Saturday, October 10, 2015

De las ficciones estatales y de relatos al borde de la ficción. Breve lección de Ricardo Piglia


CONVERSACIÓN EN PRINCETON

[Con Arcadio Díaz Quiñones y sus alumnos del seminario, en la Universidad de Princeton, abril de 1998]

 


Michelle Clayton: Usted ha hablado en muchas ocasiones sobre la narrativa del poder del Estado, contra la que se oponen las narrativas distintas de los escritores. ¿Es la escritura necesariamente una estrategia crítica por parte del escritor? LA narración de los vencidos, que usted ha mencionado con frecuencia, ¿se podría ver como otra máquina de poder?

RP: En principio yo digo que sí, que la pregunta sintetiza un poco lo que yo pienso, que sería la idea de que el Estad construye ficción y que no puede gobernarse sin construir ficciones. Valéry dice cosas muy interesantes sobre este asunto, y también Gramsci lo ha señalado: que no se puede gobernar con la pura coerción. Es necesario gobernar con la creencia, y una de las funciones básicas del Estado es hacer creer, y que las estrategias del hacer creer tienen mucho que ver con la construcción de ficciones, y que esa construcción puede ser vista por los escritores y los críticos con una mirada diferente a como la miran los historiadores y los políticos, que nosotros tenemos mucho que decir sobre esos mecanismos. Por otro lado, yo diría que la literatura disputa con ese mismo espacio, es decir, que la literatura está construyendo un universo antagónico a ese universo de ficciones estatales. En cierto sentido yo digo que hay una tensión entre la novela y el Estado, que en algunos momentos es muy visible y que, en otros casos, es necesario descifrarla, pero que hay dos polos de esa elaboración, podríamos decir, dos polos de cristalización de cierto tipo de ficciones sociales. Yo no pienso tanto, como algunos, en la relación entre ciertos novelistas y el Estado, que a veces se da, sino en el Estado como narrador. Por ejemplo, en una época analicé el discurso del comandante en jefe del Ejército el día del Ejército, que es el 29 de mayo. Tomé quince años, o sea, fueron quince discursos de los comandantes en jefe en distintos momentos históricos, y analicé lo que decían, el modo en que lo enunciaban. Lo que decían eran relatos fundacionales, todo el tiempo, sobre el lugar del Ejercito en la tradición nacional, sobre las relaciones entre el ejército y la población civil, a quien tenía que matera el Ejército, a quién tenía que defender, cómo se construía el lugar del enemigo, quién era el héroe en ese relato paranoico y criminal. Esto era lo que el general en jefe trataba de que la gente lo creyera. Entonces me refiero a ese tipo de cuestiones, a un discurso que no debe ser entendido como externo al Estado. Es el Estado mismo el que habla y los escritores, los novelistas dialogan y disputan con esa ficción política. Me distancio de lo que suele entenderse hoy por una crítica política de la literatura que tiende a ser, digamos, endogámica, busca en la literatura, en los escritores los signos de una política que viene de afuera y persigue a los escritores todo el tiempo acusándoles de estar construyendo discursos en beneficio de las políticas del Estado. La literatura se ha convertido en rehén del discurso político, en un rehén, diría yo, de la ineficacia política de los críticos. En la Argentina hay un debate muy fuerte sobre este asunto. Cuando el Estado se cristaliza en el año 80, todos los escritores parece que están diciendo lo mismo que dice el estado. No están diciendo lo mismo. Primero porque no lo dicen del mismo modo. Yo no confundo el discurso de un ministro del Interior con el discurso de un novelista que escribe novelas. A veces, incluso son la misma persona, cono es el caso de Wilde, pero no dicen lo mismo cuando están en un lugar o en otro. Por ahí pasa, entonces, creo, la primera cuestión. En relación con la tradición de los vencidos, yo digo: la historia la escriben los vencedores y la narran los vencidos. Hay un relato que va por abajo, que tiene que ver con la derrota, no con la exclusión ni con las minorías, sino con los sectores que han sido dominados y vencidos por el Estado. La narración ahí tienen un sentido fantástico: el relato de las Madres de Plaza de Mayo en 1977, por ejemplo, contrapuesto a la versión estatal, una forma extrema de usar el lenguaje, que o tiene que ver con la construcción fija, digamos así, de la historia como escritura de lo acontecimientos. La locura, ¿no?, es siempre el límite de la narración, el reverso del silencio. La locura es decir de más, es no poder callar, es un exceso en el borde de la ficción. Ellas eran las cosas de Plaza de Mayo porque lo decían todo.

Ricardo Piglia, La forma inicial. Conversaciones en Princeton, Arcadio Díaz Quiñones  y Paul Firbas (eds), SextoPiso, Madrid, 2015 . pp. 202-203.

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Ricardo Piglia
La forma inicial
Conversaciones en Princeton
Arcadio Díaz Quiñones  y Paul Firbas (eds)
SextoPiso, Madrid, 2015, 248 pp.
ISBN: 9788416358267

En uno de los textos que componen La forma inicial, Ricardo Piglia escribe: «Faulkner decía algo que repito porque me parece extraordinario: “Escribí El ruido y la furia y aprendí a leer”; es decir, que escribir ficción –al menos cierto tipo de ficción– cambia el modo de leer». Quizá sin advertirlo, Piglia nos ofrece ahí mismo una clave para intentar aproximarnos a su monumental obra, que sin duda lo convierte en uno de los principales escritores contemporáneos, en el sentido de que el Piglia narrador y el Piglia lector son indisociables hasta el punto de conformar las dos caras de ese todo literario al que se han aproximado miles de lectores en diversas partes del mundo. Quizá como nadie desde Borges, Piglia reivindica ante todo la lectura como pretexto y fundamento de la propia escritura, como si fuera una adicción irresistible que sólo ha podido saciar dividiendo su tiempo a partes iguales entre la lectura como tal y esa forma particular de lectura de uno mismo que es la escritura.

La forma inicial recoge artículos, entrevistas, charlas y conferencias de Ricardo Piglia, a la manera de un rompecabezas concebido desordenadamente pero que al final acaba por encajar. Es un libro íntimo, que puede leerse como una lúcida carta de amor a los cientos de lecturas y de autores que han marcado la vida literaria del autor. A fin de cuentas, pareciera decirnos, por más que a través de los siglos asistamos al despliegue de muy diversos géneros y obras literarias –un despliegue que, en los tiempos más recientes, afecta incluso al soporte mismo en que se presentan los textos–, ese acto fundacional en el que un lector se enfrenta como si fuera la primera vez a un texto que lo cautiva, en lo esencial no ha sido modificado. La forma inicial es la brillante recapitulación de una mente prodigiosa acerca de una vida entregada sin reservas a la literatura.

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