Friday, July 30, 2010

Una lectura (no) veraniega. Sobre el Estado de Derecho: Muñoz Machado vs. Baltasar Gsrzón


Una lectura para el verano. Sobre el Estado de Derecho. Muñoz Machado vs. Baltasar Garzón

Santiago Muñoz Machado

Riofrío, la Justicia del Señor Juez,

Edasa, Barcelona, 2010, 256 pp.

ISBN: 978843501535

Edasa edita dentro de su colección "Edhasa Literaria" una obra de Santiago Muñoz Machado que anteriormente ha aparecido por entregas en la revista El Cronista. Un relato que ha influido de un modo extraordinario en la toma de conciencia sobre un problema crucial del Estado de Derecho. Miles de lectores lo han seguido con asombro y lo han divulgado como un gran descubrimiento por la facilidad, sentido del humor y calidad literaria con que se exponen cuestiones trascendentes para la seguridad y la libertad de los ciudadanos. Aún los mejores rasgos del ensayo riguroso, la agilidad de la crónica, la técnica narrativa de la novela realista y el suspense del mejor thriller. Ralatado en primera persona y ambientado en la cafetería Riofrío, sitiada cerca del Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional; "Mentidero irrepetible y observatorio singular del desarrollo de los procesos en las dos instituciones judiciales más importantes de España" a ella desembocan diferentes personas relacionadas con el mundo de la justicia, "abogados, procuradores, peritos, testigos, imputados, procesados, condenados, demandantes, demandados y, en fin, el público curioso que gasta su tiempo siguiendo las sesiones de los juicios".

Riofrío es un escalofriante relato verídico sobre las perversiones que desmienten la existencia de un auténtico Estado de Derecho en nuestro país. Narrado en primera persona por el jurista Santiago Muñoz Machado, cuenta el martirio judicial en el que se vieron envueltas un grupo de personas acusadas de unos delitos fiscales que no cometieron —y de los que fueron absueltos— por culpa del capricho de un juez tristemente famoso por su sed de portadas y reconocimiento social.

Así, Muñoz Machado analiza el desarrollo del caso, un presunto fraude fiscal de casi 5.000 millones de las antiguas pesetas, que se habría cometido en la compraventa de acciones del canal Telecinco. Según la Fiscalía, los acusados habían violado la Ley de Televisión Privada que establece que ninguna persona física o jurídica puede ser titular directa o indirectamente de más del 25 por 100 del capital de una sociedad concesionaria. Entre los implicados estaban desde ciudadanos anónimos, que no habían tenido relación alguna con las empresas investigadas y que de la noche a la mañana se encontraron en medio de una pesadilla sin pies ni cabeza; hasta personajes conocidos como el ex directivo de la ONCE y ex presidente del mencionado canal, Miguel Durán, o el mismísimo Silvio Berlusconi. No en vano, según relata Muñoz Machado, el objetivo último del ex magistrado estrella de la Audiencia Nacional era sumar la cabeza del actual presidente italiano a su particular colección de celebrities enjuiciadas, para lo cual no tuvo empacho en sacarse de la manga un proceso arbitrario y sonrojante, lleno de pruebas falsas, acusaciones infundadas y chapucerías judiciales.

Con un ritmo ágil y conciso, Muñoz Machado pone sobre el tapete la desasosegante indefensión del ciudadano frente a una justicia arbitraria que se rinde ante los designios de cualquier juez que decida anteponer sus ambiciones personales y sociales, sus intereses personales o los de sus amigos, a la legalidad vigente y el respeto a las reglas que dan sustento al Estado de Derecho. Magistrados que retuercen la Ley o que, directamente, se la saltan ocultando su reiterada tendencia a la prevaricación en marañas judiciales indescifrables, convirtiendo el Estado de Derecho en una mera carcasa que sólo contiene corrupción y podredumbre en su interior.

“Si se acepta que un juez no aplique la ley, sino que desprecie o modifique a su antojo las decisiones del Parlamento, y, además, ponga al poder ejecutivo a su servicio, estará concentrando en su mano todos los poderes del Estado y arrasando, al hacerlo, todos los valores en que se basa la Constitución”, afirma Muñoz Machado en el libro. Ésta es la dictadura del señor juez.

Por Regina Martínez Idarreta” Fuente: http://www.elimparcial.es/libros/santiago-muoz-machado-riofro-la-justicia-del-seor-juez-65868.html

“Este es un libro singular y plausible en cuanto a su propósito: recoge las reflexiones de un abogado con motivo de un largo y complejo proceso judicial en el que con frecuencia estima vulnerados sus derechos. Nos permite, por tanto, acudir a este escenario teatral —como con acierto él mismo lo describe— y conocer las entrañas de la obra. No abundan las reflexiones escritas y publicadas de los juristas sobre el desarrollo de su trabajo, y en este sentido es de agradecer que uno de ellos, notoriamente prestigioso, encare la tarea en el contexto arduo de una batalla judicial que adquirió relevancia pública y se alargó durante muchos años.

