en el tricentenario del Quijote celebrado en 1905 y, a continuación, en 1976, y en fecha más reciente Eisenberg ha elaborado el catálogo de una biblioteca hipotética —aunque no por ello irreal— del propio Cervantes, basada en parte en la perteneciente al personaje creado por él. A mi modo de ver, la labor de los editores, estudiosos y bibliógrafos ha sido altamente positiva, entre otras razones porque ha puesto al alcance de incontables lectores no especializados —quien esto firma ex illis est— un minucioso conocimiento de los libros que leía don Quijote. Huelga decir que aquel legado es la condición de posibilidad del presente trabajo.

Sin embargo, por lo que al Quijote respecta no está claro que a estas alturas convenga seguir única y exclusivamente por el camino abierto por la tradición bibliográfica, y ello por diversos motivos. Más allá de la bibliografía hay cuestiones que se han desatendido total o relativamente como, por ejemplo, las taxonomías discursivas y las prácticas de lectura, temas que son el meollo de este ensayo. Tienen sumo interés las taxonomías para el recto conocimiento de la biblioteca de don Quijote porque lo que la tradición bibliográfica y erudita no se ha planteado es

el significado del conjunto de los libros que el hidalgo se había comprado, su organización interna y la función que como campo semántico desempeña aquel conjunto dentro de la historia que cuenta Cervantes. Por lo que a la lectura respecta, parece ocioso recalcar el hecho de que el primer Quijote es uno de los libros más librescos que se hayan escrito en lengua castellana y que la locura del protagonista es inseparable de una determinada forma de plantear la lectura y de poner en práctica lo planteado.

Ahora, en el terreno de las taxonomías, el primer escollo a evitar es aquel en que con harta frecuencia se estrella nuestra historiografía literaria, el presentismo o, como dice Fernando J. Bouza Álvarez, el actualismo. Este historiador de la cultura impresa de los siglos modernos aborda el problema de un «precondicionamiento epistemológico» en el marco de la historia del libro y de las bibliotecas: ¿cómo hemos de adaptar nuestra mentalidad, nuestro haber ideológico, a la configuración de una biblioteca de hace tres o cuatro siglos cuyos principios de

organización no se amoldan en absoluto a nuestra concepción del mundo y a las taxonomías discursivas que son consecuencia de ella? En un comentario acerca del actualismo, Bouza Álvarez recomienda que procuremos en lo posible buscar la lógica interna y estructural de las bibliotecas modernas:

«[D]onde parece estar más y mejor asentado este actualismo es en materia de ordenación y clasificación de los fondos de las bibliotecas clásicas. Por regla general, se suele buscar en ellas el esbozo de las que hoy disfrutamos y, en consecuencia, son analizadas desde la perspectiva de lo que les falta o lo que les sobra para alcanzar las clasificaciones contemporáneas, olvidando que las series de disciplinas altomodernas pueden ser la génesis de lo que después conoceremos, pero responden autónomamente

a un orden irrepetible y exclusivo que corremos el riesgo de no entender si le imponemos el que es nuestro, pero no el suyo. Para evitar los riesgos de este indudable pre-juicio epistemológico habrá que reconstruir la ratio a que respondían las bibliotecas formadas durante los siglos xv, xvi y xvii...» (1992: 125).

Es, pues, uno de los propósitos fundamentales de este ensayo «reconstruir la ratio» a que respondía la biblioteca de don Quijote. Y no es fácil tarea porque se trata, en último término, de un asunto que la historiografía literaria apenas ha comenzado a plantear, a saber, la historicidad de la formación discursiva literaria y el más que problemático lugar que dicha formación ocupaba o dejaba de ocupar en la configuración de la cultura española moderna. Debo precisar que utilizo la palabra «literatura» con el propósito de situarme en el punto de encuentro entre dos acepciones distintas y hasta encontradas de aquella voz. Por un lado, está lo que de dos siglos a esta parte venimos llamando así y que engloba las bellas letras: la poesía, la novela, el teatro, y junto a ello una determinada concepción, surgida en pleno romanticismo, de la autoría, y una serie de instituciones sociales, culturales y escolares que nos sitúan ante el texto de la literatura concebida como conjunto.

Mas por literatura se entendía normalmente en tiempos de Cervantes litterae humaniores, la totalidad de los saberes humanísticos. Totalidad que, ciertamente, no descartaba la poesía pero que no solía dirigir su mirada legitimadora a los libros de entretenimiento en general y, en particular, a las fábulas en prosa que engrosaban las filas de la lectura recreativa: las caballerías, los libros de pastores y los de pícaros, los relatos novelescos de aventuras y de tipo amoroso y un abigarrado etcétera cuyos límites eran y son difíciles de concretar. Estos libros y todos los que entendemos por literarios gozan actualmente de un estatuto privilegiado surgido en el interior de las instituciones que dan primacía a las culturas nacionales, a las lenguas vulgares en las que se fundamentan tales culturas, y a las obras imaginativas que en ellas están escritas. Obras que proporcionan un terreno abonado para el cultivo de una subjetividad que, a partir del romanticismo, descuella como característica fundamental de una cultura propiamente burguesa. El Quijote es un punto de encuentro, acaso el más visible y llamativo de la España moderna, de estas dos concepciones de la literatura.

