Saturday, July 12, 2014

Acto de Graduación de la XXXIª Promoción de la Licenciatura en Derecho por la Universidad de Málaga. Texto de la Lección de Clausura



Excma. y Magca. Sra. Rectora
Ilmo. Sr. Decano
Autoridades
Honorables Doctores
Profesorado del Claustro de esta Facultad de Derecho
Alumnado de Vº Curso de la Licenciatura en Derecho
Sras. y Sres.
Con la venia

El acto de esta tarde, al que generosamente se me invita para dictar la Lección de Clausura, trata de solemnizar el momento en que los alumnos y alumnas de la Promoción 2009/2014, el último alumnado del Plan de Estudios de 1953, egresan como Licenciados en Derecho. No cabe duda que es ésta una ceremonia académica importante, cuya trascendencia se resalta más aún en esta ocasión dada la dignidad y etiqueta de las Autoridades que nos acompañan. Por mi parte, preservada toda exquisita regla de protocolo, desearía sin embargo enfatizar el presente momento no como una despedida y un adiós. Pienso, por el contrario, que en el poniente de esta hora se alza el levante luminoso de una jornada nueva. Hoy es el flamante día de una acogida, de un arribo.

En este momento, Vds., alumnado, mi alumnado, ingresan en esta Casa de Estudios como Arquitectos de la Memoria, como Ingenieros del Recuerdo. Y es razón de ello el que justo en este instante colocan la última piedra del edificio de la nostalgia que comenzaron a construir cinco años atrás, o tal vez alguno antes. Acabada ahora en su ápice más alto, contemplan desde esa fábrica el basto territorio de sus inquietudes e impaciencias por el futuro, los desvelos y las zozobras, y quizá también los desengaños que fueron, junto a risas, ambiciones, desafíos y entusiasmos el cotidiano devenir de los días habitados en la comunidad de aulas y seminarios, en la biblioteca, o en los tránsitos y patios de esta Facultad, y que ya forman el dédalo de sus evocaciones y remembranzas. Se cierra el círculo, y sin punto de fuga, la línea regresa al punto inicial, que puede ser cualquier punto, cualquier hora de cualquier día, y que será asimismo esta hora de este día. Parecía que se iban y, en realidad, comienzan a llegar. Hoy la separación se hace reintegro.

Disfruten, pues, de su obra, que sólo a Vds. pertenece; gocen de la Nostalgia, de su ἄλγος, que es un sufrimiento sensible y perceptible, sí, pero percibido y vivido con alegría, como un dolor paliativo que no lastima, porque se abriga al νόστος que –nutrido desde νέεσθαι, la partida– es regreso, retorno, vuelta a casa.

Nostalgia no es Melancolía. Ésta es igualmente un sentimiento delicado y noble, dicen que acaso incluso el más exquisito de todos, pero punza y duele de manera muy distinta. El padecimiento de la Melancolía es por ansia de infinito y absoluto que, no obstante, la trabazón con nuestro propio interior impide saciar. A veces por eso su dolor trae amargura, pero sólo a aquellos que no penetran en la claridad crítica que media entre el afán y la autoconciencia del límite.

Yo me complazco de su Nostalgia, pero déjenme a mí el deleite de la Melancolía. Yo no dimitiré hoy, esta tarde, de la Melancolía, ni me negaré al examen de mi responsabilidad en su formación. Es, creo, la última lección con que puedo obsequiarles. Preclara y penetrante será la Melancolía que dicte mis palabras.

Les hablaré, por tanto, desde la lucidez y autoridad de mi fracaso.
Mi enseñanza en Filosofía del Derecho y Seminarios de ‘Derecho y Literatura’ se ha sujetado a la consigna que aprendí en uno de los grandes iusfilósofos de nuestro tiempo, ahora un clásico contemporáneo, Norberto Bobbio, que falleció hace diez años. En su ‘Invito al colloquio’, publicado en la revista Comprendere en 1951 y recogido en Politica e Cultura de 1955 señalaba: “La tarea de los intelectuales es hoy más que nunca sembrar dudas, no recoger certezas”, para añadir: “De certezas –revestidas con el falso mito o edificadas con la piedra dura del dogma– están llenas, desbordadas, las crónicas de la pseudocultura de los improvisadores, los diletantes, los propagandistas interesados” (Einaudi, Torino, 1955, p. 15); palabras que reiterará en Autobiografía, de 1997 (Laterza, Bari; ed. de Alberto Papuzzi; pról. de Gregorio Peces-Barba; trad. de Esther Benítez, Taurus, Madrid, 1998).

