Sunday, November 10, 2013

En Passo Fundo (Rio do Sul. Brasil). De librerías (y II), precedido de un apunte memorialista

Continuando…

No he echado cuentas, pero deben ser muchas las horas que van departidas en librerías. Podría intentar ese cálculo, a manera del viejo Eloy de La hoja roja de Miguel Delibes. No serían tantas como las del sueño que uno le quita a la vida, bien que mis hábitos noctívagos van en aumento. Pero, al margen de cómputos, sí creo que conozco casi entera la variedad de las diferentes clases de librerías.
En años universitarios ya sabía de alguna clandestina. Era la Sevilla de los años 70, provinciana y culturalmente plomiza, y anduve por la Librería del Seminario, en el antiguo palacio de los Duques de Montpensier, Palacio de San Telmo, hoy sede la de Presidencia de la Junta de Andalucía. De allí procede mi The Spanish Civil War, de Hugh Thomas, importado de alguna librería londinense, que se vendía enfundado en papel de añafea; envoltorio de añagaza con el que se trataba de burlar el vehículo camuflado de la policía social que permanecía siempre estacionado a pocos metros de la salida; inconfundible Seat127 color crema, que de tan conocido en toda la ciudad ni aún funciones disuasorias era capaz de provocar. Esa escolta jamás hizo una sola requisa; bastaba que los libros que allí se adquirían con secreta ceremonia estuvieran en idioma francés o en inglés para desactivar su masónico peligro, de donde acababan por ser tan poco contaminantes como los de griego clásico, y de haberse dado el inimaginable trance de alguna diligencia censora el propio vendedor instruía dar por respuesta que el volumen era un 'diccionario'. Ésta, una acepción de uso que, de suyo, no figura en ninguno de los que he consultado, pero cuya eficacia quedaba fuera de toda indecisión. El dominio de idiomas no era el punto más fuerte en la formación de aquellos agentes de la brigada de información. Desde luego podría contar esta historia con tintes predadores, en género de cine negro burlando seguimientos, o utilizando disimulos de guerra fría, pero sería faltar a la verdad. Todo el mundo universitario en la ciudad de Sevilla conocía el lugar donde se compraba literatura prohibida, y me da que pensar que esa información era de las pocas que tampoco ignoraba el Cuerpo Superior de Policía, y nunca que yo sepa sucedió secuestro memorable. El otro punto de venta clandestina de libros cuanto menos dudosos era la Librería Antonio Machado. Compré allí La revolución sexual, de Wilhelm Reich, en edición de Ruedo Ibérico (1970), que conservo. Me la recomendó la librera, primera mujer de Alfonso Guerra, que sin muchas precauciones de embalaje –una bolsa de plástico con el sello comercial de establecimiento, esto es, la imagen solarizada del poeta que le prestaba nombre– apenas me pidió discreción. El local, que durante la transición fue objeto de nocturnas iras incendiarias por algún grupo de falangistas –conatos siempre sin consecuencia relevante, al menos para el interior; de la micción en las camas de aquellos ardientes redentores, secuela muy advertida de andar con fuego, no conozco bastante)–, estaba distribuido en una minúscula planta baja dedicada a la venta, con una escalera metálica de caracol que comunicaba a un despachito de semejante y aún menor proporción, habitáculo en el que Alfonso leía poesía, una edición tremenda de los Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie (aunque había traducciones aligeradas de pesantez) y escuchaba a Maler. Inefable Alfonso, divina mano zurda, si no fuera todo tan cierto como completamente legendario.
A estos lugares de venta de ‘fruta prohibida’ llegué tras haberme demorado en los estantes de otras librerías, ollas con menos tapadera y más sustancia. Una de ellas –hoy desaparecida– estaba en calle Cerrajería, y la regentaba una señora mayor de muy respetable aspecto. Pero esa calle tuvo siempre más ‘higienistas’ que público dispuesto a comprar libros. Viene lo del higienismo por mor de un establecimiento ubicado en la misma calle, Higiene era su rótulo mercantil, que sí bien secreto en nada era recóndito y menos aún disimulado dada su llamativa fachada en verde berbenero, cuya únicas transacciones era la venta al menor de profilácticos; el vendedor preguntaba qué deseaba el cliente, como si hubiera estanco de mercancía en la que cupiera malentendido; sólo se vendía lo que iba a comprarse, que era siempre lo mismo, y eso se compraba y eso se vendía, sin margen a equívocos, pero aquella cortesía comercial del proveedor era proverbial. El negocio de libros, que es a lo que va esta página, del