Wednesday, November 11, 2015

De impresos doceañistas en mi biblioteca. En addenda sobre “vagos olgazanes y mal entretenidos” y “senda de la felicidad”


Visité esta misma mañana la Librería Anticuaria Antonio Mateos. Me acompañó Maria Pina Fersini, también libro-herida, letra-herida. Yo debía recoger allí el opúsculo titulado El Duelo en «Don Quijote» (Segunda parte, cap. XXXII (Tip. La Académica. Barcelona, 1910, 8 pp.), de Clemente Cortejón y Lucas (1842-1911) quien fue catedrático de Retórica y Poética del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Barcelona. Es un texto poco conocido, aunque su autor tuvo importante labor cervantista preparando para el III Centenario una notable edición crítica de El Ingenioso hidalgo Don quijote de la Mancha (Victoríano Suárez, editor, Madrid, 1905), “con variantes, notas, y el diccionario de todas las palabras usadas en la inmortal novela”.  A Cortejón emularon discípulos como Justo Caballero con su Guía-Diccionario del «Quijote» (Editorial España Errante, México, 1970, 366 pp.), obra que igualmente he incorporado a mi biblioteca. Pretendo trabajar en los próximos meses sobre una locución de la Iª Parte del Quijote relacionada con temas de tópica y semiótica jurídicas, y estos días repaso de qué materiales dispongo y les allego cuanto encuentro.

Pero no es de todo eso que voy a tratar aquí, pues ya lo anuncio como addenda a una entrada previa, pocos días atrás, que presente como ‘De impresos doceañistas en mi biblioteca’ (http://iurisdictio-lexmalacitana.blogspot.com.es/2015/10/de-impresos-doceanistas-en-mi.html).  Es el caso que la visita trajo rápida inspección de anaqueles de la Librería y el albur me hizo reparar en un pequeño impreso (14 x 10 cm.), que publicado en años del trienio liberal arrastra asunto de cuando ‘Las Cortes Cádiz’ en temática sobre Administración de Justicia en el siglo XIX español.  Se trata del siguiente:

Nuevos tribunales de España: instruccion para entender con facilidad la forma de administrar justicia en ellos y particularmente ante los alcaldes constitucionales y de conciliacion de los pueblos por D. J. A. de Z. En Bilbao: Imprenta de Apraiz, 1821, 60 pp.

 
 
La iniciales corresponde a Juan Antonio de [Iza] Zamacola y Ocerín (1756-1826), vizcaino ilustrado y afrancesado, de profesión escribano –o sea, secretario judicial– y con mucha y singular afición por la poesía y la música, lo que no sin motivo atrajo la curiosidad -que no el elogio- de Marcelino Menendez Pelayo, o la celebración -menos tímida- de Julio Caro Baroja. Autor de Tribunales de España. Práctica de los juzgados del Reino y resumen de las obligaciones de todos los jueces y subalternos, Madrid. Imp. de la hija de Dn. Joaquín Ibarra, 1806, 2 v.), el impreso que ahora presento sigue su estela, bien que con menor entidad. En otro orden de cosas es sin duda un impreso raro, del que sólo hallé otro ejemplar en la Biblioteca del Parlamento Vasco (Vitoria), accesible en http://www.liburuklik.euskadi.net/handle/10771/9672