El problematismo de los dilemas a menudo, la duda cuando no incredulidad siempre a plazo más duradero, la crítica del dogmatismo con carácter permanente, han atravesado nuestras clases de la primera a la última, especialmente en las sesiones de seminarios, donde yo he aprendido tanto de sus intervenciones orales y luego leyéndoles; algo que sólo en la Universidad de Málaga, de entre todas las de España, e igualándola con las mejores alemanas, francesas, belgas, italianas, suizas, holandesas, americanas de norte y del sur, ha sucedido a lo largo de más de veinticinco años de docencia con arreglo al Plan del 53. Quedan en acumulo más de un centenar de lecturas diferentes, y en la Biblioteca de nuestra Facultad el mejor fondo bibliográfico universitario español de ‘Derecho y Humanidades’. (Refiero esto ciertamente con orgullo, aunque no infatuado de gola alguna, y más que nada porque sé cuánto preocupan y mucho importan a nuestra Rectora semejantes asuntos).

Sin embargo, tengo –como he declarado– la lúcida convicción de haber fracasado en un presupuesto que, por hallarme en una Facultad de Derecho, debe producirme especial angustia. Porque acaso no he sabido responderles con suficiente rotundidad a la implícita interrogante que habría de dar sentido a todos sus años de estudio jurídico, salvo que hayamos resuelto formarles en una Facultad de Derecho decididamente empeñada en renovar su título por el de Escuela de Leyes, lo que nunca –me temo– está tan alejado de suceder, y es auténticamente devastador.

He fracasado, lo veo con luminosa claridad, en saber decirles qué es Justicia, y aunque sé que no soy el único que habiéndolo intentado no lo consiguió, y que estar a ese límite en compañía de nombres como Bentham, Kelsen, Rawls y otros ya sería altísimo honor, eso en nada me excusa, y menos aún puede servirme de defensa.


Pero, si recuerdan bien, han sido muchas les veces que he dicho ‘justificar es dar cuenta’ e, igualmente, que ‘dar cuenta de las buenas razones’ es también posible mediante un artefacto narrativo, un relato, es decir, contando una historia, y mejor una buena historia que una historia bella. Siendo así, ruego que me concedan probar un intento más.

Les leeré ahora algunos fragmentos de un cuento. Fue escrito en 1909 por Leopoldo Lugones, numen de Jorge Luis Borges, a quien repetidamente he citado en mis lecciones de curso. Lleva por título ‘El Espíritu de la Justicia’. Más adelante, 1924, sería recogido en su libro Filosofícula.
Trata de un rey que buscaba heredero para su reino, decidido a legarlo en manos del más justo de sus súbditos. Aquel rey ordenó entonces llamar a todos los hombres que vivían en sus dominios y fue examinándolos uno a uno, dispuesto a elegir sólo al más justo de todos ellos. No obstante, pasaban los días sin que hallase quien pudiera sucederle…

Y a partir de ahí Lugones escribe:

“Al fin, de la ardua selección quedaron tres candidatos. Dos que habían hablado bien, y uno que no había hablado. Porque el rey respetaba el silencio, que como una mina preciosa suele encerrar el oro de la cordura. Y la cordura, decía el rey, es una forma de justicia.

¡Cuántos habían hablado del asunto con el rey!

Todos decían ser justos, pero no eran sino vanidosos que se admiraban. Pretendían que la justicia consistiera en un acomodo del mundo a sus conceptos.

Por último, vino el primero de los tres que restaban, y solicitado para que hiciera un resumen de sus ideas, dijo:

— Señor, he sido juez. Apliqué la ley con inflexibilidad y sin pasiones. Creyendo que encerraba la sabiduría de vuestra majestad y de su pueblo, constituime en instrumento suyo. No he faltado una sola vez a la ley. Mi concepto de la justicia es la aplicación estricta de la ley, sin una debilidad, sin una pasión.

Y el rey dijo:

— Es claro tu concepto de la justicia.

Habló entonces el segundo de los hombres restantes:

— Señor, he sido pobre y rico. En todo tiempo hice el bien a los amigos como a los adversarios. A los que labraron mi fortuna como a los que consumaron mi ruina. Pude causar daño a mis enemigos y les hice favores. Domé mis impulsos de venganza en bien de todos. Para mí la justicia consiste en hacer el bien a aquellos cuyo mal nos complacería. Justo es aquel que domina su egoísmo.

Y el rey sentenció:

— Firme es tu concepto de la justicia.

El tercer hombre, el silencioso, dijo:

— Señor, yo no tengo conceptos. Pero he aquí lo que me sucedió una vez. Yendo camino del hospital, llegué a una población donde tenía un conocido. Estaba fatigado, hambriento. Pedíle albergue y me lo negó.