Claro que el contenido del libro no debe conducirnos al engaño de pensar que nos encontramos ante un texto jurídico, cuya lectura y valoración deba realizarse con las herramientas y el sentido propios del derecho. El autor ha escogido una forma conscientemente literaria, narrativa incluso, a modo de crónica personal de unos hechos vividos muy de cerca y en la que no faltan por tanto las apreciaciones surgidas del impacto emocional que el transcurso del procedimiento, con sus distintas fases, iba causando en él, así como digresiones de orden memorístico o intelectual que componen un texto de buen acabado artístico. Insisto en que, hallándose siempre el Derecho presente en los grandes debates de nuestro tiempo, de todos los tiempos, echamos en falta más testimonios de este tipo, especialmente cuando proceden de una pluma bien trabajada y una mente brillante como la del profesor Muñoz Machado.

Ahora bien: hagamos un punto y aparte en cuanto a la forma y abordemos el contenido. El proceso del que da cuenta tiene que ver con una instrucción abierta en la Audiencia Nacional a propósito de la supuesta vulneración del porcentaje de participación de una serie de empresas en la cadena de televisión Telecinco. La instrucción se prolongó durante años, y celebrado el juicio penal, la sentencia fue por completo absolutoria.

En las Facultades de Derecho se nos explica la diferencia entre verdad procesal y verdad material para hacernos entender que lo que se dilucida en el proceso judicial es realmente la primera, por mucho que las normas que lo regulen tengan como objeto descubrir la última —por así decir, la verdadera—. En efecto, a un abogado puede pasársele proponer determinados medios de prueba, de forma que algo de lo que se discute no quede acreditado en la causa, aunque ciertamente exista en la vida “real”, fuera de ella. El juez debe pronunciarse en torno a los elementos de juicio que se someten a su consideración en el pleito, y pretender por su parte ir más allá no sólo vulneraría unos cuantos derechos fundamentales, sino que lo dibujaría con la personalidad de un semidiós que se cree peligrosamente infalible, y que confunde sus deducciones con la única “verdad” posible. Algunos autores, singularmente Montero Aroca, han alertado sobre la tendencia de las normas procesales a extralimitar los poderes del juez en perjuicio del principio de aportación de parte, o lo que es lo mismo, la configuración del asunto a discutir por la vía primordial, que no exclusiva, de lo que cada uno de los contendientes sostenga y trate de probar en el transcurso del juicio.

Valga este excurso para poner de manifiesto que Muñoz Machado no nos habla en este “Riofrío” de lo que ha ocurrido en el proceso, sino de una verdad material que se deduciría de él y que puede resumirse en lo siguiente: siendo los imputados claramente inocentes, un juez prevaricador montó artificiosamente una causa contra ellos con el fin de satisfacer su ego en el intento de capturar una pieza pública de espectacular relevancia, nada menos que Silvio Berlusconi. El autor de este libro no se conforma con explicar la epopeya sufrida a lo largo de la batalla judicial que conduciría a su victoria en forma de absolución, sino que intenta que la conclusión inequívoca del lector sea ésa, que el señor juez se salta a la torera el Estado de Derecho, que es un peligro para todos, que merece ser condenado en la nueva causa que el propio escritor y abogado ha comenzado contra él.

No podemos acompañarlo en ese viaje. No, porque no nos resulta más fiable que cualquier opinión de parte que incurriese en alarmante tendenciosidad al articular su discurso. Y comencemos por una licencia retórica que se toma para formularlo: desdoblarse, en primer lugar, en “el abogado” (defensor) y “el profesor” (imputado), condición que se desvela al final —aunque no imaginamos a quién podría confundir— de una manera bastante ingenua, y que desde luego no hace que tomemos una mínima distancia con respecto al punto de vista del autor; y en segundo y más relevante lugar, evitar en todo momento nombrar al juez, decisión por completo absurda, o mejor decir maniquea: “el juez” pasaría a ser de ese modo una amenaza objetiva que debería hacernos a todos sentirnos implicados con la peripecia de los investigados; sin embargo, tanto éstos como las diversas circunstancias de la causa se nos relatan con suficiente explicitud, de forma que ¿cómo no saber que se trata de Baltasar Garzón? El caso es que “el profesor” o “el abogado” no quiere ni mentarlo en su afán por presentarse como escrupuloso defensor de la justicia y el Estado de Derecho; podría ser cualquier juez, parece decirnos.

