Monday, December 09, 2013

Repentizar la melodía



Marie Theres Fögen
La canción de la Ley
trad. de Federico Fernández-Crehuet López y rev. de Lisa Nottmeyer
Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales (Col. El ojo de la Ley), Madrid, 2013, 107 pp.
ISBN: 9788415948186


La ley no parece asemejarse a una canción. Se presenta poco melodiosa. Sus párrafos barrocos conjugados en subjuntivo tienen poco sentido lírico. Cargante, cacareada, castrante, con sonidos cortantes: he ahí la ley. Sin embargo, hubo juristas que, al igual que los poetas, mintieron demasiado. Se inventaron las leyes, incluso las más sagradas y antiguas. Otros, como Solón, cantaron la ley para evitar conculcarla. Los juristas más literarios la adornaron con brillos irisados y colosales puertas que la ocultaban. Pero incluso aquellos juristas reconocidos por su asepsia y acribia emplearon tropos poéticos y nos hablan de una ciencia jurídica «pura» o de sistemas que se «irritan».
Platón, Cicerón, Solón, Kafka, Kelsen o Luhmann son algunos de los más reputados compositores de la canción de la ley; una canción entonada desde antaño hasta la actualidad; una canción altisonante, seductora, triste, mitificada, repugnante u obscena, según las épocas y sus intérpretes; una canción que ha servido no pocas veces como recurso bastardo de legitimación y otras, las menos, como crítica y denuncia. Los ricos matices, acepciones, interpretaciones y el poder emotivo de la metáfora hacen que su reconstrucción sea tan sugestiva como compleja. Marie Theres Fögen narra relatos que, con tono de carmen, nos atrapan por completo y nos hacen olvidar que estamos ante un libro que mezcla hábilmente la más audaz historia jurídica con el conocimiento de las fuentes y el enfoque filosófico.


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El libro, originado en las conferencias pronunciadas por Marie Theres Fögen(1946-2008) en la Fundación Carl Friedrich Stiftung en marzo del año 2006*, ahora traídas a nuestra lengua en el cuidada labor de Federico Fernández-Crehuet López, Profesor Titular de Filosofía del derecho en la Universidad de Almería, representa un nuevo aporte a la historia de la producción de algunas metáforas jurídicas, donde Fernández-Crehuet ya nos obsequió con la traducción del fascinante trabajo de Michael Stolleis Das Auge des Gesetzes. Geschichte einer Metapher (2004) [El ojo de la ley: Historia de una metáfora, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales (Col. El ojo de la Ley), Madrid, 2011, 80 pp. ISBN: 9788497688444].
Pero los libros son, además, su circunstancia de lectura. Ésta, que parte en la letra impresa de sus páginas, traslada más allá, siempre. Sucede como en la cuerda y el vibrato, como en la música y el oído.
La circunstancia de mi lectura me transporta a una reflexión colateral sobre armonía y melodía en la actividad tonal del Derecho, y hace que me interrogue sobre ambas en la trasposición al pentagrama del orden musical jurídico. ¿Nuestra cultura jurídica es hoy más armónica que melódica, o al revés? La armonía es el principio que conforma las relaciones internas del sistema jurídico mediante simultaneidad y consonancia de tonos, es una estructura de escalas que es constructivamente vertical. A diferencia de ella, la melodía sería representable en una sucesión horizontal, junto al ritmo y la cadencia, como combinaciones evolutivas de la actividad tonal. Para algunas culturas musicales lo melódico es más valioso, y hasta fundamental, básico, que la organización de las claves armónicas. ¿Sucede así también en las culturas jurídicas? y, sobre todo, ¿sucede ahora?
Cuando planteamos la historia jurídico-constructiva del sistema kelseniano raramente introducimos el concepto de euritmia, tanto estético del cifrado musical como móvil y dinámico de la danza, y obviamos no sólo el contexto cultural de las vanguardias históricas en que nuevos avances en la música y el baile, además de la gráfica y la pintura, suscitaban una reflexión sobre proporción, equilibrio, estabilidad y belleza.
Nuestra forma de historiar la Cultura del Derecho se ha demostrado demasiada incomunicada, y pobre. Esta evidencia no exculpa; es antes una agravante.
Lo que digo puede parecer sólo una divagación. Quizá lo sea. No lo pretendí sin embargo.

J.C.G.

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