Cuando arribé al hospital encontré otro conocido que salía ya, dado de alta. Llevaba como bagaje dos mudas de ropa y le dije:

—Tú que estás sano ya, hallarás trabajo. Yo estoy enfermo y no tengo sino estos harapos. Haz el favor de darme uno de tus trajes. Y él convino en ello. Años después, aquellos hombres fueron condenados por un consejo de guerra. Yo mandaba en jefe, y podía acordarles el indulto que ambos me pidieron por conducto de sus familias y sus amigos. Dejé cumplirse la sentencia del que me negó albergue y agracié al otro. Esto es todo.

Entonces el rey tendió la mano al narrador. Un rayo de alegría hermoseó sus barbas ancianas. Y volviéndose hacia los ministros congregados, dictaminó:

— He aquí el hombre justo.”

(Filosofícula, Confabulaciones, Madrid, 2013, pp. 15-17)


Es lúcida –a mi modo de ver– esta historia, porque nos sitúa ante tres concepciones de la Justicia que, finalmente, perfilan una noción crítica de ella abriendo a su mejor comprensión.

Así, no basta para penetrar la Justicia en su más profundo enclave con la sola y estricta aplicación de la ley, como creía el primero de los últimos tres hombres aspirantes al trono. Y más aún, si en relación a lo justo acudiéramos al proverbio Dura lex sed lex arriesgaríamos todo aquello que apocalípticamente anuncian otros dos brocardos latinos: Fiat iustitia, et pereat mundus, o Fiat iustitia, ruta caelum. Hacer Justicia dejando caer todo el peso de la Ley a buen seguro echaría abajo los cielos y demolería el mundo. El peso de la Justicia es siempre más liviano que el de la Ley, pero es absolutamente necesario para que la balanza no decline sólo de aquel lado y pierda el fiel del equilibro.

Yo creo en la levedad –sutil como la de un espíritu– de la Justicia; una ligerísima pesantez capaz, sin embargo, de conmover cielos y tierra; conmover en el sentido de poner cada cosa en el lugar que le corresponde, lo que con frecuencia es bastante y serio trastorno y perturbación para todo aquello que ocupa el lugar que no se merece. Tal vez por eso creo, asimismo, que la forma perfecta de justicia distributiva tiene mucho que ver con el Tiempo; el Tiempo es justiciero porque se encarga de poner cada cosa en su lugar, y hay un tiempo y un lugar para cada cosa.

Creo, igualmente, que la medida de la Justicia –la Justicia es sin duda una medida, representada en la balanza como instrumento de medición– difiere de la piedad. El pietismo del segundo de los hombres que el rey examinó es una desmesura, incluso cercana a la santidad. Pero ser justos no exige ser santos. Debemos elogiar la templanza de aquel hombre frente a los impulsos vengativos –ciertamente justicia no es venganza– pero es de justicia no tratar igual a los desiguales, y de ahí también que la Justicia no pugne con el castigo –que debe además atemperarse con la compasión, la compassĭo latina, o comunidad de sentimientos– como tampoco habrá de reñir con la recompensa a lo meritorio.

Es por eso que el tercer y último candidato a la sucesión en la corona, que aquel viejo rey quería conferir al que fuere más justo entre todos los hombres de su reino, ejemplifica mejor el espíritu de la justicia precisamente por dar a cada uno lo suyo según lo ajustado a su mérito y así, por tanto, a cada cual lo merecido.

Dejemos a un lado el imponderable azar –‘¡no me lo merezco, no es justo!’, nos dicen. El albur no es justo en el reparto de los méritos, nadie lo ignora. Mantengamos al margen, igualmente, tanto el sordo determinismo social como el ciego determinismo natural, pues no hay justicia en ellos, es bien sabido; de lo contrario, los desmerecidos sin culpa y de todo, jamás y ninguna justicia merecerían, frente a los privilegiados que nunca hicieron méritos para merecer de ella. Apartemos también, siempre, cualquiera clase de populismo que incite a arrebatar –‘¡démosle su merecido!’– la justicia pública para ponerla en manos privadas.

En lo restante, sostengo que desde una idea de Justicia en razón al derecho de merecimiento resulta posible recitar aquella constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi, que tantas veces hemos oído declamar del viejo Ulpiano (D. 1.1.10pr), con una dicción nueva que no hace excluyentes rigor y clemencia, memoria y olvido, castigo y perdón, pues lo uno y lo otro, y todo en conjunto, es necesario para conducirse en los términos de la Justicia. La razón de mérito evita, además, los quebrantos que causa la arbitrariedad; nada como lo arbitrario –que es ausencia de procedimiento– corrompe tanto la calidad social y democrática de una Justicia constitucional y efectivamente afirmada en los valores de la igualdad y la capacidad.
La Literatura educa al jurista en esa competencia interpretativa, que es crítica por seleccionar argumentos, lo que le permite preferir entre las alternativas disponibles y, además, dar cuenta de la elegida.


