Wednesday, February 10, 2016

Qué leer, cómo, por qué, para qué leer. Ocultos tesoros de la vida académica

Estimado José Calvo:

Mi nombre es Víctor Merino. Fui estudiante suyo a comienzos de siglo, compartí pasillos y aulas de la facultad de Derecho de Málaga con profesores y alumnos de quienes no guardo apenas recuerdo. Por una cuestión vergonzosa y vergonzante, en cuanto a la carrera se refiere, decidí hace tiempo beber de las aguas del Leteo: jamás la terminé. Para una familia cariñosa, esperanzada y exigente resulté ser, con todas las de la ley, un fraude. Aquellas ropas no son ya más que harapos, y puedo asegurar que conservo un número mayor de manuales que de amistades. Los primeros descansan —y es, me temo, un eufemismo—, en una balda inferior de la librería que acojo humildemente en casa; mi estatura, sin embargo, es la de un Áyax. De la obra de consulta de su asignatura, Bobbio y los demás, primero perdí las tapas, luego la misma obra. Haciendo gala de una más que excesiva licencia poética, hoy descubro mi fracaso personal en las páginas y vidas de otros. ¡De un Cézanne, nada menos! Lo cierto es que, en la actualidad, trabajo como guardia de seguridad en una farmacia abierta las 24 horas a las afueras de Marbella. Puestos a seguir con interpretaciones tendenciosas y autoindulgentes, no puedo sino citar ese famoso verso de Alda Merini: 'i poeti lavorano di notte.'

El desencadenante de la escritura de esta misiva no es sino haberle encontrado a usted en las páginas dé Middlemarch, la obra de George Eliot.
La autora abre el capítulo IX de su opulenta novela con una conversación entre dos caballeros de una obra de teatro que no existe:

—En antiguos oráculos se llamaba «sedienta de justicia» a una tierra
arcaica: allí todos los esfuerzos iban encaminados al orden y a un gobierno
perfecto. Dime, ¿dónde se encuentra ahora esa tierra?
—¡Qué pregunta! Donde siempre ha estado: en el alma de los seres humanos
.


Middlemarch (1871-1872), de George Eliot, pseudónimo de Mary Ann Evans(1819-1880)


George Eliot (1819-1880), por Alexandre-Louis-François d'Albert-Durade (1804-1886)


Regresé entonces a aquellas dudas y torpezas del primer año de carrera, a la parálisis filosófica y, ahora me atrevo a decirlo, a la falta de curiosidad con que afronté las discusiones sobre el alcance del Derecho natural y el positivo. Aun a riesgo de contrariar el refranero popular, deseo que mis compañeros, exitosos o no, acudieran a clase con otros ojos, distinta receptividad. No quisiera, sin embargo, que pensara en ese encuentro con la obra de Eliot como si de la epifanía de Gabriel Conroy ante la confesión de su esposa se tratase: también le he encontrado a usted en Antígona, de Sófocles, en la poesía de Brecht, en las obras de Sciascia, cuyo fondo en Málaga no se encuentra en la Facultad de Filosofía y Letras, sino en la de Derecho. Algo que me produce, créame, una secreta sensación de esperanza, en la medida en que mi escepticismo me permite.

Desde hace unos días tengo la suerte de encontrarle, además, en su blog personal, algo que desconocía. Con la vergüenza de un Eneas en los infiernos, me gustaría igualmente emplazarle al mío personal, https://twentyyearslargelywasted.wordpress.com/, sin apenas forma aún, pero con una cierta materialización intelectual: la necesidad y el deseo de interpretar la esperanza, el amor, la historia, la cultura, la literatura o la justicia, en este viaje de vuelta de adentro hacia afuera, de la mano de quienes son y han sido maestros, a la manera de Ovidio. Es por eso que hoy, a usted, que lo es y ha sido, contra la adversidad de mi desidia, le escribo.

Reciba un cordial saludo de un alumno avergonzado, y mis más sinceras gratitud y disculpas,

V. M.
 
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Dos tardes atrás llegó a mi correo académico la carta que, con autorización de su autor, he reproducido arriba. Antes las había recibido, porque hubo alumnos que a veces también escribieron otras, al final de curso -cuando les impartía la última de la asignaturas de Plan de Licenciatura. Conservo alguna, aunque no sé bien en que lugar de mi desorden están ahora.  Esta, sin embargo, he querido preservarla del extravío de lo ubicuo. Especialmente porque me alcanza ex tempore, y es toda ella una impremeditada sorpresa.
A comienzos de octubre próximo se cumplirán (D. m.) 36 años del día en que impartí mi primera clase a los alumnos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga. El otoño del calendario ha deshojado muchos días, empobreciendo el porvenir. Pero con el ambarino color de esa dulce estación los tesoros que acumulé durante todo ese tiempo lucen con un pálpito más cálido. Y yo reúno brillos, y los contemplo en su generosa pureza.
Y me digo siempre: es el milagro de la enseñanza.

J.C.G.

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