Tuesday, March 19, 2013

Algunas imágenes de la presentación de 'El escudo de Perseo. La cultura literaria del Derecho', y texto de mi intervención (18.03.2013)


A mi derecha, D. Alfredo Taján, Director del Instituto Municipal del Libro, quien introdujo el acto -que tuvo lugar en el Salón de Museo del Patrimonio Municipal- y a quienes participamos en él, . A mi izquierda, Francisco Ruiz Noguera, Dr. en Filología Hispánica, Catedrático de Lengua y Literatura y Profesor Titular de Lingüística Aplicada en la Universidad de Málaga.



    Dejo aquí el texto de mi intervención  
Sobre un broncíneo escudo
¿Qué es este libro?
En primer lugar, un testimonio de gratitud. Así lo expreso en brindis, que hace dedicatoria a los alumnos que han participado durante las dos últimas décadas de mi docencia en la Facultad de Derecho en la experiencia de innovación pedagógica que han sido los seminarios de ‘Derecho y Literatura’. Este libro va ofrecido a todos ellos, por bruñir el escudo de Perseo. Creo que se lo debía, y –aunque hoy pueda resultar una excentricidad– soy del parecer de que las deudas han de ser saldadas. También comprendo que el modo en que he querido hacerlo no me libera absolutamente. Sé bien que no me cabe la analogía con la datio pro soluto y que, por tanto, la traditio de este libro no extingue inmediatamente su crédito. Y el motivo es que cada año académico se produce, si no propiamente una novación de mi débito, una renovación de compromiso, y estando a él, sigo en saldo deudor. Esta deuda no es de las que otros, sin escrúpulo con el populismo, enuncian como derivada de lo que un profesor llega a aprender de sus alumnos. El crédito del que éstos son titulares no nace de ese sentido de la relación profesor/alumno. La misión de un profesor no es aprender de los discentes, al menos no principalmente. Pero sí ha de ser instruirse de ellos, y sobre todo, con ellos. Es así, pues, que confirmo su crédito, que reconozco mi deuda, porque en los numerosos seminarios de ‘Derecho y Literatura’ que llevo impartidos, en los más del centenar de libros que hemos leído y analizado juntos a lo largo de estos más de veinte años –no es vano recordarlo en este IML, una de cuyas funciones es la promoción de la lectura–, yo también he aprendido con ellos a bruñir el broncíneo escudo de Perseo, que es la dedicación a la cultura literaria del Derecho. Mi gratitud más sincera, pues.
Este libro, en segundo término, es un testimonio de investigación universitaria. Muchos de los presentes conocen mi opinión acerca del íntimo ligamen que debe caracterizar lo que llamamos enseñanza superior. Ésta no puede ser simplemente un estadío sucesivo a la primaria y secundaria. La enseñanza que debe procurar la Universidad ha de ser, a mi criterio, vehicular de la investigación. Ahí reside su naturaleza innovadora, moderna, crítica, transformadora. Sé bien, no obstante, que las autoridades universitarias no conceden suficiente mérito a la investigación, y hasta a veces sencillamente ignoran que pueda ser un mérito. Claro que, es también cierto, las autoridades universitarias no suelen tener demasiado trato con las tareas investigadoras. Hablan sí, mucho, de transferencia, como patentes, marcas, como inventario de timbres y efectos, para rellenar plantillas-programa, y todo para menesteres finalmente bastante menesterosos, a menudo incluso mendicantes. Sin embargo olvidan que la transferencia se conduce a través de cauces menos espesamente burocráticos, por caminos más expeditos, que no son otros que aquellos que cada día recorremos y hacemos transitables en la enseñanza que se vincula a la investigación, en la transmisión docente de los resultados de investigación. Desde este punto de vista, el libro del que esta tarde ha hecho tan generosa presentación académica el Prof. Ruiz Noguera testimonia el fruto de mi labor investigadora básicamente en los últimos cuatro años, reunida en 18 textos, de los que sólo tres son anteriores a 2009. Es libro que esta tarde se ha presentado atestigua además que es posible investigar en Derecho utilizando metodologías distintas a las habituales, más atractivas, más sugeridoras y asimismo más formativas y menos fácilmente amortizables; no se olvide que el conocimiento meramente legal tiene a día de hoy un plazo de amortización de no más de cinco años, de donde debemos enseñar más Derecho y menos leyes. Aun cuando a algunos pueda causarles extrañeza no es fútil recordar y repetir que nuestra tarea como profesores de Derecho es formar juristas, no leguleyos ni querulantes. Este es, por lo demás, el firme rumbo que han tomado las más prestigiosas Facultades de Derecho del mundo, tanto en Europa como en América.