La cuestión de la lectura es por igual espinosa. Porque, si nos atenemos a las palabras de Goulemot, el caso de don Quijote es un tanto paradójico, ya que el historiador galo se refiere a libros y lectores reales mientras que el personaje de Cervantes era un lector ficticio de libros empíricamente existentes, cosa, empero, común y corriente en las obras literarias. La biblioteca de don Quijote aspira a moverse en el espacio que esta paradoja abre y que la crítica tradicional no ha rastreado apenas. Ello se debe, creo, no a una insuficiencia interna de la crítica, sino a que el tema se plantea más allá de los límites de la bibliografía, la erudición y los planteamientos críticos de corte filológico y estilístico.
Pero como veremos con algún detalle en el transcurso de este trabajo, en el terreno de las taxonomías discursivas y las prácticas de lectura, es preciso abordar otra paradoja: no cabe duda de que los libros del hidalgo son reales, mas es ficticia la biblioteca. Así que debemos prestar atención a lo que aquel conjunto de libros significa como construcción textual y a la función que esta desempeña en la ficción cervantina, tarea que no se puede realizar si no se contrasta la biblioteca del hidalgo manchego con otras privadas reales y existentes de la España moderna.
La crítica cervantina ha prestado mucha más atención a lo que leía don Quijote que a la manera y las condiciones en que leía. Ello viene determinado en parte por el peso de la tradición bibliográfica, mas hay un hecho cierto que atañe a la historiografía y la crítica literarias. Los filólogos nos hemos ocupado con preferencia de autores y textos, pero son muy recientes en España los estudios acerca de la lectura. Además, es lógico que así sea, pues los autores y las obras dejan huellas más o menos visibles mientras que la lectura es una actividad que tiende a esfumarse. Pero hay otra razón que está relacionada con la singularidad del personaje cervantino, y es que su modo de leer no llama apenas la atención porque, salvedad hecha de una literalidad y un comportamiento obsesivo cuyo desenlace es la locura, no parece revestir a nuestros ojos peculiaridad alguna, pues en lo fundamental don Quijote leía como leemos nosotros. Y en esto precisamente estriba su peculiaridad porque, bien mirado, no parece razonable que un demente de 1600 leyera como hoy leemos y, sin embargo, en aspectos que son fundamentales es así.
Esta anomalía reviste una engañosa familiaridad que, a la manera del formalista ruso Viktor Chklovsky, debemos desfamiliarizar. Es la labor de desfamiliarización —ostranenie en lengua rusa— la que en un primer momento me atrajo al tema de la biblioteca de don Quijote y que me hizo escribir a continuación las páginas de las que el lector, lo mismo que el que se evoca en el prólogo de Don Quijote, «dirá todo aquello que le pareciere».

 

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Don Quijote enfrascado en la lectura (1780)
Jean-Honnoré Fragonnard, (1732-1806)