Pero si en punto a la Justicia pudiera aquí haber remediado, desde luego tardíamente y apenas más que en parte, mi confesada autoría en el fracaso, nada tengo con qué redimirme por no haberles respondido a qué es Verdad. Sí, hemos hablado durante todo un curso de verdades débiles, de verosimilitud, de verdades difíciles, de veracidad, de veredictum –lo dicho con verdad–; en suma, de verdad judicial. Pero, honestamente, carezco de respuesta para el quid est veritas? Conseguí enunciarles los orígenes de la interrogante; que en las viejas culturas hubo una única verdad, o acaso sólo una verdad cada vez, mientras que en la cultura moderna, que parte de una concepción donde prima la ausencia de criterio cognitivo unívoco de verdad o falsedad, es posible abrazar más de una verdad a la vez. En lo demás, Vds. conocen bien mi posición; la verdad –sucede así en Derecho y más allá de lo jurídico– se construye y, por tanto, que su búsqueda más genuina consiste averiguar los componentes de su argamasa, que sólo así llegaremos reconocer el completo aparato y dispositivo último de la ‘verdad de la verdad’ y que, a la postre, la verdad es siempre otorgamiento de sentido.

A cambio, queriendo hacerme acreedor a su indulgencia, puedo sin embargo decirles con precisión qué es mentira.

Leí sobre ello hace tiempo, en las páginas de Las mocedades de Ulises (1960), una novela Álvaro Cunqueiro, y la cita se me quedó prendida al rebufo de las hojas del calendario. La recupero porque Vds. son, en cierta manera, como el protagonista de ese libro, que han de emprender pronto –mañana, con la alborada de su amanecer– una aventura, su personal odisea, y, engolfados como argonautas en el Egeo de la vida, puede que cautivadores cantos de sirenas intenten seducirles (Odisea, XII, 39) para confundir la deriva de su rumbo en una derrota que les arrumbe contra las rocas.

Pues bien, a cierta altura de la historia el relato de aquella narración cuenta acerca de la amistad del joven laértida con un tabernero de nombre Políades, quien se había concedido a sí mismo el título de preceptor del mozo, y cómo un día, paseando ambos, Ulises le interroga del modo que sigue (Destino, Barcelona, 19802, p. 76):
“— Políades, ¿qué es lo que es mentira?”
Políades, descubriéndose entonces del sombrero de paja que protegía su cabeza –Políades era calvo– y girándolo entre sus manos, le respondió:
“— Quizá todo lo que no se sueña, príncipe.”
Mentira es ¡todo lo que no se sueña, querido alumnado de la Promoción 2009/2014!, y el ‘quizá’ que también aquel cantinero pronuncia, antes en realidad un posible dentro de lo posible que sólo una mera aleatoria contingencia, un posible como posible. ¡Mentira es todo lo que no se sueña! Ésta, aunque yo carezca de otras muchas, sí es una de mis firmes certidumbres, y la quiero compartir con Vds., y que me la acepten.

Es importante soñar, soñar en vigilia, soñar y estar vigilantes, vigilar a los soñadores de sueños, esos iluminados cuyas ensoñaciones habitualmente acaban siendo la pesadilla de todos. Y conviene soñar juntos, entresoñar.

El Derecho necesita sueños, sus sueños. Es preciso soñar otro Derecho, y mejor soñarlo entre todos. Que nadie sueñe por Vds. mismos.

Les diré también, voy ya terminando, que los sueños son antorchas. Yo confío en la luminaria de los sueños. Me instruí con Ihering (Der Geist des römischen Rechts, § 25) de la fe que brilla en el “triunfo del Derecho”, que es el de ‘los Derechos’, y ese mismo relumbre he proclamado desde la Cátedra.

Vivimos tiempos turbios, que anuncian el nocturno. ¡Enciendan sus sueños, y que ellos les alumbren, y a nosotros también!


Concluyo aquí, si bien todavía unas frases, pocas, pero decisivas. Las tomo de Benjamin Nathan Cardozo, miembro de la Suprema Corte de los Estados Unidos, y uno de los precursores del Movimiento ‘Derecho y Literatura’ al analizar el estilo literario de las sentencias judiciales. Se corresponden con las finales en su obra The Nature of the Judicial Process. Las escribió a comienzos de los años 20 del siglo pasado, pero me acuden actuales, porque parece que les dibujan a Vds. y a quienes hemos sido sus Profesores, a su Nostalgia y a nuestra Melancolía.
Dicen (Yale University Press, New Haven, 1921, pp. 179-180):

“Hemos sido llamados para hacer nuestra parte en un proceso sin tiempo. Mucho después de mí, estarán aquí para hacer su parte, y llevar la antorcha adelante. Sé que la llama brillará, mientras la antorcha esté en sus manos.”


Nada más. Muchas gracias
José Calvo González
Catedrático de Filosofía del Derecho


Facultad de Derecho
Universidad de Málaga
11 de julio de 2014

No comments: