Friday, July 16, 2010

El 'año Camus' y la Europa de la crisis, por Manuel Rico



El año Camus está siendo de enorme trascendencia para el futuro de Europa. Tanto como lo fueran los años de plena madurez cívica y literaria del genial escritor. Un año decisivo en el campo de la economía, de la política y del bienestar colectivo, debido al cuestionamiento de la Europa de los derechos sociales por parte de unos innominados "mercados" que, al margen de la voluntad de los ciudadanos, condicionan el curso de la economía y, por derivación, de la sociedad y de sus instituciones democráticas. Decisivo también en un ámbito menos estudiado pero no por ello irrelevante, como el de la literatura, especialmente de la novela: no olvidemos que Camus fue, ante todo, escritor ni el hecho de que la novela contemporánea europea sería inconcebible sin obras como La peste o El extranjero.
Cierto que la Europa de 2010 nada tiene que ver con la que, en 1960, año de la muerte de Albert Camus y a apenas dos de distancia de la que, en 1958, viera la entrada en vigor del Tratado de Roma, y, con él, el nacimiento de una realidad económica, política y social que, en buena medida, conectaba con el sentido último de su obra: la sociedad del bienestar, un mundo que, sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, habría de conjugar principios tan elementales como democracia y justicia. Tampoco la novela del comienzo de la segunda década del siglo XXI, conviviendo con Internet y con los primeros pasos del libro electrónico, tiene mucho que ver con la novela como artefacto narrativo que intenta explicar el mundo que presidió la trayectoria del escritor y pensador franco-argelino. Ambas realidades, la sociedad europea, y la narrativa que en ella nace y se desarrolla, viven una similar amenaza. Es como si las teorías acuñadas por el liberalismo tras la caída del Muro de Berlín en 1989, justificadoras de la teoría económica aplicada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en la década de los ochenta y contrarias al protagonismo social de "lo público" se hubieran convertido, a lo largo de 2010 y tras los impulsos refundadores del capitalismo del momento más álgido de la crisis financiera, en paradigma de la posmodernidad, en una actualización de El fin de la historia de Fukuyama y en la única posibilidad de evolución de las sociedades industrialmente avanzadas. Es decir: los llamados mercados como poderes de facto y la democracia y sus instituciones como dramaturgia vacía de contenido.
Algo semejante ocurre con la literatura de Camus y con sus bases filosóficas y existenciales. Estas tuvieron, en las dos décadas posteriores a su muerte, un respaldo simbólico en la extensión del Estado del bienestar y de la democracia a todo el continente. También las confirmó la demolición del estalinismo tras la caída del Muro. Sin embargo, durante años, desde mucho antes de la quiebra de Lehman Brothers, se ha cernido sobre ellas un manto de olvido alentado por críticos, escritores y docentes cuyo objetivo ha sido canonizar propuestas narrativas acordes con el nuevo paradigma: eclecticismo, negación de los imaginarios alternativos y de las utopías, descrédito del compromiso del escritor, novela histórica ambientada en escenarios remotos.
A la dimensión crítica de La peste, o a la de la novela que se escribía en Italia hasta bien avanzada la década de los sesenta, o a la de la generación británica de los angry young men sucedió, en los años ochenta, una literatura que, avergonzada / arrepentida de los nexos que mantuvo, consciente o inconscientemente, con distintas formas de comunismo, con el socialismo real y, más allá, con la izquierda reformadora, se proclamaba paradigma de una neutralidad -de un apoliticismo- basada, ante todo, en la renuncia a cuestionar y a reinventar el mundo, en un ejercicio estético que primaba, por encima de todo, el individualismo en su versión más ensimismada.
Albert Camus fue un escritor comprometido con su tiempo, crítico de todas las formas de totalitarismo, pero también fue un soñador, a través de la literatura, de una realidad distinta, más humana, más libre, más justa, No dio la espalda a la realidad, sino que arañó en sus contradicciones en busca de senderos que la salvaran de sus propios desastres y trampas.
En sus libros, incluso en sus Diarios de viaje o en las notas sobre el proceso de escritura de Carnets, buscaba una verdad, una forma de rebelión, una nueva moralidad: "La libertad es el derecho a no mentir. Verdad que se prueba en el plano social (subalterno y superior) y en el plano moral". Hasta en los momentos más intensos de su polémica con Jean-Paul Sartre, cuando criticaba el gulag, Camus mantenía su confianza en un mundo sin miseria para cuya construcción consideraba necesario algo más que el humanismo ("El humanismo no me fastidia: hasta me hace sonreír. Pero me resulta insuficiente", escribió).
En el medio siglo transcurrido tras su muerte, la visión posmoderna de la realidad y el liberalismo extremo que han difuminado el alcance de fondo de su obra, se han visto, sin embargo, cuestionados por acontecimientos y procesos reales de una importancia fundamental. Si la caída del Muro fue interpretada como la confirmación del fin de la historia, la realidad posterior ha dado al traste con esa interpretación: el 11-S y su secuela casi inmediata, las guerras de Afganistán e Irak; Internet y el aumento del peso de las tecnologías de la información y de la comunicación en nuestra vida cotidiana, la globalización de las relaciones económicas, el aumento de los flujos migratorios, la amenaza, cada vez más real, del cambio climático. Esos fenómenos nacieron y se desarrollaron al amparo de un liberalismo sin límites y entre apelaciones a la reducción de las políticas sociales mientras se desacreditaban las acciones públicas y se mitificaba la eficiencia de la acción y la gestión privadas.
En paralelo, se extendía una visión dominante de la literatura como ejercicio ajeno a cualquier interpretación de la realidad: lo fragmentario, como reflejo del mundo en permanente interactividad en la Red, debía ser el modelo de la nueva novela y la realidad social y política habría de quedar recluida en el campo del ensayo y de la sociología. De igual modo que la caída del Muro confirmaba la vieja "verdad" de Fukuyama estableciendo un campo de juego único que identificaba democracia y ultraliberalismo, la literatura crítica perdía funcionalidad puesto que la sociedad no era interpretable, la historia no podía ser modificada y la historia (el argumento, la trama), base de la novela desde sus orígenes, perdía sentido. En consecuencia, se imponía el fragmento, la literatura como caleidoscopio, como reflejo acrítico del caos circundante, se vaciaba el texto de contenidos críticos y se decretaba la muerte de la novela tradicional: la forma era lo esencial y una versión actualizada del mcluhaniano "el medio es el mensaje" pugnaba por imponerse.
Sin embargo, la crisis financiera e hipotecaria del verano de 2008, pese al actual dominio de los principios que suscriben "los mercados", ha puesto de relieve la quiebra del modelo especulativo y del liberalismo sin límite y, con él, del principio basado en que la pura lógica del mercado resolvería las injusticias.
Así, Camus y su sueño de un mundo con plena libertad y, a la vez, sin miseria y solidario, cobra la vigencia ("Si el hombre fracasa al querer conciliar la justicia y la libertad fracasa en todo", llegó a afirmar) que el eclecticismo posmoderno había negado. A la sociedad, sin duda. Pero también a la literatura. Porque Camus creía en esta no solo como obra de arte, sino, también, como espacio privilegiado para mostrar las contradicciones colectivas y personales y para esbozar mundos mejores, acordes con las más hondas aspiraciones de liberación y justicia de los seres humanos. La realidad del mundo y de la Europa de hoy no hacen sino confirmar esa necesidad.
Publicado en diario El País (Madrid), 16/07/2010
Manuel Rico es escritor y crítico literario

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