Locuras y libertades con Don Quijote
Bartolomé Clavero

Visitemos la librería que imaginó Cervantes como afición a la literatura capaz de enloquecer al lector más pintado, uno ficticio. La biblioteca de don Quijote, la de Edward Baker, no procede a la reconstrucción rastreando sus componentes, los libros que ahí figuraran. Esto revestiría un interés bien relativo a nuestras alturas, tras una serie aceptable de catálogos realizados y estudios emprendidos a partir «del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo» (Quijote, parte I, cap. VI). Considera algo de entidad superior: el compuesto, su fórmula y propiedades específicas, las de entonces. Pues puede que constituyan cosas algo distintas la librería de aquellos tiempos y la biblioteca de los nuestros, tiempos aquellos, si se quiere, modernos, pero menos, habrá de concederse, que los actuales, tanto que pudieran ser extraños entre sí y más por premodernos los unos, los ajenos, como postmodernos los otros, los propios.
¿Es lo mismo la colección libraria típica de ayer y la común de hoy? ¿Puede identificarse de igual modo lo que entonces se entendía y lo que ahora se entiende con similar palabra, biblioteca o librería como depósito, sin pararnos a discernirlo? De reparar se trata. ¿Qué era la cosa sin más para aquellos tiempos? ¿Qué representa en concreto y comparativamente la de don Quijote? El primer interrogante es previo, tiene enjundia y está descuidado. Con tanta letra acumulada de segundas y enésimas manos acerca de aquella época y de su nutrida cosecha de escrituras y publicaciones, no es cuestión que se tenga muy a la vista. Digamos que los libros no dejan ver la biblioteca.
No es cuestión que suela ni siquiera plantearse. Pueden actualmente recorrerse funciones sociales y políticas de prácticas escritas e impresas de entonces sin interrogante para la librería. Se considera que al documento, al expediente o a la disposición les confiere sentido no sólo la propia materialidad aislada, sino también y sobre todo la integración formal en el archivo, el registro o la compilación, sin advertirse en cambio que el asunto quizá alcance en igual o superior medida al libro con relación a la librería1.
Mas hay intentos de tomar en consideración, alguno bien próximo: «El historiador se enfrenta a un fenómeno tan específico como este cargado de categorías contemporáneas que, a la postre, entorpecen más que ayudan a la correcta comprensión del sentido que tuvieron las antiguas colecciones de libros. Un poco por todas partes se pueden detectar huellas de este actualismo cuyas raíces se hunden en el historicismo decimonónico y, tras él, en sus orígenes ilustrados; así, por ejemplo, las librerías regias de los siglos XVI y XVII son consideradas antecedentes de las actuales bibliotecas nacionales, de la misma forma que aquellas monarquías habrían sido prefiguración de los estados que hoy sustentan a éstas. De aquí nace que se les imponga una matriz interpretativa que no fue la propia de su tiempo». La biblioteca premoderna sería otra cosa, algo peculiar, «más el orden y el asiento de los libros que los propios volúmenes de que estaba compuesta»2.
Sería el bosque y no solamente los árboles, la selva viva con aires y lluvias, tierra y subsuelo, estanques y corrientes, claros y sendas, humus y fauna, y no tan sólo con el arbolado y la espesura, no solamente con el follaje de arte mayor o menor que fuera. Por reconocerse unos componentes no se conoce un compuesto; por saberse de unas piezas, no se entiende del espacio que generan y ocupan, de cómo diseñan y consuman creación y trazado de una especie cultural de geografía. La significación del fenómeno no radica en la agregación de unidades, sino en el agregado mismo que integra tejidos, intersticios y huéspedes, todo ello, la totalidad de lo que se precisa para que tengamos un orden de librería y no un centón de impresos encuadernados y otros productos varios de escritura. Con toda probabilidad, las bibliotecas no eran ni almacenes pasivos ni dispensarios neutros.
Con esta constancia cabe probarse respuesta que venza las asechanzas del anacronismo. La prueba se acomete por Edward Baker para visitar la biblioteca de don Quijote. No procede de forma presuntiva, sino con contraste de noticias e inventarios. Se asiste de radiografías tan reveladoras de esqueleto como para componerse figura y recomponerse organismo. La principal es notoria, tanto más por facsímil. Es el índice séptimo y último, el de materias, de la Bibliotheca Hispana Nova de Nicolás Antonio3. Ahí tenemos una clasificación de índole además jerárquica: un index materiarum qui in subjectas classes dividitur (vol. 2, págs. 535-669). Aquí puede que tengamos, para la edad premoderna, la biblioteca virtual y su materialización efectiva, irrealidad representante todavía y responsable quizá entonces de realidad.
Un mero índice puede encerrar virtualidad tamaña gracias precisamente al orden que fabrica. Parte de la teología, pasa por cosas como la filosofía, la medicina, el derecho, la política, las matemáticas, las humanidades o la historia y llega finalmente a la poesía y la fábula. Avanza a través de todo lo que respondía entonces a tales denominaciones, con la creación literaria en último lugar y la producción teológica en el primero. Así se pone de manifiesto una «rigurosa jerarquía», la de «las veintitrés categorías que forman el índice» en total. Tal es el prototipo figurado de librería que podrá contrastarse con la más imaginada, la quijotesca. Sigamos por pasos. He aquí ahora una bibliotheca virtualmente real, la de Antonio, con la que medirse luego la librería realmente virtual, la de don Quijote. La cordura del bibliófilo puede que constituya buen acceso a la demencia de la criatura, a la invención de su biblioteca. Quizás lo resulte mucho mejor incluso de lo que ahora Baker nos explica (págs. 42, 80-81 y 139).
Si cabe tomar bibliotheca irreal por librería real, no nos quedemos a medias. La tenemos de perfil menos plano entonces y hasta de presencia más corpórea hoy. De entrada, no es exactamente una jerarquía de veintitrés materias lo que se nos presenta por Nicolás Antonio, pues hay una primera literalmente fuera de orden al situarse paladinamente por encima. Es la teología rigiendo el catálogo todo en tipo mayor y posición centrada sin numerarse ni cuadrarse con el resto. Son desgloses suyos, como la exégesis bíblica, la escolástica, la ascética y mística, la moral y política religiosas, la predicación o la catequesis, los que se alinean ocupando algo más de la mitad de las entradas, proporción que todavía se incrementa si lo que computamos son ingresos y existencias de autores y escritos. A tales miembros, y no a la cabeza misma así común, escoltan las otras materias.
Bajo presidencia y con despliegue tales de la teología, un orden se expone e impone. Aun con la advertencia de que no basta con los datos cuantitativos de la abundancia teológica en línea con Caro Baroja (págs. 80-81 y 186), el detalle cualitativo puede perderse. La reproducción del esquema del index materiarum, de tal índice jerárquico de materias de la Bibliotheca Hispana Nova de Nicolás Antonio, no es aquí, en la biblioteca de don Quijote, fotográfica (págs. 182-183), aunque en la misma se contienen bastantes ilustraciones de este carácter más fiable por facsímil. La composición editorial pierde la ubicación centrada de la teología, esta entronización definitiva. Conviene todavía acudirse, como pórtico franco de la librería virtual, a la página original o edición última facsímil de la bibliotheca impresa (vol. 2, pág. 535, índice del index de materias)4.
