Wednesday, March 04, 2015

Derecho y Literatura. GRAMÁTICA DEL DERECHO: USOS DEL POSESIVO



1901. Retrato de Lev N. Tolstói (1828-1910), por Leonid Osipovic Pasternak ((1862-1945)
 
 
Historia de un caballo[1]
VI. SEGUNDA NOCHE

Lev N. Tolstói

 
Era en invierno y en la época de las fiestas.
Aquel día no me dieron de comer ni de beber; después supe que si no lo hicieron fue porque todos los palafreneros se habían emborrachado como uvas.
«Precisamente aquel día, al hacer su visita a las cuadras, el jefe de los caballerizos se acercó a la mía, y, al observar que no me habían dado el pienso, se encolerizó contra el palafrenero y se marchó renegando. Al día siguiente vino el palafrenero a darnos el pienso y, por lo extremo de su palidez, noté cierta expresión de dolor en su persona.
Arrojó coléricamente el heno a través de los hierros, y cuando traté de colocar el morro sobre su espalda me dio un puñetazo con tal fuerza, que retrocedí espantado: pero no se contentó con aquello, sino que me dio, además, un puntapié en el vientre, murmurando:
–Si no hubiera sido por este feo sarnoso, no me hubiera hecho nada.
–¿Qué te ha pasado? –le preguntó su camarada.
–Que casi nunca viene a ver los caballos del conde. Pero, en cambio, le hace al suyo dos visitas todos los días.
–¿Le han dado, acaso, el caballo pío?
–Yo no sé si se lo han vendido o se lo han regalado; no sé nada. Lo que sé es que podré dejar morir de hambre a todos los caballos del conde y no me dirá nada; pero como le falte cualquier cosa a su potro, ya puedo echarme en remojo. Túmbate, me dijo, y me vapuleó de lo lindo. Te digo que eso no es cristiano. ¡Compadecerse de una bestia más que de un hombre! ¡Cualquiera diría que no está bautizado! Y contaba por si mismo los golpes. Nunca ha pegado tanto el general. Tengo la espalda hecha una pura llaga. Decididamente, ese hombre no tiene alma de cristiano.
Comprendí bien lo que dijeron de latigazos y de piedad cristiana. En cuanto a lo demás, no supe darme cuenta exacta de lo que significaban las palabras ‘su potro’, y deduje que establecían una relación cualquiera entre el caballerizo y yo, pero no pude comprender en aquel momento qué clase de relación era aquélla. Mucho más tarde, cuando me separaron de todos los demás caballos, fue cuando lo comprendí.
Las palabras ‘mi caballo’ me parecían tan ilógicas como ‘mi tierra, mi aire, mi agua’, pero causaron en mí una impresión profunda. Mucho he reflexionado después acerca de esto, y únicamente mucho más tarde, cuando aprendí a conocer mejor y más cerca a los hombres, fue cuando me pude explicar todo eso.
Los hombres se dejan llevar por palabras y no por hechos. A la posibilidad de hacer tal o cual cosa, prefieren la posibilidad de hablar de tal o cual objeto en los términos convencionales establecidos por ellos.
Y esos términos, que para ellos tienen grandísima importancia, son los siguientes: ‘El mío, la mía, los míos, mi, mis’. Los emplean al hablar de los seres animados, de la tierra, de los hombres y hasta de los caballos. También es común que una persona, al hablar de un objeto, lo califique de ‘mío’. La persona que tiene la posibilidad de aplicar la palabra ‘mío’ a un gran número de objetos, es considerada por las otras como la más dichosa.
No podré deciros cuál es la causa de todo este razonamiento. Muchas veces me he preguntado si será el interés el motivo de todo, pero siempre he rechazado la idea, y he aquí por qué:
Muchas personas me consideran propiedad suya, y, sin embargo, no se sirven de mí; no son ellas las que me alimentan y me cuidan; las que lo hacen son extraños a quienes no pertenezco: palafreneros, cocheros, etc,
Transcurrió mucho tiempo antes de que me diera cuenta cabal y clara de la palabra ‘mío’, a la que tanta importancia dan los hombres, pero hoy puedo aseguraros que no tiene otra significación que un instinto bestial al que ellos dan el nombre de ‘derecho de propiedad’, «Un hombre dice: ‘mi tienda’, y jamás pone en ella los pies; o bien: ‘mi almacén de ropa’, y no toma nunca un metro de paño para sus necesidades. Hay hombres que dicen mis tierras’, sin haberlas visto nunca. Los hay también que emplean la palabra ‘mío’, aplicándola a sus semejantes, a seres humanos a quienes jamás han visto, y a los cuales causan todos los daños imaginables: dicen ‘mi mujer’ al hablar de una mujer que consideran como propiedad suya.
El principal objeto que se propone ese animal extraño llamado hombre, no es el de hacer lo que considera bueno y justo, sino el de aplicar la palabra ‘mío’ al mayor número posible de objetos. Esa es la diferencia fundamental entre los hombres y nosotros; y, francamente, aun prescindiendo de otras ventajas nuestras, bastaría esa sola para colocarnos en un grado superior al suyo en la escala de los seres animados.
Pues bien, ese derecho de poder decir de mí, ‘mi caballo’, fue el que obtuvo nuestro caballerizo mayor.
«Me admiró mucho aquel descubrimiento. Ya tenía tres causas de disgusto: mi pelo, mi sexo y aquella manera de tratarme como una propiedad, a mí, que no pertenezco sino a mí mismo y a Dios, como todos los seres vivientes.
Los resultados de considerarme de aquella manera, fueron numerosos: me alimentaron mejor: me cuidaron más; me separaron de los otro caballos y me engancharon antes que a los demás compañeros.
«Apenas cumplí la edad de tres años, me dedicaron al trabajo. La primera vez que me engancharon, el caballerizo que me consideraba como propiedad suya asistió a aquella ceremonia. Temiendo que yo ofreciese resistencia, me sujetaron con cuerdas; después me pusieron una gran cruz de cuero en el lomo y la sujetaron con dos correas a las dos varas del carruaje para que yo no pudiese destruirlo a coces. Aquellas precauciones fueron inútiles yo no quería otra cosa que ocasiones para demostrar mi amor al trabajo.
Su admiración fue grande cuando me vieron marchar como un caballo viejo. Me siguieron enganchando todos los días para enseñarme a ir al trote. Hice tan rápidos progresos, que una hermosa mañana el mismo general se maravilló de ellos. Pero ¡cosa extraña!, desde el momento en que era el caballerizo y no el general quien me aplicaba la palabra ‘mío’, ya no tenia igual valor mi talento.
Cuando enganchaban a mis hermanos y a los caballos padres, se medía la longitud de sus pasos, se les enganchaba en magníficas carrozas y se les cubría de hermosos adornos; a mí se me enganchaba en carruajes humildes y conducía al caballerizo cuando tenía que hacer algo.
Y todo ello por ser pío y, más que por eso, por pertenecer al caballerizo y no al conde.
Mañana, si aún vivimos, os contaré el resultado que tuvo para mi aquel cambio de propiedad».
Los caballos se mostraron respetuosos todo el día con el viejo Kolstomero.
El único que siguió tratándolo como antes fue el viejo Néstor.




