Friday, December 04, 2015

MICRAS, de José Calvo González. Presentación


De izquierda a Derecha Felipe Navarro Martínez, Francisco Ruiz Noguera, José Calvo González y José Antonio Mañas
 

“Ser Dios y escribir teodiceas –anotaba Robert Musil en 1912[1]– son dos cosas que casi ni se pueden comparar, y se puede preferir la segunda (pero quien puede escribir una teodicea renuncia lo primero).” De entonces a hoy, luego de casi un siglo, quien enfrenta aquel dilema, que aquí planteo en términos literarios, observa como éste no ha experimentado una variación sustantiva. Musil, por tanto, estaba en lo cierto: ser escritor o teólogo de la escritura son, en efecto, dos cosas que casi ni se pueden comparar. Y acertaba también al considerar que optar por construir una teología, aquí una teodicea sobre la escritura, conlleva una resignación a la divinidad de ser ESCRITOR –palabra que desde ahora pongo toda ella en letra mayúscula– y que, en consecuencia, nos repliega a la simple condición de humanidad, una expresión que, naturalmente, no levanta su caligrafía por encima de la minúscula.

 

Creo, pues, que ser ESCRITOR es comparable a, si no ser Dios, al menos –lo que es mucho– hacer de él, porque los ESCRITORES a menudo se sustituyen en Dios. Son capaces de crear mundos valiéndose únicamente, como Dios, del Verbo, de la nominación fundacional; ‘en el principio era el Verbo’, la Palabra, o ‘en el principio era la Acción’, como sostiene Goethe, con faustiana confiabilidad llena de mefistofélico auxilio;[2] es decir, en el estreno fue la acción de un proceso nominativo, la denominación hacedora, abarcando la totalidad de las categorías y criterios de espacio y tiempo; o sea, desde la nada genuina a la totalidad conjetural, de lo epocal a lo eterno. El ESCRITOR reproduce aquel hacer enunciativo energético e inventivo, y forja universos o acrisola microcosmos.

Muy distinto, inconmensurable en realidad, es fundar una teodicea. Ejercicio razonablemente estéril para el alma del Mundo, que no es tanto tarea de espeleología en sus profundidades, como de elevación utópica, de vuelo. Escribir teodiceas es una retirada, una trágica alienación; es, en suma, huida –cuando no expulsión– de la dicción creacional. En las teodiceas se habla de Dios, del ESCRITOR, pero uno y otro en su semejanza ­–si no es que son el mismo, pues Dios fue el ESCRITOR original–[3] guardan silencio.


Comprenderán que así percibido, ya sabiéndome –tras no poca inversión psicoanalítica– un hombre sin cualidades para constatarme por ESCRITOR, tampoco me haya tentado la teodicea, o dicho en otras palabras, la ocupación del justificador racional de Dios,[4] del ESCRITOR. El motivo principal es que la teodicea siempre exige justificaciones y, por ende, emitir juicios. Pero entonces la teodicea que yo pudiera formular sería no mayor que una micra (1 μm = 0.000 001 m = 10-6 m), y se contendría en una parca línea. Directa y exclusivamente mi teodicea enjuiciaría “Escribir es el acto primordial de soberanía”, y como tal –es claro– no precisa justificarse. Tal teodicea, de ese modo, sería una anti-teodicea.


En el libro que esta tarde ha presentado con tanta largueza el profesor Francisco Ruiz Noguera, lector generoso de mi escritura –apenas sólo vacilante pirueta y muy ingenuo volatín– en verdad no asoma un ESCRITOR y, ciertamente, en absoluto un teodiceo. Se trata, si acaso, del texto de un teófilo; esto es, de un amigo de Dios, del ESCRITOR. Y si me apuran diré que el texto es, sobre todo, una fenomenología de la escritura que hace de camuflaje a una tecnodicea.


Lo hecho ha consistido, declarado aquí de manera breve y concisa, en explorar algunas de las instancias psíquicas y físicas en la tecnología del acto de escribir  y de leer que desde hace tiempo vienen atrayendo mi curiosidad e interés. Así, el drama y otras veces la coartada de la ‘hoja en blanco’, los símbolos y puntuaciones del escrito, el trazo, su coloración y destinte, el agotamiento o la perdurabilidad del rasgo, los meros residuos escriturales, el arranque y la detención, la restauración, la resurrección, el espaciado interliteral, la rigidez del signo, la elasticidad de la figura tipográfica, la disimulación de la línea o su presuntuosidad, las entrelineas … En fin, en estos tiempos de nomadismo tecnológico a soportes de naturaleza virtual y de convivir con mímicas sin mimo caligráfico, estas Micras podrían parecer de un anacronismo analógico –y en una millonésima parte tal vez tengan esa apariencia– mas, no obstante, se reivindican modernas e innovadoras, porque ocuparse de la escritura/lectura y adentrar la complicación de sus laberintos formales y materiales creo que sigue planteando una poética de sesgo radical sobre nuestra Cultura: la transcendencia de la relación con los imaginarios sociales que el lector percibe al contemplar esos sutiles tornasoles que de la tinta escrita emanan.


Lo demás es un trufado de hallazgos no inquiridos, de ciertas seducciones –o ilusiones– gramaticales, algunas tentativas aforísticas, divertimentos varios y unos pocos tanteos narrativos notoriamente portátiles. Me disculpo por cada una de esas licencias. Imposible excusar, sin embargo, una terrible falta de deferencia. Me apesadumbra no haber ofrecido la atención del obsequio que todos ustedes merecían. Quería que figurara tras la última página impresa, pero la mano de papel no dio para otro cuadernillo. De haber alcanzado allí hubiera debido leerse lo siguiente:

 
Insistencia. Del escritor educado y las fórmulas de politesse

Depositaba toda la cortesía de su escritura en el espacio reservado a las páginas de respeto. El amable lector lo retribuía.


Nuevamente disculpas, y muchas gracias.

J.C.G.




[1] Robert Musil, ‘R. Perfil de un programa’, en Id., Ensayos y conferencias, trad. de José L. Arántegui, Madrid: Visor, 1992, p. 324.
[2] Johann Wolfgang Goethe, Fausto. Trad. de José Roviralta. Madrid: Cátedra, 1999, pp. 141-142.
[3] Jorge Luis Borges, ‘La escritura de Dios’, enId., El Aleph, 1949.
[4] Gottfried Wilhelm Leibniz, Essays of theodicy on the goodness of God, the freedom of man and the  origin of evil, 1710.

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