Y, ¿por qué se titula el ‘Escudo de Perseo. La cultura literaria del Derecho’?
Lo he titulado así, apoyándome en el mito del joven Perseo, porque apelo a la metáfora del broncíneo escudo que al héroe Perseo facilitó Atenea para vencer, mediante la estratagema del espejo, a la aciaga Górgona, cuya mirada petrificaba. Perseo utilizó aquel escudo, que es aquí, la Literatura, para observar sin sucumbir a la terrible mirada de Medusa, que hace equivalencia con la mirada fósil de la Dogmática jurídica, especialmente en su acepción puramente legalista, que es entre todas las posibles la menos distinguida. Pero la historia de Perseo es antigua y compleja.
En lo uno, su antigüedad, los primeros registros literarios remontan al s. VIII a.C. Uno de ellos está en el libro XI de la Odisea. Allí la Gorgona aparece como un ser monstruoso que vigila la puerta de entrada al inframundo de los muertos. En la Ilíada sin embargo la cabeza de Medusa es un adorno de la égida de Zeus. La versión más extensa acerca del mito la hallarán en la Teogonía y en El escudo de Heracles de Hesíodo (siglo VIII a.C.). En cuanto a la referencia al poder petrificante de la mirada de Medusa resulta en la oda XII de las Píticas de Píndaro (s. VI a.C.). Medusa, no obstante, es un lugar relativamente común en gran parte de la literatura clásica. Acúdase a Las metamorfosis de Ovidio (IV, 770), que ofrecen noticia de Medusa en el tiempo en que aún se mostraba como una joven y bella muchacha, antes pues de ser transfigurada en monstruo por Atenea. Y también las Argonáuticas, de Apolunio de Rodas, que cuentan sobre cómo le brotaron serpientes de sangre tras su decapitación (libro IV, 1515 y ss.). Más adelante el mito se complica, por ejemplo con la Biblioteca mitológica de Apolodoro, quien habla (III, 10, 3) de algunos poderes terapéuticos atribuidos a la sangre de Medusa, en una deriva que conecta mito y medicina más o menos natural. Por último, el personaje se carnaliza en la Descripción de Grecia, de Pausanias, novelado en la historia de una reina quien a la muerte de su padre le sucedió en el trono, rigiendo el destino de hombree remotos que habitaron un impreciso lugar cercano al lago Tritónide (II, 21.5 y ss.). Aquella reina moriría una turbulenta noche de guerra, a manos de Perseo, un joven príncipe del Peloponeso.

En lo otro anunciado, la complejidad del mito, básteme aquí con recordar lo escrito por Italo Calvino en una de su Seis propuestas para el próximo milenio, millar que es ahora el de nuestro presente:

“El único héroe capaz de cortar la cabeza de Medusa es Perseo, que vuela con sandalias aladas; Perseo, que no mira el rostro de la Gorgona sino su imagen reflejada en el escudo de bronce […] Para cortar la cabeza de la Medusa sin quedar petrificado, Perseo se apoya en lo más leve que existe: los vientos y las nubes, y dirige la mirada hacia lo que únicamente puede revelarse en una visión indirecta, en una imagen cautiva en un espejo”

Y más adelante, luego de preciosos consejos, añade:

“En cuanto a la cabeza cercenada, Perseo no la abandona, la lleva consigo encondida en un saco; cuando sus enemigos están por vencerlo, le basta mostrarla alzándola por la cabellera de serpientes y el despojo sanguinolento se convierte en un arma invencible en la mano de héroe, un arma que no usa sino en casos extremos y sólo contra quien merece el castigo de convertirse en estatua de sí mismo. […] Perseo consigue dominar ese rostro terrible manteniéndolo oculto, así como lo había vencido antes mirándolo en el espejo [de su escudo]. La fuerza de Perseo está siempre en el rechazo de la visión directa, pero no en el rechazo del mundo de los monstruos en el que le ha tocado vivir, una realidad que lleva consigo, que asume como carga personal”