que no recuerdo ahora el nombre, era de los de ‘compra-venta’. Colecciones enteras de Austral, Reno y Bruguera ofertadas a precios ínfimos descansaban en las repisas, amén de títulos de fondo procedentes editoras barcelonesas de los años 30 y 40, e incluso de fecha anterior, y enciclopedias de enfermería, temarios para oposiciones de todo tipo de funcionario público imaginable, revistas de moda, prontuarios de cocina, y papeles de diversa progenie, absolutamente inclasificables. Allí me formé en el gusto por las ‘librerías de viejo’, sugestionado por su errático orden e incierto caudal, y sobre todo atraido por la selvática feracidad con que lo almacenado crecía de día en día. Horas y horas expurgando ejemplares, la mayoría faltos del más mínimo interés por sobreabundancia de saberes particularísimos, o más sencillamente inútiles; dudé más de una vez si aquel era un negocio o una institución de caridad donde refugiaban a todo tipo de publicaciones con sólo que versaban de las más insólitas y peregrinas materias. Y de pronto, producto del azar o la distracción del vendedor al valorarlo, un libro extraño, un título raro, una edición ignota, un autor singular, y un logro, y una venta, y un tesoro bajo el brazo, si no malbaratado a precio ridículo.
Viene a cuento este introito porque no únicamente he mantenido esa costumbre de sumergirme hasta los codos en la fuente o manantial de los profundos hontanares que son las librerías de viejo de España, sino que he aumentado el radio de acción a los países que visito, y allí las busco y las encuentro. Adoro el negocio que en Portugal se llama de ‘alfarrabistas’, que en varias ciudades cohabita con el de los livreiros antiquários. En sus rebalses de silencio he encontrado abundantes piezas –me ha favorecido el hado– siempre, claro está, que no se hizo presente la sombra criminal –¡malhadada sombra!– que pegada a mis pasos, uno por detrás o uno por delante, se complace en oscurecer la luz de la buena estrella.
En Brasil estas tiendas de libros usados se llaman ‘sebos’. ¿De donde el nombre? Parece que de la lectura a la candelilla de una vela cuya chorreante lágrima dejaba cerosa huella en los bordes o al interior de los libros, y que por ese desventurado motivo, del eran ajenos causantes, abandonaban éstos el dulce hogar de las ricas bibliotecas privadas quedando expuestos a lo público y a expensas de lectores más misericordiosos, pero sobre todo también de recursos más miserables. Mas esto ocurría ha mucho tiempo, y los que hoy se encuentran en estos ‘sebos’ no traen aquella marca de infamia, pudiendo haber sido la razón de su destierro tan variopinta como gratuita.
En Passo Fundo, acompañado de mi buen amigo Luis Rosenfield, llegamos en las primeras horas de la tarde del 30 al Sebo Académico de la Rua Bento Gonçalves, núm. 244, en el centro de la urbe. Lo primero fue recuperar el aliento de una caminada por montículos, cerros y demás promontorios que a lo largo y ancho de toda la ciudad, como jorobas topográficas, hacen que el peatón suba y baje de uno en otro, con apeaderos de descanso de escasa pero exacta longitud así dispuestos para evitar el desmayo o una definitiva parada cardíaca. Lo siguiente fue sorpresa. Ya conocía aquel ‘sebo’ de tan docta radicación. Lo había visitado el año anterior, en una deambulación alrededor de hotel en que pernoctaba, dos cuadras más abajo o más arriba. Esto, lo confieso, me movió a cierto desencanto, pero de inmediato aclaro y preciso. No era por contrariedad a la esperanza de un lugar no previamente explorado, sino que por haberlo sido antes con buen resultado no preveía una suerte como aquella que me trajo localizar el ejemplar, pasta de papel pintado y lomo piel verde ennegrecida pero tersa y toda elegante, que encuadernaba la 2ª edición de la Teoria Geral do Direito Civil (Livraria Francisco Alves, Rio de Janeiro, 1929), de Clóvis Beviláqua (1859–1944), adquirido a un cambio en moneda europea que –seré parco en explicaciones– fue mucho más que módico y nunca he visto ofertado igual ni aún de muy, muy de lejos. O el vendedor ignoraba qué vendía –en general los libros de Derecho carecen de todo interés para el común de los mortales, includos los libreros de viejo– o ya había renunciado a encontrar comprador. Yo no tardé en comentar con amigos de Brasil mi suerte y el moderadísimo coste de la adquisición, quizá solo explicable por llevar puesto a la venta un tiempo inmemorial, y es por eso que bien sabía yo que no volvería a repetirse una experiencia de resultados semejantes. De aquella compra dejo prueba gráfica, para incrédulos. Hela aquí.