Ojeando y hojeando su interior descubro, no obstante su modestia, algunas perlas de nuestra tradición jurídica a las que el tiempo –y el olvido de no pocos historiadores del Derecho– ha ido restando  el brillo de su oriente, hasta finalmente apagarlo. Recupero y destaco determinado hallazgo que sitúa el precedente de lo que en continuidad daría en la Ley de vagos y maleantes de 4 de agosto de 1933 [Véase Gaceta de Madrid núm. 217, de 5/08/1933, pp. 874-877 (http://lawcenter.es/w/file/download/725). Asimismo Luis Jiménez de Asua, “Ley de Vagos y Maleantes. Un ensayo legislativo sobre peligrosidad sin delito”, en Revista General de Legislación y Jurisprudencia LXXXII, 163, (1933), pp. 577-635, o Niceto Alcalá-Zamora y Castillo, “El sistema procesal de la ley relativa a vagos y maleantes”, en Revista de Derecho Público 55-56 (julio-agosto 1936), pp. 201-214] y en su aprovechamiento por el franquismo durante los años 50 y siguientes como eficaz instrumento de control de la disidencia. Porque, en efecto, de la Ley de vagos y maleantes republicana y el ulterior devenir se ha trabajado con detalle (Véase Eleazar Robaina Espinosa, Un poco de historia: La Ley de Vagos y Maleantes de 1933 en adelante”, acesible en: http://lawcenter.es/w/file/view/725/un-poco-de-historia-la-ley-de-vagos-y-maleantes-de-1933-en-adelante), pero muy poco y tampoco a menudo es lo que se declara acerca de su linaje.

En Nuevos tribunales de España de Juan Antonio de Zamacola localizo muy preclaras ascendencias, que no se interrumpieron ni siquiera en los fugaces años liberales que, con intermitencias, siguieron a la Constitución del 12.

En pp. 29 y 30 puede leerse: “Todas las justicias deben zelar eficazmente sobre los que no tiene  empleo, oficio, ó modo de vivir conocido, los cuales están suspensos por la constitución de los derechos de ciudadano = Los antes llamados Jitanos vagantes ó sin ocupación útil, y los demás vagos olgazanes y mal entretenidos calificados en Real orden de 30 de Abril de 1745 y en Real decreto de 7 de mayo de 1773 (Ley 7. Tit. 31, lib. 12 de la Novísima recopilación y su nota 6ª) serán perseguios y presos, previa información sumaria que justifique sus malas calidades y destinados por vía de corrección según se previene.

Y aún a la página 37, dixit: [Los Alcaldes constitucionales] “Tratarán como vagos a los artesanos ó menestrales que por desidia, olgazanería ó vicio dejan de trabajar la mayor parte del año.”

Raquítico es lo dicho –que yo conozca, al menos– acerca de esa encomienda a las funciones jurisdiccionales de los alcaldes para vigilancia de ‘peligrosos’, y todavía más minúsculo todo lo que concierne a la suspensión de derechos de ciudadanía que imponían. Será de tener en cuenta la escasez –por no decir incuria– de calas en tales temas, y animar a su remedio. Me parece que son temas que merecen otra escala, algo más abultada de tamaño.

Del resto mi adquirido Nuevos tribunales de España se ocupa de los jueces de conciliacion de los pueblos, otro tan hermoso como descuidado capítulo de nuestra historia judicial. Rescato en él un fragmento que igualmente avisa de una protohistoria de la ‘psicología judicial’. Dice Zamacola al respecto (p. 53):

Se recomienda en estos juicos conciliatorios una especial suavidad y compostura de pare de los Alcaldes Constitucionales, para que entiendan todos que no son ya de aquellos magistrados antiguos acostumbrados a mandar con imperio y desabrimiento á sus semejantes, sino unos padres cuidadosos de sus ciudadanos que marchan por la senda de la felicidad.
 
Muchos vericuetos ha tenido ese sendero de la Felicidad, serperteando de continuo, y así fue que en no raras ocasiones y por sortear con poca fortuna las muchas encruzijadas de su camino vinimos a acabar bifurcando a otra parte bien diferente. Profundos ayes de desconsuelo hubo en esos extravíos.
Déjolo aquí, confiado en la memoria de quienes lean. Y también suspendo más líneas por estar convencido de que invocar la Felicidad como horizonte de los quehaceres judiciales no es mal programa, por más que el oficium iudicis tenga numerosísimos momentos que causen a los litigantes desánimo y tanta desesperanza que no parezca que los tiempos de ‘magistrados antiguos’ hubieren quedado definitivamente en el olvido.

J.C.G.

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