Monday, March 25, 2013

Los gozos y las sombras. De libros en Oporto (y II). El Dictionnaire de l'Académie Françoise, «une propriété commune à tous les citoyens individuellement » v. «propriété nationale, appartenant à la Nation, prise collectivement»

No soy tan ingenuo como para creer que en Oporto perdí la ‘sombra criminal del bibliófilo’ que particularmente me corresponde y con la que cargaré de por vida. Sólo aproveche de su extravió en algún lugar del Dédalo de ruas que entre erguidos repechos y pendientes en declive forma el tejido urbano del centro histórico de la cuidad y sus alrededores. La fluctuación de estiramientos y reducciones es algo que afecta muy especialmente el sentido del equilibrio de las sombras, y conociendo esa debilidad anduve de propósito procurándome con el Sol un alterno cabeceo que la fuera asomando al vértigo, y en su balancín la dejé columpiando, colgada del aire. Cuando pasadas unas horas recobró la estabilidad yo ya me había alejado de ella y era libre para los libros. Intuyo que desde entonces delibera cenicientos estragos para un día nubloso.
Emancipado de ella, inicié con ese alivio las maniobras de rescate. Iba a recuperar el ejemplar de una obra imprudentemente abandonada en una modesta librería anticuaria portuense al albur de las contingencias más variables, resignado a no hallarla. Pero caminaba hacia él enredando a mis pasos las golosas fabulaciones que el amante de libros fantasea, y que rara vez declara; ésta no será una de ésas. Ahora he de decir sólo que después de algunas revueltas localicé el establecimiento. Entonces aún me demoré en su escaparate unos instantes, tan inquieto como ávido. Aunque también reflexivo, cauto y hasta resignado, pues acaso mi esperanza fuera toda una ensoñación, una quimera, y estaba en el umbral de mi desengaño ya adelantado un día, una hora, o apenas un minuto por la desalentadora labor de desahucio de mi ejecutiva sombría compañera. Alea iacta est, repetí ad portas de mi Rubicón libresco, crucé el dintel y entré a la Livraria que se llama....
‘Ustedes pueden llamarme Ismael’, hace decir Melville al narrador comenzando el relato de Moby Dick. Ismael no es su nombre autentico, o quizá sí. Ustedes pueden llamarla Livraria Moreira da Costa, Varadero, Manuel Ferreira, José Lopes Gomes Soares, Carneiro & Gonçalves, Carvalho & Cunhado ... O tal vez su nombre es conocido por otro nombre, distinto de los aquí nombrados, y que me abstengo de nombrar. Ahora los blogs, como antaño las paredes, oyen ... Las paredes oyen, del jurista y dramaturgo mexicano Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) toma el título de una expresión francesa de mitad del s. XVI, ligada a la pasión de Catalina de Medecis, que buscó y encontró modo de averiguar los muros de su palacio para que nada excediera a su escucha. ¿Quién sabe si detrás de este blog no está mi sombra ahora? Ustedes pueden llamarla a su preferência; yo, ni por lo más quedo nombraré el verdadero nombre del establecimiento, y pues, en entero silencio, quedo sin responder.
Como dije, accedí e ingresé a la Livraria. Es estrecha y convenientemente equipada de obstáculos diversos para impedir moverse con holgura; pero acaso ya doy demasiadas pistas. Y me situé de espaldas a donde creí haber visto por última vez la obra; sin embargo, me traicionaba la memoria. Con la mirada divertida en las lomeras de una sección de literatura infantil, se encontraba a dos baldas a mi izquierda, con trazas de no haber variado su posición un milímetro en los últimos nueve meses. Le alargué el brazo y con la mano en forma de tenaza la atrapé antes que amagara desaparecer.
Plena piel, encuadernación de época, sí, característico papier de aguas en las guardas, también ...
Y era el Dictionnaire de l'Académie françoise (Nouvelle édition), A Lyon, Chez Benoit Duplain, père, Joséph Duplain, fils, MDCCLXXII, vij, vol. I (A-K) [686 pp.], y v.2 (L-Z) [672 pp.] 4º. ¡Y cuánta complacencia examinando su portada! Luce en ella grabado en talla dulce un águila en vuelo que prende al pico una cinta con la inscripción ' De Piano In Altum '.