Y podemos tener también hoy la bibliotheca real o efectiva. Puede que exista. No todo está en los libros, pues hay más monumentos. Ríndase visita a la Universidad de Salamanca, no al nuevo y despejado Campus Miguel de Unamuno, sino a la sede vieja y turística, mediante pago de entrada en la actualidad. Tómese desde el claustro la escalera cuya balaustrada representa la ascensión a la ciencia. Lléguese a la Librería del Estudio o biblioteca antigua. Ahí cobró vida y ahí guarda cuerpo el índice séptimo de Antonio. Salvo la apertura de algún vano, se conserva esta librería universitaria en el mismo estado como se reorganizara en la segunda mitad del siglo XVIII , casi tal cual quedara cuando también resulta que se preparaba la edición definitiva de la Bibliotheca Hispana completa, la Vetus y la Nova, con intervención decisiva precisamente de quien se hizo cargo de dicha misma materialización en sentido doble de la biblioteca universitaria salmantina5.
Entramos en una gran sala ovalada con cincuenta y dos cuerpos de estanterías para materias varias y otros tantos medallones identificativos de las mismas. A la vista está que se ordena conforme a lo referido. La bibliotheca la preside la Biblia, de la cual surgen como un par de brazos; uno, hacia la derecha para la perspectiva del espectador o en la dirección de la escritura latina, el de la teología; el otro, hacia la izquierda así nuestra, el del derecho. Entre ambos ocupan más de sus dos cuadrantes. Luego se suceden, tras el material teológico, historia eclesiástica, civil y antigua, cosa diplomática, geografía y poligrafía; tras el derecho, por su banda izquierda, filosofía vieja y nueva, historia natural, matemáticas, medicina, química, humanidades, poesía o creación, gramática y léxico. Aprovéchese para observarse que la mayoría de los escritos están en lengua latina; la minoría de posición última es la de un uso menos dependiente del romance.
Es una panoplia de materias más preciosa que la del index de Antonio. Hace buen uso de todas las dimensiones, también de la tercera, en el espacio igualmente construido de la bibliotheca ya no virtual. El orden jurídico brota directamente de la batería bíblica. Lo hace el derecho canónico, al que sigue el civil general, el hispano o los hispanos y el de gentes, público y político. Es secuencia también similar a la de dicho índice, pero en mejor posición de conjunto. El orden global de materias todavía se articula de forma más gráfica en la biblioteca edificada real que en la impresa virtual.
Pero también ocurre que, precisamente por virtual, la Bibliotheca de Antonio puede multiplicarse por sí misma en un abanico de órdenes sin facilidad en cambio, salvo catálogos, de cabida simultánea dentro de un espacio físico como el de la Librería de Salamanca. El índice de materias es el último y séptimo, tras media docena que quizás encierre otras tantas virtuales bibliotecas. Premodernas debidas a Antonio tendríamos en total ocho. La primera es la propia Bibliotheca Hispana Nova que sigue un orden de nombres cristianos, el sacramental de bautismo. La segunda sería el primer índice, el cual adopta la secuencia de apellidos, esto es, una disposición conforme a familia, a esta pertenencia. La tercera, el índice segundo, mira a la patria, a la nación en sentido no político. De la cuarta a la sexta bibliotecas, del tercer al quinto índices, lo que se considera es religión en sentido también de entonces, esto es, condición eclesiástica de los autores. La séptima biblioteca o sexto índice mira a status social y político, entre noblezas y magistraturas. La octava, que es el séptimo, ya la conocemos. Unos índices son bibliotecas, con su valor ayer e interés hoy.
Un autor temprano con obra en romance como Gonzalo de Berceo pudo ser tenido desde su propio tiempo por exponente de orden religiosa hasta que comenzara a registrársele como poeta de nación española ya avanzado el siglo XVIII . Así muda posición virtual y significación real: «Tenía un papel funcional... completamente distinto antes y después», nos dice Baker (págs. 47-48). Es síntoma cuyo diagnóstico puede tenerse entre los índices de Antonio, donde el criterio de religión, operando del tercero al quinto, es el que más se aplica a efectos de identificación y ubicación de unos autores, determinándose su espacio y horizonte en cuanto tales; donde también la ordenación previa conforme a patria, la de un índice segundo, no presenta la entrada española. ¿Qué especie de geografía cultural resulta aquélla?
España no figuraba como patria particular. Hispania podría ser patria común conforme al título de la Bibliotheca, la cual dibuja, como hispano, un satélite político en la órbita de una galaxia religiosa que, no alcanzando a su pretensión de católica o universal, marca entonces fronteras. Es el orden del que constituía trasunto y agencia la Bibliotheca Hispana misma. Una anotación de Antonio, que quedó inédita, para la voz de Cervantes apunta: «Patria se puede entender por España toda», con Portugal e Indias. El primero en publicar por lares españoles una lectura de don Quijote con algo ya de moderna, Gregorio Mayans, apostilla: «Cosa mui impropia i que no cabía en su pluma», en la de Cervantes. Pero en la de Antonio se ve que algo cabe. ¿En qué geografía cultural se nos sitúa? En una bastante más compleja, la que dibujan precisamente los índices todos, y no tan sólo el segundo, el de patrias, de la Bibliotheca Hispana, junto a ella misma6.
Visítense las bibliotecas, tanto la real de Salamanca como las menos reales de Antonio, la construida como las reconstruibles, también así las imaginadas. Imaginarse, no sólo se imaginaron las bibliothecas antonianas vistas ni la librería quijotesca por ver. Hay más, incluso algo dedicado al oficio mismo del buen gobierno librario. Ahí tenemos el Opusculum de bene disponenda bibliotheca de Francisco de Araoz, ingenioso bibliólogo7. No ofrece la batería vistosa de Antonio, pues su índice se presenta a la inversa, lo que no escapa a la biblioteca de don Quijote (págs. 72-77). Pero contiene un orden igualmente jerárquico bajo la presidencia de religión y derecho.
He aquí edición del referido opúsculo bien informada sobre el orden bibliotecario premoderno, pero con cuestión distinta a la nuestra o que es incluso la adversa. Hela: «Este directorium resulta francamente endeble. El error de enfoque de Araoz es haber vinculado sistemáticamente una cuestión esencialmente sin importancia como es la distribución de materias bibliográficas y su organización topográfica, a una concepción jerárquica de los saberes, haber confundido el medio con el fin, la organización del conocimiento con el conocimiento mismo, el orden en el aprendizaje con una escala de prioridades de índole más dogmática que científica» (pág. 42). Mas hay también por suerte otra edición reciente, una facsímil. El opúsculo se reproduce fotográficamente. En pequeño volumen aparte tenemos presentación de cuestión a mi parecer similarmente sesgada, pero es ligera y se ofrece así separada. Contamina menos. La suerte es el doblete de la reproducción fotográfica por una parte y de la información solvente por la otra, por la edición no facsímil8. Respecto al fondo, la lectura hoy es libre.
Queda todavía la visita aquí principal, la acompañada a la biblioteca de don Quijote. De entrada no parece tan hacedera. Era imaginada la librería del imaginado hidalgo. Pudiera ser incluso imaginaria, esto es, no guardar relación alguna con la real a fuerza, ella sí, de virtual. Es la conclusión que Edward Baker nos brinda. Dado que el prototipo de entonces, con teología y derecho, entrañaba entidad y respondía a función de carácter preceptivo, no parece que fuera ni siquiera imaginable librería ceñida a literatura de entretenimiento, de creación y recreación. No cabría ni pensarse de no habérsele concebido para su hidalgo por Cervantes. Sería inimaginable si no la hubiera imaginado. Es imaginaria, producto tan real de la ficción del autor como figurado de la locura del personaje.
