Monday, October 14, 2013

Arte, Literatura y Derecho. Derecho sucesorio, bienes raíces y resucitación/ Art, Literatura and Law. Inheritance law, real estate and resuscitation




John Quidor (1801-1881), Wolfert's Will (c. 1856). Brooklyn Museum. NY
El lienzo lleva inscrito por su parte trasera: "'Say you so?' cried Wolfert, half thrusting one leg out of bed, 'why then I think I'll not make my Will yet!'"

 
 
 
Y ahora, la Literatura y el Derecho

WASHINGTON IRVING (1783-1859), "LA AVENTURA DEL PESCADOR NEGRO”, en CUENTOS DE UN VIAJERO (1824)
(…)

Sus ojos se llenaron de lágrimas al seguir con la mirada a su hija cuando ésta salía del cuarto. Dirk Waldron estaba sentado a su lado; Wolfert tomó su mano, indicó a su hija, y por primera vez desde su enfermedad, rompió el silencio que había mantenido hasta entonces.
-Me muero -murmuró sacudiendo débilmente la cabeza-. Cuando yo haya desaparecido..., mi pobre hija...
-Será mi esposa, si usted lo permite -dijo Dirk con entereza-. Yo me encargaré de ella.
Wolfert observó la cara de aquel joven tan optimista y fuerte y en ese instante comprendió que no había nadie mejor que él para proteger a su hija.
-Basta -dijo Webber-. Es tuya... y ahora tráeme un escribano; voy a hacer mi testamento y morirme.
Llegó el escribano, que era un hombrecillo enérgico, cuidadosamente vestido, y de cabeza redonda, que se llamaba Rollebuck. Al verle ambas mujeres rompieron a llorar, pues consideraban la redacción de un testamento como equivalente a la firma de una sentencia de muerte. Wolfert hizo un breve movimiento pidiéndoles que callaran. Su hija ocultó su cara y su pesar en las cortinas; la señora de Webber siguió tejiendo para ocultar su dolor, traicionándola, sin embargo, una translúcida lágrima que se deslizó silenciosamente hasta su nariz aguileña; el gato, el único miembro de la familia que no parecía muy preocupado, jugó con el ovillo de lana que se había caído al suelo.
El gorro de dormir le caía sobre la frente; tenía los ojos cerrados; parecía la misma efigie de la muerte. Pidió al escribano que acortara los procedimientos, pues creía que se aproximaba su fin y no tenía tiempo que perder. El escribano mojó la pluma, extendió el papel y se preparó a escribir.
-Doy y lego -dijo Wolfert débilmente- mi pequeña granja...
-¿Cómo, toda? -preguntó asombrado el escribano.
Wolfert entreabrió sus ojos y le miró.
-Sí, toda.
-¿Todo ese terreno tan grande plantado de coles y girasoles a través del cual el municipio va a construir una avenida?
-El mismo -asintió Wolfert con un profundo suspiro, hundiéndose otra vez entre las almohadas.
-Le deseo mucha suerte a quien lo herede -dijo el escribano frotándose las manos involuntariamente.
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó Wolfert abriendo nuevamente los ojos.
-Que será uno de los hombres más ricos de la ciudad -exclamó el pequeño Rollebuck.
El moribundo pareció atravesar nuevamente el umbral de la vida; sus ojos se iluminaron, sentose en la cama, echó hacia atrás su gorro de dormir y miró fijamente al escribano.
-¡Qué me dice usted! -exclamó.
-Eso es lo que digo -respondió el otro-. Cuando estos campos se dividan en pequeños lotes para construir viviendas, quien quiera que sea el propietario será riquísimo.