¡Y qué dicha al comprobar su estado, completo y límpio! … ¡Y cómo referir la oferta de su precio sin ser tildado de embustero! Si lo confieso dirían que es patraña de bibliófilo, que me solazo en el laurel de mi triunfo, que busco el vocativo o la ovación, que sólo pretendo sembrar envidias, que incomodo… Sin renunciar a la elegancia del tacitismo y a una desenvuelta falta de solicitud a mis críticos manifiesto, no obstante, que exhorté con timorato aliento un descuento, y dióseme conforme, reducido así el importe final en 5 euros. Infieran de ahí cuál haya sido el coste de la compraventa... Si ahora me endosan un ‘¡imposible!’, pues sea, más conservo la factura, para incrédulos y para Hacienda.
No tengo en mi biblioteca abundancia de Diccionarios; sólo algunos. Éste que se vino conmigo desde Oporto lo registro con especial cariño al lado de otros, pocos. Viajé a Oporto para un Coloquio internacional sobre Diderot y al tiempo de elaborar mi ponencia lo tuve en mente, acuciado por consultar alguna de las ediciones de la época para una cita filológica que precisaba a mi argumento. Ninguno hallé en la Biblioteca de la Universidad de Málaga. Tampoco en la vecina de Sevilla, donde acudo en trances extremados, que los poseía exclusivamente en ediciones del s. XIX. Hube de sumergirme en Google Libros, con catas sucesivas, hasta ahondar en el la voz pretendida, y con todo en una impresión bastante posterior a la que ahora disfruto en el mundo de lo extra-virtual. Me conjuré a no sufrir en un futuro otro episodio análogo y el remedio está puesto.
La tinta de las ediciones del Dictionnaire de l'Académie françoise corre entre la original, de 1694 – Chez la Veuve de Jean Baptiste Coignard, Imprimeur ordinaire du Roy, & de l'Académie Françoise), Paris, MDCLXXXXIV. ‘Avec Privilege de sa Magesté, au Roy’, prefaciada por François Charpentier, e impresa a tres columnas– y las sucesivas de 1718 (2e éd.), 1740 (3e éd.) y 1762 (4e éd., Chez la Veuve de Bernard Brunet), que sigue el curso abierto por la primera y el la última del Ancien Régime; todas ellas in-folio, aparte una más in 4º de 1778. Con la Révolution se tira la 5e éd, en 1798 –an VII de la République– por Décret de la Convention –que también suprimiría la Académie Françoise fundada en 1635– encargándola a ‘les libraires Smits, Maradan et Cie’ –Jean-Joseph Smits (1756-1807) y Claude-François Maradan (1741-1803)– y cuyo premilinar redactará M. Dominique Joseph Garat. Mediando el s. XIX aparecen la 6e y 7e éds., respectivamente en 1835 y 1878, ambas en Paris por Firmin-Didot.
Además de la que reposa tendida en mi biblioteca, que sigue la parisina de 1762, los Duplain de Lyon –libraires, rue Merciere, à l'Aigle– llevaron a los tórculos de sus prensas otra con el mismo pie de imprenta y fecha de 1776. Localizar ejemplares de ese año es relativamente fácil. Le sucedió a la Bibliothèque National francesa, que sin embargo no dispone de la editada en 1772, como por el contrario sí ocurre en la Biblioteca Nacional de España, única de nuestro país donde yo conozca que existe ejemplar como el ahora de mi propiedad; me consentirán este pequeño orgullo, grande para mi. Hubo también otras impresiones del Dictionnaire de l'Académie françoise; en Avignon –Veuve Girard– de 1765, en Nîmes –chez Pierre Beaume, Imprimeur du Roi & libraire près l’Hôtel-de-Ville, à Nismes– en 1778 primera, y segunda de 1786-1787, y una más –esta vez enriquecida ‘de grand nombre de Mots adoptés dans notre Langue depuis quelques années’– en Paris –et se trouve à Lyon– chez J.B. Delamollière, o de La Mollière– de 1792. E incluso los ‘frères de Duplain’ aún compondrían en la imprenta familiar otra ‘nouvelle édition’ del Dictionnaire, a 1795, en 3 vols., con añadidos y correcciones del Abbe Goujet.
Mas una vez establecida esta genealogía deseo agregar debida noticia de un detalle no menor ni prescindible. Surge al interrogarse por cuáles de entre estas ediciones serían –sigo aún en el ambiente intelectual de mi trabajo sobre Le fils naturel de Diderot, que expuse en Oporto– bâtards. O dicho con mayor cortesía, si no constituían todas ellas ediciones corsarias y, en definitiva, una impostura, además de una contrefaçon.
