Saturday, May 03, 2014

¡Que pico de oro! ¿Es eso debatir?



'¡Qué pico de oro!'
 Los Caprichos, Plancha 53 (1797-1798)
Francisco de Goya (1746-1828)


A lo largo de estos dos últimos días he formado parte de un jurado en el que se deliberaban y decidían méritos de grupos de debate integrados por equipos de las Universidades de Granada, Málaga y Córdoba. Me presté a ello por aprecio hacia este tipo de iniciativas y llevado de una auténtica curiosidad. Nada de lo primero he perdido, no así de lo segundo, desbaratado por la mediocridad de lo oído y visto.


Quizá tenga mucho que ver en ello la estructura de los debates, que enfrentan a equipos no siempre equilibrados en el número de sus integrantes, como tampoco en el reparto de roles. Aunque el formato de las intervenciones –postulación de tesis y antítesis, periodo de refutación y conclusiones– es, en lo básico, correcto, me parece que mantener sin cambios, durante todo el torneo, la distribución de roles un error. Todos los integrantes de un equipo deberían asumir cada una de las fases de desarrollo del debate. Esa rotación equilibraría algunas desigualdades. También sería conveniente que el tema del debate en el torneo no fuera único. Al menos llegando a la final, en que se enfrentan sólo dos equipos, la organización debería proponer o sortear un tema distinto, concediendo un tiempo determinado para su preparación con el correspondiente acceso a fuentes de documentación predeterminadas –esto es, una selección de materiales– o de consulta abierta.

No obstante, aunque el formato pueda ser (manifiestamente) mejorable, la mecánica de los debates es correcta. Lo que me inquieta son otras cuestiones.

Me inquieta que en un torneo de debate no se preste atención a los argumentos esgrimidos, o sólo formalmente. Debatir es aportar, confrontar y medir buenas razones. Debatir es argumentar. Será importante el dominio del espacio, la expresión corporal, la calidad de la voz, pero no a costa de los argumentos de fondo. Tampoco es baladí conceder relevancia a la elocuencia. Un adecuado dominio del lenguaje es, sin duda, necesario, por esto no debe confundirse con la elocuencia. Y mucho menos creer que quien se muestra elocuente –a veces, por lo oído y visto, al límite del patetismo y la grandilocuencia– ejemplifica mejor la idea de la Retórica. Tomar en serio la Retórica pasa necesariamente por no abandonarla a las solas habilidades en la elocutio. De hecho, del desprestigio –que viene de antiguo, y es periódicamente renovado– de la Retórica es principalmente responsable la Elocuencia. Diría que la Retórica ‘murió’ a causa de un recurso retórico: pars pro toto. La elocuencia ‘ mató ’ la retórica.

En lo demás, dos consideraciones finales, ya para terminar.
Una relativa al supuesto ‘mal de los sofistas’. Un observador imparcial que hubiera asistido a los debates formaría de ellos una idea poco edificante. – Estos chicos, son unos sofistas. Yo refutaría afirmando que su impresión es errada, porque estos chicos simplemente alardéan de que pueden defender lo uno y, con igual convicción y vehemencia, lo contrario. No son engañosos en sus argumentos. Son cínicos en realidad. Los oradores cínicos no representan el alma de la Retórica, menos de la Teoría de la Argumentación. Sin embargo, por el camino que estos debates se empeñan en recorrer acabarán, lamentablemente, por escribir una bella letanía en la lápida funeraria, allá sobre la última tumba a la que están arrojando todo lo bueno de la Retórica y el ejercicio de la argumentación. “Aquí yace el espíritu del compromiso ético con la palabra pública. Hoy tus amigos, los cínicos, no te olvidan”.
La otra es que no vendría mal leer, más adelante también releer, a Quintiliano, y para los que aspiren a nota, algo de Perelman.

¡Y a seguir mejorando! ¡Queda mucho!

J.C.G.

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