Friday, September 02, 2011

Biblioteca personal de Julio Cortázar


Jesús Marchamalo
Cortázar y los libros: Un paseo por la biblioteca del autor de Rayuela
Forcola (Col. Singladuras, 8), Madrid, 2011, 112 pp.
ISBN: 978-84-15174-12-7




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No es la primera vez que Jesús Marchamalo asoma en este blog (vid. sobre su “Tocar los libros”, en “De libros y gozos”, http://iurisdictio-lexmalacitana.blogspot.com/2011/02/de-libros-y-gozos.html ). Ahora, de nuevo, con CORTÁZAR Y LOS LIBROS, que es una prolongación de la exposición reunida y comentada bajo el título de LOS LIBROS DE CORTÁZAR en un proyecto que con la colaboración de Fundación Juan March está disponible en: http://cvc.cervantes.es/literatura/libros_cortazar/default.htm
El que aquí reseño hace tangible la virtualidad de aquélla.
La biblioteca personal, escribí en cierta ocasión, nos lee. Y así también sucede con la de Cortázar. Aparecen libros propios, adquiridos y obsequio de otros escritores. Libros donde el lector se muestra innegociable en punto a erratas; exigente y duro trabajo de lectura, como ante la edición de Paradiso, de José Lezama Lima. En algún caso con anotaciones incautas, y hasta terribles. Libros en dádiva, con dedicatorias impagables (García Márquez, Calvino, Carlos Fuentes, Onetti, Paz). Libros intonsos también.
Libros del pacer y la devoción. Libros de la curiosidad por consultar y saber.
Libros de poesía.
E. M. Forster, Faulkner y Salinger. Y también Breton (Anthologie de l’humour noir) o el Opium de Jean Cocteau.
Libros y más libros que fueron congregándose en su domicilio de la rue Martel, en París, hasta formar un conjunto de más de cuatro mil volúmenes. Los recogió luego la Fundación Juan March, de Madrid, en 1993, por donación de Aurora Bernárdez, primera esposa y legataria universal de Julio Cortázar.
La biblioteca cortaciana está dominada por las atmósferas de algunos de sus cuentos, no exenta de seriedad, bienhumorada y mordaz.
CORTÁZAR Y LOS LIBROS es un lujo que no deben impedirse.


J.C. G.



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Cortazar en Quai des Grands Augustins (a la orilla de los libros que no se suicidan en el Sena)



“se habían vuelto despacio a la orilla alta del río, apoyándose contra la caja de un bouquiniste, aunque a Oliveira las cajas de bouquinistes le parecían siempre fúnebres de noche, hileras de ataúdes de emergencia posados en el pretil de piedra, y una noche de nevada se habían divertido en escribir RIP con un palito en todas las cajas de latón, y a un policía le había gustado más bien poco la gracia y se los había dicho, mencionando cosas tales como el respeto y el turismo, esto último no se sabía bien por qué”.
Julio Cortázar, Rayuela, cap. 36

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