Tuesday, January 12, 2016

'Hombres felices'. Libro de cuentos de Felipe R. Navarro



Felipe Navarro
Hombres felices
Páginas de Espuma (Col. Voces/Literatura 224), Madrid, 2016, 120 pp.
ISBN: 9788483931950

 

Índice

- Soy el lugar
- Orígenes del turismo
- Un modelo
- Argos
- Apuntes para una celebración
- El orden lógico de las cosas
- Amarillo limón
- Tomás Rodaja se contempla, desnudo
- Impermanencia
- Siempre hay un momento en que un escritor
escribe un cuento como este, porque todos los
escritores se ven zarandeados en algún momento
por una guerra o una crisis; o por ambas
- Óxido
- Notas para un debate sobre la arquitectura
de interiores
- Tarde de circo
- Simplemente Jorge
- La modificación sustancial de las condiciones
de trabajo
- Te diré cómo lo haremos
- Let’s talk about the weather
- ¿Hacia dónde abre esta ventana?
- La ineludible nota

Felipe R. Navarro Martínez (Málaga, 1969), es abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Málaga y Profesor asociado de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho en la Universidad de Málaga.
 
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De 18’15 h. a 20:05, de 23:45 a 2:50, ayer. Hoy 12:30 a 13.15 h, y terminado. Son los horarios, con momentos para respiración, que he invertido en la lectura de Hombres felices, de Felipe Navarro. La lectura es tiempo, como la narración, y es también aliento y hálito, como el sentido. He leído, además, con celebración; es el libro de un amigo, que es amigo de los libros, y lleva el libro a los amigos, amén de a los amigos a los libros. Navarro –Felipe– es un hombre feliz con sus libros y sus amigos. Se sabe conociéndole, y leyéndole igualmente. Felipe obsequia libros ajenos y, en los propios, hace dádivas. El inventario de éstas en Hombres felices está a ‘La ineludible nota’ de su índice. Tengo en ella su apunte del haber, que ahora es el de mi debe. Felipe es un hombre feliz –se sabe bien leyéndole– que, sobre todo, sabe cómo hacer felices a sus amigos cuando leen sus libros; los que obsequia y, principalmente, este suyo, Hombres felices, que ha escrito para muchos amigos. Cuando llegue a librerías y luego a la lectura –tengo certeza– crecerá el número de amigos de Navarro, y que haciéndoles felices, será él mismo feliz, y todos sus amigos también.
A comienzos de s. XX no era infrecuente que los libros de cuentos, y de otros géneros, incorporaran una indefinida addenda con reunión de juicios u opiniones de lectores privilegiados. De estar ahora entonces, estas líneas tal vez se ubicaran allí. Están, sin embargo, donde están; aquí para mis lectores, mis amigos y, en especial, para Felipe. Su razón es devolutiva, porque en Hombres felices recibo por agasajo ‘Notas para un debate sobre la arquitectura de interiores’. Y me hace muy feliz.
Felipe declara sus motivos, en un reversible de destrezas y afectos. La vida se explica de varios modos; uno es con la ingeniería civil. Vivir es construir puentes. La vida civilizada consiste en unir riberas; la vida se hace con carpintería de puentes. Felipe –al decir que tomaré prestado de Tácito– fue ha tiempo alumnus fluminis, al que tendí un puente. Él cruzó hasta mitad, viendo que yo recorría otro tanto. Y la vida nos ha acodado a la baranda, con las rodillas entre balaustres, y hemos contemplado heráclidamente el ir de lo impermanente, río abajo, y hemos descubierto la subsistencia parmenídea de las firmezas. Porque la vida es asomar la mirada desde el puente, sobre su ojo, y es también la enseñanza de fragmentos presocráticos.
Todavía Felipe, se siente algo el alumnus Navarro. Será por eso que me tiene por sosias de Tesla. Como amigo, le digo que yerra, y afirmarlo me llena de felicidad. Me dedica así: “sospecho que debe ser dueño de una compañía de electricidad; lo que toca a mi alrededor se ilumina, y encima nunca me pasa la factura”.
Alumno, dícese del ‘sin luces’; a-luminos. Felipe, muy al contrario, ha sido siempre lúcido, y brillante por añadidura. Mi labor se limitó a la conducción –o inducción– eléctrica de su talento –Lumina Lux. De la factura, me doy por bien pagado en la analogía con el croata.
‘Notas para un debate sobre la arquitectura de interiores’ me parece que cuenta de la memoria. Ella es, en efecto, nuestra arquitectura interior. Diseño del mobiliario, reordenación del espacio –lugares, ambientes– de vida vivida. Memoria es arquitectura de interiores. Y ha de ser eficiente con el área psíquica y promover la versatilidad. Renovar la casa antigua, abigarrada de caobas, en un loft minimalista, o derribar tabiques y crear una zona living, funcional. Cuidado, no obstante, con los muros de carga; todo se derrumba como un castillo de naipes. Porque la Memoria es, asimismo, una arquitectura inestable. Sin necesidad de la bola de demolición de Contratas Alzhéimer, S.L. Pero, a menudo, también por su concurso.
En ‘Notas para un debate sobre la arquitectura de interiores’ me he sentido presente. Si fuera así, sea. Salvo por Milan, que me revierte en azulgrana, y hubiera preferido que me cristianara de blanco batón. Pero hay en mí –pueden ustedes llamarme Milan, y puede llamarse ustedes también así– un hombre, probablemente el más feliz de los hombres, que aterriza de las nubes, y que tiene a su espera un amigo, también por eso feliz, el hombre más feliz. El brazo –abrazo– de un amigo: el amigo que lo embraza, lo sostiene. El brazo amigo que te cobija. La imagen de cierre te lleva por un sendero no vertiginoso; llega el día que uno desea caminos sin revueltas, y dejar la vorágine a un lado del camino, abandonándose al amigo, a su memoria, y que ésta sea nuestra arquitectura. Vista a través de una imagen memorable ese cierre reconstruye un sendero, dos amigos, un desmemoriado y un Rey. Vista a través de otra imagen puede rehacerse en imaginarios mágicos, garciamarquianos; por ejemplo, de un ángel de anunciación.
Comoquiera que tengo tez trigueña y bigote podría fabularme en ese Milan colombiano y hallar un buen comienzo. Me temo, no obstante, que será despedida, si no final. Antes, otra vez, otra vez gracias, gracias Felipe.
J.C.G.

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