La conclusión de Baker da todavía un paso más, asociando biblioteca de don Quijote con la nuestra; a don Quijote, con el profesor universitario. Agente de literatura presente se identifica con paciente de demencia pretérito. Ahora resulta no sólo locura con método, sino el método mismo, la máxima cordura. Autor de hogaño se encarna en criatura de antaño. Ambos dan cuerpo de igual forma a una biblioteca literaria, biblioteca nada preceptiva, aunque no con esto indiferente, pues por ella perciben, en ella profesan y mediante ella se conducen. Don Quijote añejo es Edward Baker bisoño, nuestro guía. Personaje y autor por fin se encuentran y son uno.
Hay epílogo matizado, El idiota y su texto: «El hidalgo y el catedrático leemos aproximadamente los mismos géneros, aunque no necesariamente los mismos libros, y solemos leerlos de la misma manera, silenciosamente y en solitario, y con el mismo sistema de mediaciones con los que relacionamos cada texto con el conjunto. Pero», llega el matiz, «don Quijote era un demente y yo soy profesor; el caballero andante leía –puede decirse que el texto andante se leía a sí mismo– en un vacío institucional que sólo su locura pudo llenar, mientras que yo lo hago desde mi inserción en una serie de instituciones culturales y escolares que han surgido en las sociedades burguesas», en «el contexto de una ideología inconfundiblemente contemporánea, la de la cultura nacional fundamentada poco menos que ontológicamente en una lengua cuya objetivación más elevada es o ha sido la literatura», la de nación política así establecida (págs. 167 y 170-171).
Mas el detalle de la asimilación priva sobre el matiz de la diferencia: «Tanto lo que lee el hidalgo como su modo de leerlo nos resultan familiares precisamente por literarios» (pág. 165). Su consumo era en privado y silencio, y no público y compartido, lo usual entonces para la literatura como para la enseñanza: lectura y lección (págs. 33-45). La biblioteca de don Quijote sería adelanto redondo de invento completo. Lo inimaginable resulta imaginado e incluso nada imaginario; lo impensable, pensado y además concebido. Una idea de la literatura y una práctica de la lectura, las nuestras, serían poco menos que descubrimientos colombinos de Miguel de Cervantes. Nosotros habríamos venido a realizar su ficción libraria haciendo norma ordinaria del entretenimiento e institución por sí, sin misión preceptiva, del libro mismo. En fin, la librería de don Quijote vendría a resultar antepasada o, más aún, progenitora de la biblioteca de Edward Baker, de biblioteca universitaria presente. Nuestro ancestro no sería la Librería del Estudio de Salamanca ni siquiera teniéndola ya definitivamente por muerta. La una, la ficticia, sería historia, y la otra, la real, arqueología, cosa turística ésta y vital aquélla.
Abrigo reservas. La imagen atávica de la Bibliotheca Hispana y la familiar de la biblioteca de don Quijoteno casan. Se nos ha advertido que las bibliotecas regias no debieran reducirse a heraldos de las nacionales. Así no las entenderemos jamás ni a las unas ni a las otras. Lo propio cabe advertir para la relación entre nuestra biblioteca y la quijotesca. Con tan filial parentesco, se eclipsa y esfuma la victoria sobre el anacronismo: la comprensión inicial de la librería literaria como ficción en la constelación cultural de la bibliotheca preceptiva como institución. Por un vano de la pieza se cuela el parásito que ha sabido expulsarse del ingreso al edificio. Vanidad es estado contagioso, pero tiene remedio y se conoce el anticuerpo. Para visitas al pasado, ese lugar extraño, interróguese a la época, no a nosotros, y conforme a cuestiones de entonces, no a las nuestras.
El cervantismo todo y la historia de la literatura casi entera resultan menesteres académicos nacidos y crecidos desactivando el anticuerpo. Cimentan y elevan un escenario de estancias más familiares y pasillos más practicables. Hacen hogar. Como ha acusado Baker, constituyen empresa de construcción anacrónica de una patria literaria para la nación política, obra pública edificante de biblioteca nacional con el material de la lengua. Ahora Berceo podrá ser poeta de nación y no de religión. Cervantes y su hidalgo serán españoles sin los escrúpulos de Mayans. Autor y personaje compartían antes otras señas, las postreras de la fábula en la bibliotheca. Eran árbol y follaje de aquel bosque. Arraigaban en su tierra. Vivían de su abono, sus aires y sus aguas. Contribuían a la regeneración del humus y de la atmósfera, los de entonces siempre. No estoy muy seguro de que el entretenimiento no fuera pieza del orden o el orden mismo cabeza abajo, igual que el carnaval o como la apariencia del esquema de Araoz respecto a la evidencia del índice de Antonio. Por exponerse a la inversa no era otro.
Heroem ridiculum confingens, inventándose un héroe ridículo, se dice en la Bibliotheca Hispana Nova para El ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha (vol. 2, pág. 133). Esa, la de don Quixote con la equis, es sabido que era la grafía de la época. Entre historiis ridiculis, historias jocosas por plenis facetiis, repletas de chistes, en el opúsculo de bene disponenda bibliotheca figura la suya, la de aquel a quien Cervantes nomen dedit non dissimile Hispanico mandibuli, le impuso un nombre semejante a la quijada dicha así a modo hispano (f. 9 recto y vuelto). Esto, la chanza, puede que fuera, con más gracia, donQuixote, con la equis. Y no maliciemos. La risa no ha sido asunto de broma. Tenía un sitio, igual que en la jerarquía de una bibliotheca, en el orden de un mundo, el suyo9. No creó contracultura de presente que pudiera ser cultura de futuro, biblioteca de hoy.
También tiene don Quijote, con jota, cabida en nuestra biblioteca, como llegan más o menos a conseguirla libros de las alturas para la época, los jurídicos o incluso los teológicos. Los tenemos en posición, por función y con sentido radicalmente metamorfoseados. Son otros. Podría ofrecer por mi parte pruebas en los campos tanto de la teología como del derecho, pero carezco de competencia para el intento en dominios de la literatura. Alcanzo a saber que hay procesión de lecturas cambiantes de Cervantes, literalmente cambiantes del ingenioso hidalgo. Se ha producido la metamorfosis: del capullo chistoso de don Quixote sale la mariposa literaria de don Quijote.
El efecto mismo de transmisión entre tiempos no es nuevo. Lo propio ocurrió, comenzándose por la Biblia, con escritos antiguos integrados en la bibliotheca premoderna. Los textos, como las imágenes, no cambian porque cambie la cultura y porque así también cambien significación y significado de los propios materiales. No se inmutan porque muden ellos mismos de sentido. Para la comunicación por encima del tiempo, las prácticas escritas, como todas las que cobran consistencia y cuerpo, constituyen signos abiertos, no mensajes acabados. ¿O es que hoy se ve, entiende, aprecia y siente lo mismo ante figuraciones pictóricas y otras representaciones de entonces? ¿Cabe acaso la identificación? ¿Por qué se supone de los libros y demás escritos? ¿Qué ideas ni emociones participan las figuras en piedra que jalonan la subida hacia la Librería del Estudio salmantina? ¿Contamos siquiera con su código de transmisiones? Y lo que ahora todo ello significa, con turismo y mercado inclusive, ¿era en su momento concebible?