Pero no podría ser cualquier juez. Porque de otro modo no cabe explicar la publicación de este libro (que recopila y reescribe una serie de artículos procedentes de una revista especializada de difusión mucho menor) justo en el momento en que acaba de ser defenestrado, por iniciar una investigación contra el franquismo, en un proceso promovido nada menos que por la Falange. Aparece ahora esta crónica elegante y educada para coger otra piedra del suelo y arrojarla sobre el cuerpo medio enterrado. Y aparece también, cómo no pensarlo, para reforzar la nueva batalla judicial que el autor ha comenzado contra Garzón, con motivo de los delitos que éste habría cometido al instruir el anterior procedimiento.

Muñoz Machado relata irregularidades procesales, filtraciones a la prensa, actuaciones arbitrarias del juzgador… muchas de las cuales, como el propio escritor reconoce, constituyen los delitos por los que debería ser condenado. Este relato indudablemente parcial se despeña de cuando en cuando por la elocuencia de su lenguaje y los caracteres que a través de él se nos presentan: Berlusconi es un tipo encantador, leal con los suyos, simpaticote, extrañado por los desmanes de la justicia tercermundista española (a los italianos les sonarán ahora estos argumentos); “el juez”, además de ególatra enloquecido, resulta ser un manipulador, un jurista grosero y una persona vulgar que supuestamente hunde la cara en una tarta de merengue para celebrar uno de sus éxitos. A este merece la pena referirse: la causa que inició contra Pinochet y a la que Muñoz Machado, de nuevo pacato, se refiere en unos términos que revelan mejor que ningún otro su posición moral: “dictadorzuelo jubilado”, lo llama, y entonces lo entendemos todo. Ay, cómo traicionan las palabras. Frente a los calificativos e incluso motes (“juez Vidriera”) que le merece Garzón, Pinochet es una especie de figura de opereta, y el proceso que buscaba su enjuiciamiento, una extravagancia sin mayor interés. Sustituyamos “dictadorzuelo jubilado” por “genocida” o “asesino de masas” o “torturador fascista” y la iniciativa de Garzón cobra otros tintes, ¿verdad?

El libro termina siendo así un thriller de buenos (los honestos empresarios y sus asesores en las operaciones mercantiles de alto nivel) y un malísimo, y la moraleja es que a cualquiera de nosotros podría aparecérsenos el ogro en cualquier momento. Vigilemos el Estado de Derecho (o mejor, la libertad de mercado), que nos lo comen… El discurso es sobradamente conocido.

Qué curioso y diverso es el mundo éste de la abogacía. Por un lado encontramos a profesionales empecinados en la defensa de los derechos humanos, gente que arriesga a diario su vida y que ha hecho avanzar al mundo a golpe de sacrificio; en medio, la mayoría de compañeros que en el día a día ejercen su trabajo de la mejor forma posible en defensa de los intereses de sus clientes, se trate del tema que se trate, mediante la aplicación de las herramientas del derecho, y sometidos a no pocas presiones; en el otro extremo encontramos a juristas pulcros especializados en los “grandes ratios”, entendiendo por tales la confección de entramados mercantiles más o menos legales con el fin de que los que tienen mucho dinero tengan muchísimo más dinero, y a ser posible eviten ser importunados por el fisco, la seguridad social o los mismos jueces. Bien es verdad que llevamos treinta años escuchando que esto último es lo que sostiene el mundo, la creación de riqueza, las oportunidades para todos… En una proporción de uno para ti y diez mil para mí, claro, lo que hace necesario que sigan existiendo abogados del segundo grupo, y por supuesto del primero al que me he referido. Por lo general esa clase de profesionales del entramado y la macrooperación, así como los clientes a quienes asesoran, cuentan con abundantes medios materiales para que dinero no tenga olor ni sabor, vuele, se difumine y se multiplique con eficacia y discreción. Frente a ello, de escasas herramientas dispone tanto la administración pública como los juristas que defienden a los trabajadores o pequeños propietarios.

Este libro contribuirá sin duda al apuntalamiento del discurso del mercado, la creación de riqueza, el trabajo como regalo divino… Y lo hará muy bien, porque se encuentra enriquecido por no pocas citas intelectuales: jurídicas, filosóficas, literarias… Mucho Huizinga, Orwell y Calamandrei (hay que tener cuajo para aplicar a su caso el opúsculo de este autor en defensa del derecho en plena época nazi… otra hipérbole significativa), pero nada de ello, en realidad, consigue que identifiquemos la verdad procesal vivida y ganada por el autor con una realidad material que nunca conoceremos, y menos aún que identifiquemos la absolución de una serie de imputados con la prevariación del juez instructor. La buena prosa y el aliento intelectual no son suficientes para encubrir la miseria moral con que Muñoz Machado ejecuta su venganza y, provisto de un hacha en forma de libro editado por un sello comercial, arranca otro trozo de leña del árbol caído.

