Sunday, January 31, 2016

Arte y Derecho diplomático. O de cómo lo cortés no quita lo valiente.

Visita de Hasan Rohani

Roma cubre sus estatuas desnudas para no perturbar a la delegación iraní

El presidente Rohani y el papa Francisco hablan sobre la lucha contra el terrorismo y el tráfico de armas

 
Por Pablo Ordaz
 
Ni vino en la mesa ni estatuas desnudas. El Gobierno de Italia ha hecho todo lo posible por que nada turbase la visita a Roma del presidente iraní, Hasan Rohani, y de su multitudinario séquito —seis ministros y un centenar de empresarios rodeados de un imponente despliegue de seguridad—, sobre todo teniendo en cuenta los 17.000 millones de euros en contratos que firmaron el lunes por la noche. La cita principal de este martes fue, en cambio, más espiritual. El mandatario iraní visitó en el Vaticano al papa Francisco, con quien —según el comunicado oficial— conversó durante 40 minutos de la lucha contra el terrorismo y el tráfico de armas. Tras el protocolario intercambio de regalos, Rohani pidió a Jorge Mario Bergoglio que rezara por él.
Pero el dato polémico de la visita se produjo el lunes por la tarde, cuando los asistentes al encuentro de Rohani con el primer ministro italiano, Matteo Renzi, se percataron de que muchas de las esculturas de los Museos Capitolinos habían sido escondidas tras cajones de madera blanca para evitar que los desnudos molestaran a la delegación iraní.
 
 
 
Ni el Ayuntamiento de la ciudad ni la jefatura del Gobierno quiso desvelar de quién partió la iniciativa, pero, según sostiene el diario Il Messaggero, fue la propia delegación iraní la que, días antes de la llegada del presidente Rohani, pidió que se cubriesen las Venus desnudas y otras estatuas “por respeto a su cultura”. De ahí que, durante la firma de los acuerdos comerciales entre empresarios iraníes e italianos, una de las joyas arquitectónicas más imponentes de Roma —la plaza del Campidoglio fue remodelada según un diseño de Miguel Ángel— terminara convertida en un vulgar almacén.
 
 

Vino y derechos humanos

Ya había trascendido que ni en la recepción ofrecida por el presidente de la República, Sergio Mattarella, ni en la cena oficial con Matteo Renzi se sirvió vino ni ninguna bebida alcohólica. Aunque algunos políticos de la Liga Norte protestaron este martes alegando que eso de cubrir las estatuas es “cosa de locos”, no parece que el Gobierno italiano estuviese dispuesto a poner en peligro la firma de unos acuerdos que ayudarán a remendar la maltrecha economía italiana. De hecho, tampoco se tocó ni de pasada el espinoso asunto de los derechos humanos ni de la abolición de la pena de muerte, más allá de una desangelada —y muy bien vigilada— concentración de protesta frente al Panteón.
La visita de Rohani a Italia —la primera a Europa de un presidente iraní en 16 años— se cerrará al miércoles por la mañana con una visita al Coliseo, donde no hay peligro de toparse con ningún Marco Aurelio montado a caballo ni ninguna Venus desnuda. Después, viaja a París.
 
 
 

Cuando la complacencia ofende

La decisión del Gobierno de Renzi de tapar las estatuas desnudas para no turbar al presidente iraní reabre el debate sobre los límites de la diplomacia económica

Por Pablo Ordaz
 

La operación resultó perfecta, si bien en el sentido contrario al deseado. Las cajas de madera que, por decisión del Gobierno de Matteo Renzi, fueron colocadas en los Museos Capitolinos para evitar que la desnudez de las estatuas turbasen al presidente iraní, Hasan Rohani, mientras dejaba en Italia una inversión de 17.000 millones de euros alcanzaron un objetivo muy distinto: poner al descubierto las vergüenzas de anfitriones e invitados. Al tiempo que los medios de todo el mundo difundían las imágenes tan chocantes de los burkas de madera sobre la belleza de Italia, una reflexión en forma de pregunta cobraba fuerza en los diarios y en la calle: ¿merecía la pena, por no ofender al presidente de Irán, ofendernos a nosotros mismos?

 

Nunca una decisión del joven Renzi había logrado tal unanimidad. No fue posible encontrar a nadie que, al menos en público, alabase la medida. Ni por la forma ni, sobre todo, por el fondo. Desde la portada del diario La Stampa, el siempre brillante Massimo Gramelini fue tal vez el más duro, por cuanto abordó el asunto como el síntoma de una enfermedad más grave. Según el escritor, los “genios del protocolo” que cubrieron las estatuas para evitar que el presidente Rohani sufriera “un revolución hormonal y rompiera los contratos” no son más que los dignos herederos de una forma de ser italiana. Aquella que trata al huésped como si fuese el dueño, que se disfraza de “alemán con los alemanes, de iraní con los iraníes y de esquimal con los esquimales”, que “llama respeto al ansia típica de los siervos por complacer a quienes los asustan” .