No parece precisamente que haya una historia lineal ni de la literatura ni del arte, ni del pensamiento ni de la sensibilidad, ni de la arquitectura ni del mobiliario, ni del derecho ni de la teología, ni del orden ni de la locura, entre aquellos tiempos y los nuestros. La relación más compleja que sin duda existe entre épocas responde antes a curso histórico que a recurso presente. No ha de partir de proyecciones actuales, sino de realizaciones pretéritas, salvo a efectos ideológicos también reales desde luego, pero de realidad de ahora, nuestra, y no de entonces, ajena. Y realización no parece que sea la librería de don Quijote en comparación con las que tenemos aquí visitadas, hasta una decena si no llevo mal la cuenta.
¿Somos de verdad progenie de la inexistente Biblioteca de don Quijote más que de la existente Librería del Estudio, latines por supuesto incluidos? ¿Son nuestras bibliotecas universitarias herederas probables de la primera más que sucesoras probadas de la segunda? ¿Podemos ignorar bibliothecas virtuales y reales para contentarnos con la más irreal e incluso impensable de todas, la virtualísima del ingenioso hidalgo? ¿Constituye su biblioteca nuestro prototipo librario, tal modelo? ¿No estaba entre las facetiis, entre los chistes, la librería de don Quixote? Cambiando tiempo pasado real por imaginario, quizá también nos extraviemos en el presente y para un futuro. Hoy mismo, ¿prevalece en la biblioteca, como en el mercado, la literatura de creación y de recreo? ¿No hay dimensión preceptiva ninguna de orden bibliotecario? ¿Rigen libertad y privacidad en la lectura?
¿Nos hacemos idea de diferencias? Respecto a las premodernas parece campear, incluso advertida, la inconsciencia. Baker acusa y concurre. Somos fiscales y reos. Acercamiento y asimilación en vez de diferenciación y distancia constituyen parámetro sesgado de nación que sigue considerándose paradigma neutro de ciencia, de nuestra ciencia de los textos no sólo literarios, sino también preceptivos. Historia literaria e historia jurídica pueden darse la mano. Textólogos y textólogas de literatura y de ordenamiento mantenemos en pie y con vida el hogar ucrónico de la lengua y la historia nacionales, nuestra biblioteca de nación y mercado, la biblioteca al parecer moderna.
¿Dónde recalamos? ¿Venimos a resignarnos al acomodamiento en el hogar nacional y mercantil de Don Quijote, como ejemplifica ahora el de Francisco Rico y compañía?10. ¿Conduce la parafernalia editorial lozana al patrimonio veterano genuino? Admítase la duda. Es Quijote ahora con jota. Lo suyo resulta normalización lingüística y explicación autoritaria ideando texto y generando contexto: «Hemos intentado acompañar al lector hacia el mundo perdido de palabras, frases hechas, costumbres, instituciones y saberes que eran normales a principios del Seiscientos y ya no lo son en el siglo que acaba, buscando formular las notas en los términos más llanos, inteligibles y próximos a los conocimientos y experiencias de nuestros días» (Quijote de Rico vol. 1, pág. CCLXXVII). Aquel mundo perdido mal puede recuperarse con aparato que lo hace próximo. Ahí mismo se tiene la prueba.
Para inventarse lecturas, realice cada cual la suya, también el lector o la lectora y no sólo entre especialistas. Quizá recuperemos chispa. No se pone sin embargo nada fácil al confundirse clientela con academia, lectura con lección en sentido profesoral. Con aparato y obra de una pieza, ahora don Quijote «permite al lector disponer de los mismos elementos de juicio que el editor y constituir con ellos un texto sin embargo distinto» a la par que «restituye la lección más próxima a la deseada por el autor», el original para ser cada vez reinventado (vol. 1, pág. CCXXXIV). Es delirio borgiano y encima traicionero. Produce embarazo y obstruye accesos. Recelemos, pues, y prevengamos. Desconfiemos de la ciencia incluso propia por confianza en la libertad ajena, en una emancipación de la lectura, en un pluralismo democrático también literario. ¿O es que somos textólogos y textólogas tan pagados que nos creemos en serio vicarios ungidos de cultura para provecho de lectura y disfrute de literatura por parte de parroquia incapaz y crédula?
El disfrute literario no se alcanza por jalearse ni la ciencia social se logra por agruparnos. Demasías y deficiencias no se suman nivelándose. Un ensayo individual, el de la biblioteca de Baker, puede resultar más sugestivo que todo un aparato colectivo de lectura, el de don Quijote de Rico. Con lo que se le dedica al capítulo de marras, «del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron» ya se sabe donde, nuestra cuestión ahí ni se sospecha. La hay de libros, no de librería. ¿Cómo podría? Una biblioteca es una biblioteca, lo que ahora y por siempre cree entenderse. Si no, ahí tenemos la monografía sobre el ingenioso bibliólogo o las notas en los términos más llanos, inteligibles y próximos. Prójimo, he aquí en efecto don Quijote, no desde luego don Quixote con la equis distintiva de época aunque ya entonces sonase como la actual aspiración de nuestra jota. Hay signos intraducibles al menos entre ayer y hoy.
Como las imágenes y demás figuraciones materiales, igual que los claustros y otras construcciones escolásticas, lo mismo que los libros y las librerías, no cambian las palabras porque cambien las mentalidades, pero unos cambios puede que sean siempre sintomáticos. Todo signo significa, y la equis, no la jota, es el primero en el caso. No está perdido por completo, pese a los adelantos de la ciencia. Tenemos bibliotecas no sólo de ediciones nuestras, sino también de originales extraños, los exóticos de otros tiempos, sin necesidad siquiera de facsímiles, con contaminación así mínima. En edición, lectura y biblioteca de ahora, contaminación y anacronismo son desde luego presencias forzosas y pesadas, pero reconocibles y tratables11.
El Quijote de Rico anuncia texto limpio, «el clear text de la tradición anglosajona», uno sin otra intromisión que la «excepción disculpable por la comodidad del procedimiento» de llamadas a notas (vol. 1, pág. CCLXXV). Pero hay otras indulgencias nada advertidas, como el rosario por ortografía. La edición se duplica en CD-ROM que podría haberse aprovechado para texto menos anacrónico en vez de vaciarse los mismos disquetes del impreso. Se ofrece un dirty text, texto sucio, por partida doble. Lo malo no son las impurezas, sino que se deban y aprovechen a la empresa y no a la clientela. A ésta, ¿qué libertad y privacidad le queda? Hoy, ¿no es el orden producto de academia, de quienes, sin negar desde luego libertades, se entienden con ciencia y derecho para pensar y actuar no sólo por sí, sino también por todo el resto?
El derecho de libre lectura es propio de cultura no preceptiva. No se busque en la Bibliotheca Hispana Nova ni en la Vetus. Nueva respecto a vieja, antigua y medieval ésta, postmedieval aquélla, ninguna es moderna. Hoy, modernamente, la denegación de libertad se osa peor y usa menos. Importa ahora el respeto. Así pues, no confundamos. Los aparatos mejores son las bibliotecas mismas. Las ediciones preferibles, las menos meticonas. Los estudios óptimos, los no contaminantes, por cuanto que en ellos cabe. Condiciones de nación y mercado requieren otra cosa. ¿Transigimos u objetamos? La pregunta es nuestra y de dirección además individual por razón de libertad. No entenderían sus premisas ni don Quixote ni el cura ni el barbero ni Cervantes ni ingenioso bibliólogo ninguno. No hay escritura ni autoridad clásicas ni actuales que respondan por cada quien de nosotros, hermanos y hermanas en el tiempo, inclusive prójimos en el oficio.
 