La carga personal de un jurista de hoy es el peso de la cabeza de Medusa, de su cuadro mental jurídico-dogmático, cuyo conocimiento debe utilizar sólo contra quien merece el castigo de convertirse en estatua de sí mismo. Poder exhibirlo contra otros es posible, pero conviene asegurarse que aquéllos han de ser sólo y exclusivamente los pedantes, los pretenciosos, los orgullosos, los infatuados, los soberbios. Esto significa no abandonar esa cabeza, no olvidar su poder, más igualmente evitar dirigir nuestra visión de juristas directamente hacia ese solo y exclusivo conocimiento, el conocimiento dogmático, que también nos acabaría por fosilizar.
Yo he aprendido, por mí mismo y al lado de los alumnos que participan en los seminarios de ‘Derecho y Literatura, que el broncíneo escudo de la Literatura permite observar el Derecho sin sucumbir a su mirada dogmática, sin terminar experimentando la inmovilidad, la insensibilidad, la pasividad de una estatua, sin quedar petrificado.
Pero he descubierto más, y lo enseño en este libro, en mis clases y en esos seminarios. Todo lo dogmático, toda clase de dogmatismo, y quizá especialmente el que pueda alcanzar a un jurista, le aparta del Derecho, porque le aparta de la Vida, que es movilidad, sensibilidad, acción crítica. En su origen la Vida era palimpsesto del Derecho, o lo que es igual, el Derecho era una exudación de la Vida. Petrificando la vida en un Derecho dogmático, la vida fosilizada en la idea de un Derecho reducido a Ley –lo que sólo equívocamente y con no poco error podría seguir así denominándose Derecho– ésta se convierte por lo general en el sudario de la vida.
Hoy hay mucha menos vida en la Ley y su estatuaria manualístico-dogmática que en la Literatura. La vida, comprobamos a diario, está en lugar separado y a veces terriblemente distinto y alejado de lo que enseñamos y estudiamos en las Facultades ‘de Derecho’ cuando se las reduce a Escuelas ‘de Leyes’. A la fachada se anuncia Derecho, y en el interior se exhibe únicamente ‘Ley’. La promesa de Derecho acaba reducida a Ley.
Por el contrario, la Literatura, según he aprendido y trato de enseñar, está siempre más unida a la vida que a la ley, y en proximidad a aquélla con ella se confunde y la infunde, es decir, la engendra.
Debo advertir también que mi escudo, este escudo de Perseo, no es un escudo para esconderse tras él; hay no obstante quien no sabe utilizar el escudo de otro modo, y elude –cuando no es que desconoce, o aún peor niega– el mundo de los monstruos en el que le ha tocado vivir. Con él ciertamente me protejo, pero porque a su través contemplo los monstruos sin perecer a su mirada. Así, con la Literatura, he aprendido a mover estratégicamente mi visión de lo jurídico. Y comprendo mejor lo que sucede y lo que no ocurre, y el porqué de ambos.
Para Jerome Bruner en Making stories, cada época inventa su escudo de Perseo, tratando de amortiguar la visión de “los terrores de potencia ilimitada”. El arpón que en Moby Dick hunde el tenaz perseguidor capitán Akad en las entrañas de la gran ballena blanca fue el escudo que Melville frabricó y opuso al cristianismo dogmático, como la ordinariedad del patetismo de Bobary de Flaubert también fue el escudo que preservaba frente la inasequibilidad de la institución matrimonial. Y me pregunto ¿uál será el escudo de nuestra actual cultura literaria del Derecho?

Sólo puedo responder que el broncíneo escudo que forman estas páginas de Derecho y Literatura brilla con el fulgor de la vida esperanzada en una máxima que ha guiado desde hora temprana mi vocación jurídica, y que aprendí leyendo en juristas como Ihering, pero también obras de manifiesto carácter literario, obras de poesía, de teatro y novelas, que han sido metales no menos esenciales en la forja del mi escudo; con todo ello este escudo relumbra en la fe en el ‘triunfo del Derecho’, y no elude mirar en su reflejo todo lo que la mirada oscura de la grisácea Gorgona es capaz de empedrar en el camino de la esperanza en su victoria: esto es, los estrobos de la sinrazón, el abuso del débil, y tanto la desmemoria con la atrocidad del crimen como la incapacidad para el perdón, o la ausencia de libertad, y de responsabilidad en los propios actos, y en suma, la falta de humanidad y la injusticia que nos convierte en seres rugosos y llenos de aristas puntiagudas, que como la piedra bruta y sin desbastar hace del Derecho vivo una grotesca estatua inerte.

Muchas gracias
J.C.G.
(Málaga, 18 de marzo de 2013)

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