Dice Gramellini que esa tradición, “hija de miles de invasiones y batallas perdidas incluidas las de la propia conciencia”, empuja a los italianos —y seguramente no solo a ellos— a un comportamiento asimétrico con los Estados musulmanes: “Si una italiana va a Irán, se cubre justamente la cabeza; si un iraní viene a Italia, le cubrimos injustamente las estatuas. En ambos casos —en ambos mundos— nos cubrimos siempre nosotros”.

La operación, descubierta casi en directo por los medios italianos, fue digna de una película de Anacleto. Apenas unas horas antes de la visita de Rohani, un comando dirigido por Ilva Sapora, la jefa de protocolo del palacio Chigi, aparece en los Museos Capitolinos con la orden de cubrir las estatuas. El problema surge cuando, después de haber vestido de madera toda la belleza clásica del recorrido de Rohani, llegan a la sala Esedra y el comando se detiene ante la estatua de bronce del emperador Marco Aurelio, la única ecuestre que se conserva de aquella época. Las miradas de los agentes de tan delicada misión convergen en un punto, mientras surge la duda en forma de pregunta: ¿Le molestarán también al presidente Rohani los atributos del caballo? No se sabe si por falta de madera o de tiempo, la opción elegida es la de desplazar los atriles de Rohani y Renzi para que, en vez de debajo mismo de Marco Aurelio y su caballo, se sienten a una prudente distancia.
Mientras los empresarios italianos e iraníes firman acuerdos por valor de 17.000 millones de euros, Rohani y Renzi aguardan sentados, charlando distendidamente, como dos buenos amigos, sin saber que a esa hora ya se está cociendo en los diarios una polémica que traspasará las fronteras y de la que ellos se desmarcarán al día siguiente. La jefatura del Gobierno italiano se lava las manos atribuyendo el asunto a un “exceso de celo” de su jefa de protocolo. Y Rohani, durante su visita del martes al Coliseo —qué alivio un monumento sin desnudos—, atribuye la polémica a “un caso periodístico”, asegura que en ningún momento exigió una medida así, y añade: “Los italianos son un pueblo muy hospitalario que intenta hacer de todo para que uno se encuentre a gusto”.
El día antes le había dicho al Papa: “Somos todos hermanos, somos flores del mismo jardín de Dios”. Ya se sabe que la diplomacia consiste en situar una sonrisa en el lugar de una pregunta obvia: ¿también son flores del mismo jardín las adúlteras lapidadas y los homosexuales ahorcados en Irán?
De ahí, que recogiendo el hilo de Gramellini, el periodista y escritor Michele Serra se hace una pregunta en la portada de La Repubblica: “¿Merecía la pena, por no ofender al presidente de Irán, ofendernos a nosotros mismos?”. En su respuesta, Serra aprovecha lo particular del caso para observar el problema desde una perspectiva más amplia. “La gestión de la ofensa es el problema fundamental entre el Occidente y el Islam. Y con las debidas excepciones, los occidentales han aprendido a gestionar las ofensas. Tal vez por oportunismo, quizás por tolerancia, o por ambas razones, que van del negocio es el negocio –y por tanto conviene cerrar un ojo ante las heridas inferidas a los derechos civiles en tantas partes del mundo—(…). El Islam, en cambio, no sabe gestionar las ofensas. La relación con los diferentes no parece figurar entre sus facultades. Y ayudarlos es difícil. Pero no hay duda de que esconder nuestras cosas más preciosas para no irritarles no los ayuda y además los mantiene en su incapacidad (ruinosa sobre todo para ellos) de aceptar la variedad del mundo, la potencia vital de la diversidad de cultura y de mentalidad”.
Michele Serra concluye diciendo que el Islam es “un interlocutor demasiado importante como para hablarle escondiendo la cara”.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/01/29/actualidad/1454091809_755675.HTML


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De como lo cortés no quita lo valiente


El Derecho diplomático tiene, a igual proporción, componentes de cortesía, entendida como disimulo, y pragmatismo. En este caso, la decisión de los responsables en relaciones internacionales de la República italiana ha actuado con plena ausencia de undisguised, es decir, sin disfraz, haciendo que la balanza -especialmente la de pagos- se inclinara del lado del pragmatismo.
Sin duda, se pueden encontrar explicaciones. Más difícil, me parece, será hallar justificación. Especialmente, si el asunto es contemplado desde la perspectiva del Derecho constitucional. En mi opinión, se trata de una suspensión de derechos y valores constitucionales relacionados con la libertad de expresión, claramente en lo tocante a la libertad artística. Además, supone un peligroso argumento de refrendo a la actitud del fundamentalismo radical en su inaceptable concepción del 'arte degenerado', cuyos antecedentes en la historia europea poseen una definición que a nadie escapará.
La libertad del arte -la Libertad de expresión; la Libertad, en suma- no es una cuestión de gusto y, por tanto, tampoco de disgusto.
Este caso de 'Photoshop duro' elevado a nuevo principio de las Relaciones internacionales es un ejemplo -palmariamente obsceno- de cómo las libertades pueden -contra los más elementales principios del moderno constitucionalismo- verse sometidas a encajonamiento y acaban en la trastienda de un almacén.
¡Cuidado! Porque lo cortés no debería quitar lo valiente; es decir, lo que verdaderamente tiene -y nos da- valor.
 
J.C.G.

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