Friday, January 15, 2016

‘Olía mal’. Arte y exclusión social. ‘Los caídos’ de Gutiérrez Solana, por Margarita Nelken



Fue en la exposición nacional de 1915. “Los caídos”, la obra réproba, la obra maldita, estaba sola, enteramente sola, aislada por la reprobación y la maldición generales. Y fuimos unos cuantos, pocos, fervorosos, los que nos acercamos a ella, para sostenerla y animarla con nuestra devoción.
Nuestra devoción, sí. La obra era baja, brutal, de una verdad tan cruda, que pasaba el realismo más crudo y llegaba a la exaltación de ciertos cuadros vivos que se perciben en los rincones más secretos de las ciudades feas y depravadas. Era una obra sucia. Y, si embargo, la obra era bella, insuperablemente; bella, como la figura de un asesino de Shakespeare.
La fuerza de expresión de esta obra era casi dolorosa: esta representación de una orgía triste y pobre como ninguna, vivía de tal modo que olía mal. La frase me fue dicha textualmente, con gran desprecio, por un pintor de cuadros, lindos ellos, hasta el perfume. De “Los caídos” se levantaba un olor a podrido y  porquería, era verdad; y por eso el cuadro se maldecía como se maldicen las callejas inmundas. Y por eso nosotros, los pocos que a él nos acercamos, pensamos: en verdad, tiene que ser extrema la fuerza de una obra que, siendo un lienzo, con la tercera dimensión imaginada, impresiona físicamente hasta sobrecoger de asco. Y pensamos en Callot que sobrecogía por la miseria viva de sus obras, y en Goya que sobrecogía por la vida espantosa de sus “horrores de las guerra”. También Callot y Goya olían  mal.
Alrededor de “Los caídos” había cuadros, y cuadros, y más cuadros: lienzos grandes y chicos, composiciones para cubrir una muralla y paisajes pequeños pintados en momentos de ocio; y retratos, y figuras que querían ser sobre un lienzo el ritmo entero de un cuerpo de mujer. Había obras despreocupadas y obras hechas con todo el amor de una vida y que eran un anhelo de creación casi realizado; y, cuando se habían visto todas, cuando se había uno indignado y había gozado con todas; en esos momentos de después de una exposición en que se deja uno llevar sin sentido, al salir, junto a la puerta, tropezaba uno con la obra maldita, vergonzosamente oculta casi, y en el espíritu indiferente y en la vista cansada sentía uno de nuevo, fuerte como en el primer encuentro, el estremecimiento de horror: después de tantos lienzos, sólo al sentirle, este lienzo de nuevo olía mal.
Para que en el barullo de una exposición nacional se imponga así una obra y se haga dominadora por su mismo horror, ¿verdad que la manera de decir este horror tiene que ser bella como la más alta belleza? Y pensábamos en las salas interminables de los museos de Arte moderno en que escenas de circos romanos y degollaciones y fusilamientos sólo aburren y fatigan. En “Los caídos” las figuras no tenían gestos ni actitudes violentas, y hasta un pobre gato negro pelado y triste, un quinqué de luz miserable, y una miserable cama con un sórdida colcha pasada entre hierros. Y este interior sin gestos nos estremecía como una pesadilla de Edgar Poë.

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Y sin embargo, no quiero proteger el género de Gutiérrez Solana. Es muy triste la visión del artista que sólo ve tristezas y las busca en los cuadros que no debían existir. Es interesante saber cómo los gusanos roen el cuerpo bajo tierra, y sería digno de lástima el pintor que con fuerza os diera ese cuadro. No sólo lo feo y miserable es digno de interés; y si es obra de arte expresar el carácter de lo más feo y miserable, no es necesario al arte expresar, sin deseo de carácter ninguno, lo que puede repugnar sin ofrecer el interés de lo característico. Pero al menos, lo repugnante palpita en la naturaleza y, por consiguiente, da sensación de vida, y la vida es siempre belleza; y los pechos de raso que pinta Maximino Peña no pueden respirar. El ideal es más divino que la vida, porque la concentra y la ensalza, pero la vida más horrenda es más hermosa que lo que pretende vivir fuera de la imperfección natural.
No porque estremecía el asco, pero porque daba la sensación de la vida misma, se imponía por cima de las demás la obra de Gutiérrez Solana.

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La pintura hoy quiere recrear. Hay artistas que sujetan toda la visión a un ritmo de visualidad externa, a un sentido externo de la decoración; y, poco a poco, sin darse cuenta, se apartan de la vida que tiene fondo y forma para permanecer sólo en la combinación de los aspectos. Frente a las obras que sólo son decorativas y que no viven más que por los ojos, “Los caídos” daba la nota sincera y justa de todo lo que existe de intensidad tras las líneas visuales.
Y el fondo es siempre superior a la superficie, puesto que el fondo puede vibrar desnudo y que la superficie, cuando quiere ser única, tiene la vida ficticia de un deslumbrate trje de carnaval.

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“Los caídos” no son un camino. No se los puede, no se los debe seguir. Pero este cuadro, siendo único, está bien que exista. Frente a los cuadros compuestos muestra la fuerza justa, seca y honrada que tiene un trozo de vida interpretada sin artimañas y con exaltación. Los Primitivos realizaron excelsamente, con una minucia que a todo se entregaba, su excelsa visión; Gutiérrez Solana realiza brutalmente, con un ímpetu que se entrega  todo, su visión baja y fea. Y si es baja, y si es fea, se reúne por su entereza y su honradez con la visión de los artistas que pintaban de rodillas, mirando al cielo. Y, más alto que los que quieren ser hoy ingenuos a la fuerza, Gutiérrez Solana, en “Los caídos” es primitivo como sólo lo son los que al hacer una obra de arte no miran en su derredor.
No se debe seguir este camino. Y, sin embargo, en medio de tanta y tanta obra que tendía malamente y mezquinamente a la belleza, esta obra de visión tan baja daba la sensación de un manantial de agua clara.
Olía mal. Y la emoción que debía tener para despedir con fuerza este olor, la intensidad que era necesaria a su creación para que tan intensamente se levantara única en su maldad, eso nos grita que su artista al crearla fue bueno y fervoroso y sincero, más que ninguno de los que, con belleza, estaban junto a él.


Margarita Nelken, Glosario. (Obras y artistas), Librería ‘Fernando Fe’, Madrid, 1917, pp. 217-221



Margarita Nelken (1894-1968), Retrato por Julio Romero de Torres (1929)


José Gutiérrez Solana ((1886–1945)). Autoretrato

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