Sunday, July 12, 2015

Edipo y la UE. Sobre tragedia, libertad y katarsis




Puesto en ventura de viaje, como estos últimos días pasados, y demorado entre mostradores de facturación, salas de embarques y restrictos asientos en cabinas de vuelo, aprovecho para dar alas a lecturas rezagadas. Proveo así un ejemplar de alguna obra en pequeño formato, que no incomode el equipaje, que ha de ser en la ida ligero, a fin dar alojo en el retorno a hallazgos que lo justifiquen más pesante. Esta vez llevé conmigo Tragedia y Modernidad, de Simon Critchley [con presentación de Ramón del Castillo, Trotta (Col. Mínima Trotta), Madrid, 2014, ISBN: 9788498795073].



Critchley se muestra iconoclasta con la interpretación tradicional de la tragedia, aprovechando de Nietzsche –el primer ‘filósofo trágico’– para reconducir la ‘tragedia de la filosofía’ en ‘filosofía de la tragedia’. En un excurso aborda ‘la crisis de la Eurozona’ en el marco de lo sucedido poco antes de la primavera de 2012. Evidentemente, leyéndole me transporto al presente.
Critchley escribe (pp. 37-39): “En los últimos días, semanas y meses pasados hemos visto un sinnúmero de descripciones mediáticas de la crisis de la Eurozona que la definen como una tragedia en la que Grecia juega el papel protagonista”. Y añade: “Pero, ¿es esto una tragedia? Diríase que sí, aunque no en el sentido en que generalmente se plantea, y por esos algunas diferencias son importantes y reveladoras.”
 “En la jerga habitual de los medios de comunicación –continúa– una tragedia es simplemente una desgracia que le puede suceder a una persona (un accidente o enfermedad fatal), o a una comunidad entera (un desastre natural) y que está más allá de nuestro control. Pero si entendemos “tragedia” como una simple desgracia, entonces no comprenderemos realmente los que es la tragedia.”. Y precisa: “Lo que las treinta y una tragedias griegas existentes representan una y otra vez no es un desastre que queda fuera de nuestro control. Por el contrario, muestran la manera en la que somos cómplices, al parecer sin saberlo, de la calamidad que se cierne sobre nosotros”.
Y aquí, la tesis: “La tragedia requiere cierta complicidad de nuestra parte con el mismo desastre que nos destruye. En este sentido, no es simplemente una cuestión de la malevolente actividad del destino o de una oscura profecía que surge de la inescrutable, y muchas veces cuestionable, voluntad de los dioses. La tragedia exige nuestra propia complicidad con el destino. En otras palabras, requiere una buena dosis de libertad.” Para comprobación acude al Edipo de Sófocles, que todos recordamos; conocedor de la maldición profetizada en el oráculo según la cual asesinaría a su padre y se acostaría con su madre. Porque, subraya Critchley, “Edipo conoce su maldición.”
Y va concluyendo: “La verdad subyacente más profunda es que Edipo sabe todo esto desde el comienzo, pero se niega a ver y escuchar lo que se le dice. Muy al principio de la obra el ciego Tiresias le dice a la cara que el culpable de la corrupción que quiere erradicar es él mismo. Pero Edipo no escucha a Tiresias. Esta es una manera de interpretar la palabra “tirano” en el título original de la obra de Sófocles: Oidipous Tyrannos. El tirano es alguien que no escucha lo que se le dice y no ve lo que tiene delante de las narices.”
Critchley juega en adelante con la vergüenza y la ceguera de Edipo, que extiende a los líderes de la UE en el año 2012. Hoy la situación es más algo más compleja, el Gretix como Katarsis, y los protagonismos se reparten entre el rictus heroico (y vencido) del dramático Varoufakis, el rosto cariacontecido y de sardónica sonrisa de Alexis Tsipras, primer ministro griego que pone el acento triunfantemente cómico y transforma el género en tragicomedia, la voz del Destino de Wolfgang Schäuble, ministro del Bundesministerium der Finanzen, el apuntador en su concha, esto es, la ‘Comisión Europea para el Euro’, y el coro –voz de la ciudadanía europea– de naciones representadas en el Parlamento Europeo.

El invierno, primavera, verano (y ¿otoño?) de 2015 es más obtuso que los proemios primaverales del 2012. Pero Edipo, sigue sordo y ciego. Y es Grecia el primer cómplice de su tragedia, con serlo también las instituciones europeas. Grecia no padece la desgracia de un accidente o enfermedad fatal, ni es víctima de desastres naturales. Grecia conoce su maldición, y actúa con libertad en el curso de su calamidad. Asimismo la UE, asimismo. Pero todo lo que sucede es, antes que nada, una tragedia griega. Y una tragedia europea, por tanto.
J.C.G.

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