Notas
1. Antonio Castillo, Escritura y escribientes. Prácticas de la cultura escrita en una ciudad del Renacimiento, Fundación de Enseñanza Superior a Distancia de las Palmas de Gran Canaria, Las Palmas, 1997, págs. 363-369: Arcas, cofrecillos y talegones, pero no librerías. La ciudad es Alcalá de Henares, patria de Cervantes, de lo cual hablaremos.
2. Fernando J. Bouza, Del escribano a la biblioteca. La civilización escrita europea en la alta edad moderna (siglos XVXVII), Editorial Síntesis, Madrid, 1992, págs. 124-126.
3. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispano Nova, facsímil, Visor Libros, Madrid, 1996. Ahora, perdiéndose latines, se ofrece también traducción castellana, por Gregorio de Andrés y Miguel Matilla, de la obra entera: Biblioteca Hispana, Fundación Universitaria Española, Madrid, 1998.
4. Mas en descargo cabe decir que la edición actual, remitiéndose a la segunda, se asemeja a la primera, con la teología presidiendo siempre sin ordenarse junto al resto nunca, pero menos centrada: Bibliotheca Hispana, Madrid, 1672, vol. 2, pág. 491, sin título aún de Nova, faltando todavía la Vetus.
5. Francisco Pérez Bayer, quien se ocupó de reeditar la Bibliotheca Hispana Vetus, 1788, facsímil, Visor Libros, Madrid, 1996, con Prohemio de Víctor Infantes breve, pero útil, para la entera Hispana, sin paginar. Vetus o vieja es hasta 1500, frontera incunable; Nova, hasta 1684, muerte de Antonio.
6. Gregorio Mayans i Siscar, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra (1737), facsímil, Academia Española de la Lengua, Madrid, 1992, microficha, Universidad de Valencia, Valencia, 1998, parágrafo quinto. Con el ejemplo susodicho de Gonzalo de Berceo, Baker anuncia una Arqueología de la literatura española, esto es, la gestación retrospectiva del canon literario de España como nación, lo que aquí va a importarnos.
7. José Solís de los Santos (estudio, edición y traducción) y Klaus Wagner (notas bibliográficas), El ingenioso bibliólogo Don Francisco de Araoz («De bene disponenda bibliotheca», Matriti 1631), Universidad de Sevilla, Sevilla, 1997.
8. El facsímil es de edición no venal: Francisco de Araoz, De bene disponenda bibliotheca, Instituto de España y Biblioteca Nacional, Madrid, 1992, con traducción de Lorenzo Ruiz Fidalgo y la Presentación de Isabel Fonseca, vol. 2, págs. 9-21.
9. Anthony Close, Las interpretaciones del «Quijote», en Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, dirección de Francisco Rico, Instituto Cervantes y Editorial Crítica, Barcelona, 1998, vol. 1, págs. CXLII-CLXV, más 18, n. 90, y vol. 2, pág. 254, n. 43. Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del Quijote (siglos XVII-XIX), Colegio de España, Salamanca, 1998, págs. 13 y 248, se toma aún menos en serio la risa.
10. Está citado. Y me excuso por no relacionar la nómina surtida de especialistas que concurren a la empresa cuya excelencia se encarece sin ambages en la propia edición y no está falta de reválidas.
11. Contaminación siempre la hay, ya por encuadernación u otro manejo de libro, ya por dislocación u otra matrícula de biblioteca, ya por otras usuras del tiempo con su eficacia metamórfica, por todo lo cual ha de saberse hoy detectar y procesar algo más que variantes y evoluciones editoriales y textuales. A la textología literaria me permito la recomendación de la obra de Douglas Osler en el terreno de la historia jurídica y más en concreto en revistas como Ius Commune y Rechtshistorisches Journal del Max-Planck Institut acerca de textos impresos preceptivos y para época también de don Quixote, con equis.

