Sunday, January 17, 2016

'Para nuestro bien'. La bonhomía del amigo que regala libros




Yves Bonnefoy
El territorio interior, trad. de Ernesto Kavi
Sextopiso, Madrid, 2014, 136 pp.
ISBN: 978-84-15601-63-0

En los momentos de ensoñación o de nostalgia, todos hemos pensado, al menos una vez, que la vida verdadera está en otra parte, en una tierra extraña donde los frutos son más dulces, el agua más pura, la luz más ligera: ahí, los hombres, las bestias y las cosas coinciden en un mismo lugar, a una misma hora, por fin reconciliados. Yves Bonnefoy –uno de los mejores poetas del siglo xx– le ha dado nombre a ese país imaginario: El territorio interior. Este libro es un recorrido por esa geografía maravillosa. Como un nuevo Virgilio, Bonnefoy nos conduce por el arte toscano del Renacimiento y, de imagen en imagen, atravesamos juntos las arenas de Amber, el desierto de Gobi, el Tíbet, la antigua Roma sepultada en el desierto, la abandonada Jaipur, Grecia, Capraia, Florencia, en una larga peregrinación que no acaba en la negación del mundo, sino en su presencia recobrada, aquí y ahora. Porque al leer este libro habremos aprendido que el sueño, igual que nosotros, es mortal, y que comparte nuestra fragilidad y nuestro destino. Que el río en su cauce, la simple yerba, el jazmín, los olivos, el asfódelo, la cima inalcanzable de la montaña y la tierra que pisamos son nuestro único reino perdurable. Las palabras de este volumen son la llave de ese reino oculto: quien las lea, abrirá las puertas de un territorio interior, secreto, donde el fruto y los labios, la vida duradera y la vida del polvo, la realidad y el sueño, han pactado una momentánea reconciliación.

 

Yves Bonnefoy (Tours, 1923). Es, sin duda, uno de los poetas más relevantes del siglo XX. Ha destacado también como ensayista, traductor y crítico literario y de arte. Estudió filosofía e historia de la ciencia en la Sorbona, con Jean Wahl y Gaston Bachelard. Se acercó al surrealismo, del que se desligó pronto. Entre sus amistades literarias se incluyen Paul Celan, André du Bouchet, Louis-René des Forêts y Michel Leiris. En 1981 fue nombrado profesor en el Collège de France. Ha sido traductor de Shakespeare, Yeats, Keats, Leopardi y Petrarca. Ha recibido el Prix des Critiques, el Grand Prix de Poésie de l’Académie Française, el premio de la Fondation Cino del Duca, el Premio Balzan y el Premio Kafka, entre otros. Recientemente ha sido galardonado con el Premio de Literatura en Lenguas Romances que concede la FIL (Feria Internacional del Libro de Guadalajara). Ha sido profesor en diversas universidades de Estados Unidos y de Europa, y es doctor honoris causa por las universidades de Neuchâtel, American College, Chicago, Trinity College, Edimburgo, Roma, Oxford y Siena. Sus obras se han traducido a más de treinta idiomas.


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La bonhomía de Felipe R. Navarro dilata su largueza con el obsequio de este libro. Admito que nunca antes había leído a Bonnefoy. Me complace hacerlo ahora, además de llegar con la amiga mano oferente que me lo alcanza, porque no sólo ha procurado otro momento de felicidad a mis horas de lectura, sino también otro esmalte muy especial a los libros-gemas que están en mi biblioteca. La prosa de Bonnefoy está, en efecto, bañada de tranquilidad, y el cálido brillo de sus palabras es verdaderamente cautivante. Son muy pocos los libros capaces de lograr en un lector ese estado emocional apenas se ha recorrido la primera de sus páginas;

Amo la tierra, lo que veo me colma, y en ocasiones llego a creer que la línea pura de las cimas, la majestuosidad de los árboles, la vivacidad del movimiento del agua en el fondo de un cauce, la gracia de la fachada de una iglesia, porque intensas, en ciertas regiones, a ciertas horas, sólo pueden haber sido deseadas, y para nuestro bien

He tenido esa percepción un amanecer en Parma frente al battistero, color rosa carne palpitante. En la mirada a un riachuelo de las afueras de Edimburgo. Frente tempos coloniales de Centroamérica, como en el rojo caldero de El Calvario en León de Nicaragua. Ante las arboledas del verde ardiente bosque brasileño. Y en la elevación de los vértices azules de la cordillera andina.
Esos y otros de lugares del mundo cartografían para mi bien la parte más íntima del mapa que configura mi territorio biográfico interior.

A sugestiones semejantes Bonnefoy añade una exquisita inteligencia, y elegancia, y tanto, tanto arte.
 
Qué más puede contener el ímpetu gentil de este amigo del alma cada vez que me regala un libro. Gracias Felipe.

J.C.G.

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