En efecto, repasé concienzudamente títulos, perquirí en los anaqueles superiores y en los más próximos a la base de cada mueble librería, uno a uno, alzándome de puntillas y en la más doblegada genuflexión, miré y remiré, desanduve mis pasos y regresé a los adelantados, me detuve, giré sobre mi eje, busqué en todas direcciones, y no hallé ni siquiera un ejemplar de parecido aire de familia al del noble civilista. Pero de ese trayecto me vi a poco de desistir en mi infeliz insistencia con tres libros bajo el brazo de los que sin dar tregua a la pesquisa principal había ido entresacando de la multitud como en un desdoblamiento volitivo. Reunir tres libros hacen un número más que aceptable cuando el sentido del tacto, la vista y hasta el olfato están puestos al servivio de un objetivo inmediato y prevalente conscientemente ajeno a su localización. Pero son facultades de explorador que se desarrollan con la práctica, y al cabo esos tres libros fueron los que adquirí, con satisfacción además.
Uno es el escrito por Maria Concepción Piñero Valverde, profra. de la Universidad de Sevilla –cuán mistérico magnetismo– especializada en literatura brasileña, que lleva el título de Cosas de Espanha en Machado de Assis e outros temas hispano-brasileiros (Giordano Ltda, Editora, São Paulo, 2000, 158 pp. ISBN: 9788586084115), donde se desvelan miradas cervantinas al Quijote por el autor de Dom Casmurro, y el pionero interés de nuestro Juan Varela (1824-1905), dos años en la legación española ante el Imperio del Brasil, hacia la literatura del país que le hospedaba; el ejemplar amplía los títulos que de o sobre Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908) se listan en mi biblioteca, y ciertamente mejora el conjunto. Otro fue una monografía sobre Euclides da Cunha (1866-1909), de quien sí llevo reunido en los últimos años una magnífica edición crítica a cargo de Leopoldo M. Bernucci de Os Sertões. Campanha de Canudos (Ateliê Arquivo do Estado/Imprensa Oficial, São Paulo, 2001 ISBN: 9788574800134) y el compendio de ensayos reunido por Anélia Montechiari Pietrani como Euclides da Cunha: presente y plural (Eduerj/Banco de Brasil, Rio de Janeiro, 2010, 251 pp. ISBN: 9788575111918), ambos adquiridos en uno de los viajes a Florianópolis, aparte el escasamente frecuentado estudio de Miguel Reale (1910-2000) que con título de Face oculta de Euclides da Cunha (Topbooks, Rio de Janeiro, 1993, 192 pp.) hace ahora un año me obsequiara Luis Rosenfield. A ellos se suma ya el estudio Euclides, o estilizador de nossa história, compuesto en 1959 por Herbert Parentes Fortes, de la que en su serie ‘Novos ensaios brasileiros’ Edições GRD de São Paulo publicó 3ª ed. en 1990. Voy leyendo en Los Sertones a ritmo desigual, y también en este aparato crítico, que si modesto es no obstante orientador, y quizá algún día sabiendo más y mejor de la historia brasileña escriba de su autor y su obra, que ni méritos ni buenas razones estarían en falta. Esta pequeña obra, pero sabrosa y bien organizada en sugestiones temáticas, me abrió el apetito para futuras compras, aún cuando todavía no supiera que tanto ni dónde en el porvenir.










Por último, una auténtica golosina; O Haicai no Brasil, de Masuda Goga (1911-2008)en trad. de José Yamashiro (Editora Oriento, São Paulo, 1988). Se trata de la investigación sobre los orígenes de la recepción del haiku en tierras de Brasil, que data de 1928 por mano del poeta bahiano Afrânio Peixoto (1875-1947). El texto está cuidado en pormenores, incluye reproducciones de revistas y folletos de la época, así como composiciones poemáticas de aquella esquisita brevedad y armonía, y es una rara avis que hubiera sido imperdonable postergar. No lo hice.




De síntesis, apenas una hora de indagaciones y la humilde candileja del sebo alumbró en luminaria todo lo dicho. Porque otra vez el geniecillo que se esconde entre la estanterías del núm. 244 de la Rua Bento Gonçalves hizo de la llama una lámpara maravillosa, concediéndome esos tres deseos de los que ahora disfruto.

J.C.G.

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