[1] El relato Historia de un caballo, escrito en 1863 y no publicado por su autor hasta 1886, apareció en España, la primera vez, en las páginas La España Moderna, Año 5 (febrero 1893), t. 50, pp. 5-40, sin indicación de traductor. Ediciones posteriores se registran en: Leon Tolstoi, Kolstomero: (historia de un caballo), trad. y pref. de José Carner (Josep Carner i Puigoriol, 1884-1970), Eduardo Domènech, Editor, Barcelona, 1910 [en ésta a "Historia de un caballo" le siguen otros dos relatos: "Alberto" y "El diario de un tanteador"]; Kolstomero Ed. Revista literaria Novelas y cuentos, Madrid, 1931; Historia de un caballo, trad. de Camilo Millán, ed. de José Mª Carandell, il. de Miguel Angel Espinosa, La Gaya Ciencia, Barcelona, 1979; Historia de un caballo, ver. de Enrique Llovet, Eds. MK, Madrid, 1979; Kolstomero y otros relatos, trad. de Josep Carner, ed. y pról. de José Angel Cilleruelo, Ediciones Júcar, Barcelona, 1990, y Historia de un caballo, trad. de Camilo Millán, il. de Miguel Ángel Espinosa, Juan Granica editor, Barcelona, 1986. En ed. más reciente véase Lev Tolstói, La muerte de Iván Ilich; Historia de un caballo, respec. trad. de Juan López-Morillas y Camilo Millán, con introd. de José María Sánchez Alcón, Siruela, Madrid, 2003. La obra ha sido objeto igualmente adaptaciones teatrales.
 
J.C.G.
 
 
Leon Tolstoi, Kolstomero: (historia de un caballo), trad. y pref. de José Carner, Eduardo Domènech, Editor, Barcelona, 1910
 
 
Leon Tolstoi, Kolstomero, Ed. Revista literaria Novelas y cuentos., Madrid, 1931.

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