Revista de Libros, núm. 31/32 (1999), pp. 20-23
 
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En la biblioteca de Quijote han sido pocos los ocupados. Una enredadera de dos nombres, uno de ellos pseudónimo, trepa a través de Jacinto María Delgado -seud. de Juan Francisco de la Jara y Sánchez de Molina- y de un jesuita argentino,  Leonardo Castellani (1899-1981), que por uno u otro compusieron Libros que enloquecieron a Don Quijote [Madrid : Impr. de J. Pueyo, (1918?), 89 pp., y otra vez Madrid, Imp. de J. Pueyo, 1950]. Pero sea de quien fuere, no es su identidad menos engañosa que el contenido, pues la anunciada 'una extensa bibliografía de los libros existentes en la biblioteca de Don Quijote' queda en notas bibliográficas todas conocidas y poco útiles.
De Josefina Aldecoa (1926-2011), bien conocida y mejor reconocida, está La biblioteca de don Alonso Quijano: (Don Quijote, part. I, cap. VI). Madrid: Biblioteca Nacional, 2005. 36 pp., texto seguido de 'Sobre la censura', que ofrece en realidad su comentario a propósito de las palabras de Cervantes sobre el donoso y grande escrutinio en la librería de nuestro ingenioso hidalgo.
Finalmente, lo más próximo al trabajo de Baker -y era enorme la distancia que mediaba- podría situarse donde lo dejó Francisco López Estrada con “La función de la biblioteca en el Quijote”, en De libros y bibliotecas. Homenaje a Rocío Caracuel, Sonsoles Celestino Angulo (coord.), Universidad de Sevilla, Sevilla, 1994, pp. 193-200.
  
 

 
Don Quixote de la Mancha  adaptação para a ''Biblioteca dos Rapazes', Portugália Editora, Lisboa, c. 1953, Ilustrado por Eduardo Teixeira Coelho (1919-2005)



De otra paño
Armando Cotarelo Valledor (1879-1950), Cervantes, lector. Discurso ante el Instituto de España y en representación de la Real Academia Española por el Excelentissimo Don Armando Cotarelo Valledor su Academico de número en la Fiesta Nacional del Libro del 23 de Abril de 1940, Publics. del Instituto de España, Madrid, 1943. Del mismo género, pero en corte muy diferente, con además mejor gala académica, los trabajos de Daniel Eisenberg “Did Cervantes have a library?”, en Hispanic studies in honor of Alan D. Deyermond: A North American tribute, John S. Miletiche (ed.), Hispanic Seminary of Medieval Studies, Madison, 1986, pp. 93-106 (ahora como “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, en Id., Estudios Cervantinos, Sirmio, Barcelona, 1991, pp. 11-36), 'La biblioteca de Cervantes', en Studia in honorem prof. Martn de Riquer, Quaderns Cremá, Barcelona, 1987, II, pp. 271-328 y 'Los autores italianos en la biblioteca de Cervantes',  Cervantes en Italia. Actas del X Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas. Academia de España. Roma, 27-29 septiembre de 2001, Alicia Villar Lecumberri (ed.), Palma de Mallorca, Asociación de Cervantistas 2001, pp. 87-92. En añadido, también Eisenber con "Cervantes y Tasso vueltos a examinar", en sus Estudios cervantinos, cit. pp, 37-56 [versión actualizada de  "Cervantes and Tasso Reexamined", Kentucky Review Quarterly 31 (1984), pp.  305-317], Aldo Ruffinatto con 'Cervantes en Italia. Italia en Cervantes', para los autores de aquel país, en Cervantes en Italia, cit. pp. 3-18, así como su Cervantes: Un profilo su smalti italiani, Roma, Carocci,. 2002. Entre nosotros no olvidaré el trabajo de Antonio Barnés Vázquez, Yo he leído en Virgilio´: la tradición clásica en el `Quijote. Pról. de Jean Canavaggio. Vigo Academia del Hispanismo, 2009.


Don Quichotte dans sa bibliothèque (1824)
Eugène Delacroix (1798-1863)

Del resto, ninguna mención más a referir que -aparte la glosa de "los cuatro de Amadís de Gaula" a que el cura diera salvoconducto, que tanto llueve sobre mojado- merezca anotar.

 


"No hay para qué perdonar libro alguno, dijo la sobrina, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego". Mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos, fue los cuatro de Amadis de Gaula , y dijo el cura: "Parece cosa de misterio esta, porque según he oído decir, este libro fue el primero de caballería que se imprimió en España y todos los demás han tomado principio y origen deste, y así me parece que como a dogmatizador de una serie tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego". "No, señor dijo el barbero, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto, y así como único en su arte se debe perdonar". "Así, es verdad, dijo el cura, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él." "Es, dijo el barbero, Las Sergas de Esplandián , hijo legítimo de Amadis de Gaula". "Pues, en verdad, dijo el cura, que no le ha de valer al hijo la bondad del padre: tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer."
Cromo nº 3. Los libros de Don Quijote

Ilustraciones de Jaume Pahissa y Laporta (1846-1926) para la edición del Quijote hecha por Fidel Giró en 1897


Don Quijote de la Mancha, Calleja Fernández, Madrid, 1876, 876 pp. il.

Pero al asunto de la librería de Don Quijote no le falta enjundia y sigue ocioso. Tengo para mí que no será afán al que se niegue gloria por ir y llegar a un inventario más cernido. Y ello por tres motivos:
 
Don Quijote y el canónigo hablando de libros de caballerías, ed. de la Viuda de Blas de Villanueva, Madrid, 1730
 
1) Es un tema de 'literatura dentro de la literatura'. De donde se ha de seguir el camino de la 'mancha' de intertextualidad.
2) Es un tema de legibilidad. Leer en Quijote ha de ser también leer a través de las lecturas de Cervantes -de 'su biblioteca'- porque de ellas devino su escritura.  
3) Es un tema de armas y letras. En la librería de Don Quijote tuvo registro parte de la de Cervantes, fuere material o espiritual. Búsquese en el alma del soldado de Lepanto a Ercilla, Rufo o Viuré, que también fueron francos del escrutinio y el abasto de la hoguera. 
4) Y, asimismo, es un tema de bio-historia de la literatura española. Me parece que Mío Cid anduvo igualmente entre los caballeros heroicos que habitaban las aficiones librescas de Quijano y ciertos oficios de vida de su autor.  
 
 
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (edición escolar). Hijos de Santiago Rodriguez, Burgos, 1945.
 
Pero ya diré de todo eso, o al menos una parte, en algo de lo que llevo escrito estos días. Ahora no adelanto más.
 
J.C.G.

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