-¿Lo cree usted? -gritó Wolfert sacando una pierna de la cama-. Si eso es así, no voy a hacer todavía mi testamento.
Para asombro de todos, el agonizante sanó. La chispa vital que estaba a punto de extinguirse, recibió nuevo alimento con la noticia que el escribanillo le había dado. Otra vez ardió como una llama. Vosotros, los que queréis hacer revivir el cuerpo cuyo espíritu está deshecho, debéis darle una medicina para el corazón. A los pocos días Wolfert podía levantarse; una semana más tarde su mesa estaba cubierta de planos de construcción. Rollebuck estaba constantemente con él, pues se había convertido en su consejero y su mano derecha; en lugar de hacer su testamento, le ayudaba en la tarea más agradable de hacer fortuna.
Wolfert Webber era uno de esos habitantes holandeses de Manhattan, que hicieron fortuna a pesar de ellos mismos, que mantuvieron tenazmente los predios que habían obtenido por herencia, plantando remolachas y coles a las mismas puertas de la ciudad, labor que les obligaba a vivir con una mano atrás y otra adelante, hasta que el cruel municipio empezó a construir calles a través de sus tierras, despertándolos de su letargo, y entonces se vieron súbitamente ricos.
Antes de que pasaran muchos meses, una bulliciosa calle atravesaba el centro de la huerta de Wolfert, exactamente por el mismo lugar donde había esperado hallar un tesoro. Sus sueños dorados se habían realizado por fin. Encontró una fuente de riqueza que no esperaba, pues cuando sus tierras quedaron repartidas en lotes para edificar y se alquilaron a personas solventes, en lugar de producir algunas carradas de coles, le entregaban una abundante cosecha de rentas, tanto que era una gloria observar en los días de pago cómo sus inquilinos llamaban a su puerta de la noche a la mañana, llevando cada uno una talega de monedas, dorado producto del suelo.
Se conservaba todavía la antigua mansión de sus antepasados. En lugar de ser una modesta casilla holandesa con un jardín, se erguía ahora audazmente, en mitad de la avenida, la casa más grande de la vecindad, pues Wolfert la había ensanchado con dos alas, una a cada lado, y una cúpula, que servía de cuarto para tomar el té, donde él se refugiaba para fumar su pipa en los días de verano. Con el correr del tiempo, toda la casa se convirtió en un verdadero campo de Agramante de la progenie de la hija de Webber y Dirk Waldron.
Al aumentar en años y en riquezas, Wolfert se compró coche, tirado por dos yeguas flamencas negras, cuyas colas barrían el suelo. Para conmemorar el origen de su grandeza, se hizo pintar un escudo de armas, con una col, completamente madura, alrededor de la cual se leía la divisa ALLES KOPF, es decir, todo cabeza, lo que quería significar que se había distinguido por el trabajo cerebral.
Para colmar la medida de su poderío, cuando el famoso Ramm Rapelye se fue a dormir con sus antepasados, Wolfert Webber le sucedió en el sillón de honor de la taberna de Corlear's Hook, donde reinó por muchos años, honrado y respetado, tanto que nunca contó una historia sin que se la creyeran o hizo una broma sin que todos rieran sobre ella.
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WASHINGTON IRVING (1783-1859), ‘THE ADVENTURE OF SAM, THE BLACK FISHERMAN’, in TALES OF A TRAVELLER (1824)

