Monday, January 18, 2010

Vicisitudes chilenas. John Ruskin & Ramón Gómez de la Serna



Camino por el centro de Temuco, capital de La Araucanía. Es mediodía, la temperatura comienza a subir. Busco la sombra de los edificios. Igualmente otros muchos viandantes. Parte de la vereda está invadida de puestos callejeros que ofrecen verduras y frutas. El comercio es muy genérico y popular. En textiles, pequeños escaparates exhiben sostenes, corpiños, ropa interior de mujer, blusas, poleras, con invencibles ofertas de temporada; también cotonas, vestuario de trabajo, herramientas y útiles de ferretería. Y más boliches… Aquí bebidas refrescantes, más allá también. Doblo la esquina y me parece el mismo lugar. Las gentes van adheridas a celulares. Divago y deambulo. Los buses vomitan más peatones. En sus precarias ventanitas asoman una o varias cabezas absortas. Nada estorba al ruido. Cruzo a otra cuadra. Un letrero me convoca: “Libros Avatar”. Estoy frente a calle Manuel Rodríguez. Me acerco, apenas me asomo. Sólo novelitas, autoayuda, esoterismo, revistas… Reposan apilados, por tamaños. Me vuelvo, sin casi detenerme, pero al reemprender el paso giro otra vez sobre mí. Un lomo, diferenciable, en cartoné editorial, aplastado bajo el orden vertical de ejemplares indiferentes, me atrae. Registro su título arqueando el cuello. ¿Dice Ruskin? ¿Gómez de la Serna? Lo estoy leyendo; en efecto. Le ruego a la tendera, de leves rasgos mapuches, poder tomarlo entre las manos. Deconstruye la torre de papel, por estratos. Al fin me lo acerca. Lo examino a catas de hojeo y ojeo. Amarillea y torna al sepia. Bien armado en conjunto. Cosido como se debe. Todavía elástico al abrir sus páginas en dos alas batientes. Las tapas han aguantado sin mareos.


Es la edición bonaerense de 1943, por Editorial Poseidón, en selección de textos ruskinianos con prólogo de Ramón Gómez de la Serna. El raro Ramón, el peculiar Ruskin.
Avatares…
A Ruskin lo leían algunos krausistas de comienzos del s. XX. Entre otros, Adolfo Posada. Gómez de la Serna, que se licenció en Derecho por la Universidad de Oviedo, lo prefació para la valenciana Sempere, el año 1910, en Las piedras de Venecia (1851-1853), sobre una traducción de Carmen de Burgos (2 vols.). Dos años después apareció en las colecciones de La España Moderna (1 vol.).
Miro y compruebo el precio; 2.500 pesos. No alcanza los tres dólares. Me resulta impúdico sugerir el cambio a euros. Más aún cifrar el valor –en mercado, incluido- de su hallazgo.
Regreso con él. Ahora está en mi maleta. No resisto haberlo contado.
Aconteceres…

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