Para responder a esta interrogante –de evidente enjundia jurídica por incumbir en la discusión de su asunto una viva cuestión sobre propiedad literaria– es útil reunir siquiera sucinta la información del largo pleito que con desigual suerte dilató en complejas cuestiones prejudiciales por cuatro instancias penales y una civil (resoluciones de las Cours criminelles de Paris y Versalles, anuladas por la Cour de Cassation, reenvío desde este órgano al Tribunal de police correctionnelle del département de la Seine-Inferieure, y finalmente a la Section 5ª del Tribunal civil del département de la Seine),. Fue el entablado frente al erudito lexicógrafo y gramático Jean Charles [Thibault de] Laveaux (1749-1827) y los citoyens Nicolas Moutardier (1763-1807) y François-Augustin Le Clère (1786-1803), editor literario aquél y libreros impresores éstos, por ‘contrefaçon’ de l'édition du Dictionnaire de l'Académie françoise, acquise de la Convention par les libraires Smits et compagnie, a instancia de les libraires Martin Bossange (1765-1865), Joseph-René Masson (1727-1794) et Jean-Marie Besson (?-?), acquéreurs de la susdite édition.
De la causa de Laveaux, Moutardier y Le Clère hizo defensa Gaspar-Gilbert Delamalle (1752-1834), abogado desde 1774, que de septiembre 1793 y hasta la muerte de Robespierre en julio del año siguiente tuvo por domicilio conocido la Prison des Madelonnettes, y allí se significó como uno de los involuntarios ocupantes con más escaso espíritu de asenso y beneplácito. Delamalle, con esgrima de finas razones –era experto en retórica forense– y habilidad y hasta donaire en la presentación del criterio interpretativo histórico-jurídico, no menos que probada sagacidad en el empleo del análisis filológico (véase su Essai d'institutions oratoires à l'usage de ceux qui se destinent au barreau, Delaunay, Paris, 1816-1822, en esp. t. II, pp. 11-13), salvó la identidad de la obra de sus clientes, a quienes absueltos de la pretensión de adverso les fue reconocido el derecho a la titularidad intelectual y el correspondiente aprovechamiento comercial de la misma.
De aquel largo iter procesal conviene recordar dos contrarios pronunciamientos. Uno del Tribunal de primera instancia, donde declara al Dictionnaire de l'Académie françoise «une propriété commune à tous les citoyens individuellement, et que tous pouvaient l'imprimer, comme tous peuvent puiser de l'eau à une fontaine publique, comme tous peuvent aller et venir sur un grand chemin». Otro, en uno de los criminales, al dictum que reza «ce Dictionnaire était une propriété nationale, appartenant à la Nation, prise collectivement» (Archives de l' Institut de France, Procès-verbaux de l'Académie Française, 1083; cf. Jacques-Philippe Saint-Gérand, “J.-Ch. Th. de Laveaux et la cinquième édition du Dictionnaire de l’Académie Française” (http://projects.chass.utoronto.ca/langueXIX/laveaux/laveaux1802.htm).
Y, en fin, es muy posible que de aquí podamos sacar lección, con ganancia de presente, tanto sea sobre los derechos de la Nación como de sus nacionales en punto al patrimonio cultural, y pudiera ser que asimismo sobre los límites de la propiedad intelectual, cuyas lindes andan por estos días cambiando hitos para amojonar nueva extensión al cultivo jurídico de ese campo.
Aunque mi enseñanza es quizá más doméstica, y va únicamente en precaverme de la criminal vocación conspiratoria de mi particular sombra bibliófila. No soy autónomo. Me tienta imaginarme, con determinadas excepciones, en La maravillosa historia de Peter Schlemihl, escrita por Adalbert von Chamizo allá por 1814. Sé que ella regresará en ignoro qué momento, o qué próxima librería anticuaria o de viejo. Entretanto viviré alerta, sin otra tregua que, a la vista a mi Dictionnaire de l'Académie françoise, gozar en él la mirada como en un trofeo.

J.C.G.



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