(…)

His eyes filled with tears as they followed the dutiful Amy out of the room one morning. Dirk Waldron was seated beside him; Wolfert grasped his hand, pointed after his daughter, and for the first time since his illness broke the silence he had maintained.
"I am going!" said he, shaking his head feebly, "and when I am gone—my poordaughter--"
"Leave her to me, father!" said Dirk, manfully--"I'll take care of her!"
Wolfert looked up in the face of the cheery, strapping youngster, and saw there was none better able to take care of a woman.
"Enough," said he, "she is yours!--and now fetch me a lawyer--let me make my will and die."
The lawyer was brought--a dapper, bustling, round-headed little man, Roorback (or Rollebuck, as it was pronounced) by name. At the sight of him the women broke into loud lamentations, for they looked upon the signing of a will as the signing of a death-warrant. Wolfert made a feeble motion for them to be silent. Poor Amy buried her face and her grief in the bed-curtain. Dame
Webber resumed her knitting to hide her distress, which betrayed itself, however, in a pellucid tear, that trickled silently down and hung at the end of her peaked nose; while the cat, the only unconcerned member of the family, played with the good dame's ball of worsted, as it rolled about the floor.
Wolfert lay on his back, his nightcap drawn over his forehead; his eyes closed; his whole visage the picture of death. He begged the lawyer to be brief, for he felt his end approaching, and that he had no time to lose. The lawyer nibbed his pen, spread out his paper, and prepared to write.
"I give and bequeath," said Wolfert, faintly, "my small farm--"
"What--all!" exclaimed the lawyer.
Wolfert half opened his eyes and looked upon the lawyer.
"Yes--all" said he.
"What! all that great patch of land with cabbages and sunflowers, which the corporation is just going to run a main street through?"
"The same," said Wolfert, with a heavy sigh and sinking back upon his pillow.
"I wish him joy that inherits it!" said the little lawyer, chuckling and rubbing his hands involuntarily.
"What do you mean?" said Wolfert, again opening his eyes.
"That he'll be one of the richest men in the place!" cried little Rollebuck.
The expiring Wolfert seemed to step back from the threshold of existence: his eyes again lighted up; he raised himself in his bed, shoved back his red worsted nightcap, and stared broadly at the lawyer.
"You don't say so!" exclaimed he.
"Faith, but I do!" rejoined the other. "Why, when that great field and that piece of meadow come to be laid out in streets, and cut up into snug building lots--why, whoever owns them need not pull off his hat to the patroon!"
"Say you so?" cried Wolfert, half thrusting one leg out of bed, "why, then I think I'll not make my will yet!"
To the surprise of everybody the dying man actually recovered. The vital spark which had glimmered faintly in the socket, received fresh fuel from the oil of gladness, which the little lawyer poured into his soul. It once more burnt up into a flame.
Give physic to the heart, ye who would revive the body of a spirit-broken man! In a few days Wolfert left his room; in a few days more his table was covered with deeds, plans of streets and building lots. Little Rollebuck was constantly with him, his right-hand man and adviser, and instead of making his will, assisted in the more agreeable task of making his fortune. In fact, Wolfert Webber was one of those worthy Dutch burghers of the Manhattoes whose fortunes have been made, in a manner, in spite of themselves; who have tenaciously held on to their hereditary acres, raising turnips and cabbages about the skirts of the city, hardly able to make both ends meet, until the corporation has cruelly driven streets through their abodes, and they have suddenly awakened out of a lethargy, and, to their astonishment, found themselves rich men.
Before many months had elapsed a great bustling street passed through the very centre of the Webber garden, just where Wolfert had dreamed of finding a treasure. His golden dream was accomplished; he did indeed find an unlooked-for source of wealth; for, when his paternal lands were distributed into building lots, and rented out to safe tenants, instead of producing a paltry crop of cabbages, they returned him an abundant crop of rents; insomuch that on quarter day, it was a goodly sight to see his tenants rapping at his door, from morning to night, each with a little round-bellied bag of money, the golden produce of the soil.
The ancient mansion of his forefathers was still kept up, but instead of being a little yellow-fronted Dutch house in a garden, it now stood boldly in the midst of a street, the grand house of the neighborhood; for Wolfert enlarged it with a wing on each side, and a cupola or tea room on top, where he might climb up and smoke his pipe in hot weather; and in the course of time the whole mansion was overrun by the chubby-faced progeny of Amy Webber and Dirk Waldron.
As Wolfert waxed old and rich and corpulent, he also set up a great gingerbread-colored carriage drawn by a pair of black Flanders mares with tails that swept the ground; and to commemorate the origin of his greatness he had for a crest a fullblown cabbage painted on the pannels, with the pithy motto ‘Alles Kopf’ that is to say, ALL HEAD; meaning thereby that he had risen by sheer head-work.
To fill the measure of his greatness, in the fullness of time the renowned Ramm Rapelye slept with his fathers, and Wolfert Webber succeeded to the leathern-bottomed arm-chair in the inn parlor at Corlears Hook; where he long reigned greatly honored and respected, insomuch that he was never known to tell a story without its being believed, nor to utter a joke without its being laughed at.



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