Dentro de cien años Baltasar Garzón será recordado, entre otras cosas, por haber proporcionado consuelo y una elemental justicia a las víctimas de algunos de los crímenes más repugnantes de la historia de la humanidad. De Muñoz Machado quedarán, con seguridad, sus estudios jurídicos menos perdurables (por la propia evolución legislativa); y, en la memoria de algunos pocos, su eficiente contribución a una cierta creación de riqueza. Lo demás, a los tribunales.

(Mi agradecimiento, tal vez innecesario pero sin duda pertinente, a Nuria por la lucidez con que supo juzgar este libro. Nuestras conversaciones sobre él en el largo paseo perruno de ayer me resultaron completamente iluminadoras. Es una analista desprejuiciada y aguda. Betty, en cambio, no se pronunció... había restos de bocadillo en el suelo, y en la vida existen ciertas prioridades.)

Fernando Casoledo. Fuente: http://franciscocasoledo.blogspot.com/2010/06/riofrio-la-justicia-del-senor-juez-de.html

“Riofrío y el juez Garzón

La campaña por Garzón ha sido abrumadora y ha impedido entrar a examinar los procedimientos arbitrarios, inquisitoriales y chapuceros empleados por el juez en muchas de sus actuaciones

La suspensión cautelar del juez campeador, Baltasar Garzón, acordada por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), al abrirse el juicio oral en el caso de la primera de las querellas que le han presentado ante el Tribunal Supremo, ha obligado a su relevo como titular en el juzgado central de instrucción número 5 de la Audiencia Nacional (AN). Ahora la sala de gobierno de la AN ha decidido por unanimidad presentar una terna elegida de entre los 14 aspirantes que se han presentado para cubrirla. De entre esa terna que componen Pablo Ruz Gutiérrez, Carmen Lamela Díaz y Carmen Medel Nieto, la comisión permanente del CGPJ designará al sustituto.

Garzón se ha convertido en un icono porque de nada sirven los hechos cuando prevalecen determinadas expresiones que han quedado acuñadas con carácter indeleble. Una de ellas es que el Tribunal Supremo juzga a Garzón por investigar los crímenes del franquismo. Pero los crímenes del franquismo vienen siendo investigados desde hace décadas sin consecuencias de ese orden para los investigadores. En realidad, la querella presentada contra Baltasar Garzón se basa en las irregularidades de su proceder en la instrucción de la causa que puso en marcha, porque no cabe emprender un proceso penal contra difuntos como lo eran en ese momento el general Franco y sus colaboradores directos en esos crímenes. El más longevo fue el cuñadísimo, Ramón Serrano Suñer, que falleció el 1 de septiembre del 2003 a punto de cumplir los 103 años, pero en todo caso cinco años antes de que Garzón se declarara competente para instruir la causa, iniciada tres años después de la entrada en vigor de la llamada ley de la memoria histórica, que venía a resolver la cuestión de las fosas y enterramientos de las víctimas.

La campaña por Garzón ha sido abrumadora y ha impedido entrar a examinar los procedimientos arbitrarios, inquisitoriales y chapuceros empleados por el juez en muchas de sus actuaciones en las que se ha puesto la ley por montera. A partir de un caso, el referente a Telecinco, el abogado Santiago Muñoz Machado ha escrito una detallada narración con el título Riofrío. La justicia del señor juez que acaba de aparecer en Edhasa (Barcelona, junio del 2010).

Miguel ángel Aguilar. Fuente: http://www.lavanguardia.es/lv24h/20100622/53950786864.html


Santiago Muñoz Machado es catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y autor de una treintena de libros de los más diversos géneros y temáticas (relatos, estudios históricos, ensayos). Destacan en esta amplia obra títulos como Libertad de prensa y procesos de difamación (1989), La Comunidad Europea y las mutaciones del Estado (1993), La formación y la crisis de los servicios sanitarios públicos (1995), Los animales y el Derecho (1999), La regulación de la red. Poder y Derecho en Internet (2000), Constitución (2004) y El problema de la vertebración del Estado en España (Del siglo XVIII al siglo XXI) (2006). Es además director de la revista de cultura jurídica y política El Cronista.

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