Tuesday, May 26, 2009

Literatura y Diplomacia, por Jorge Edwards

En el Chile antiguo había una presencia notoria, más o menos constante, de los escritores en la diplomacia chilena. Esto no sólo ocurría en las agregadurías culturales sino en todos los niveles del escalafón, desde embajadores hasta terceros secretarios y cónsules. La lista de autores diplomáticos sería larga y no faltarían algunos de nuestros nombres más ilustres: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Alberto Blest Gana, Federico Gana, Pedro Prado.
En el ministerio de mi tiempo uno se encontraba a cada rato con Juan Guzmán Cruchaga, Humberto Díaz Casanueva, Salvador Reyes, Antonio de Undurraga, Carlos Morla Lynch. Algunos eran mejores escritores que otros; más de alguno practicaba una diplomacia más bien distraída; pero siempre había una chispa, un destello, una manera diferente de enfocar los problemas.
Carlos Morla, por ejemplo, bajo cuyas órdenes trabajé en la Embajada en Francia, se trasladaba en metro, de frac y condecoraciones, desde el caserón de la avenida de la Motte-Picquet hasta el Palacio del Elíseo. Me atrevo a pensar que ninguno de los actuales embajadores se atrevería a hacer lo mismo, pese a que la cortesía de la puntualidad es mucho más importante que la del automóvil de lujo.
El general De Gaulle, que gobernaba en aquellos tiempos prehistóricos, se divertía con el humor original de nuestro representante y conversaba con él en los ratos perdidos que ocurren durante las ceremonias: las colocaciones de ofrendas florales en la tumba del Soldado Desconocido y esas cosas. Y una tarde, cuando Morla regresaba en su asiento del tren subterráneo, una señora francesa exclamó: ¡qué anciano más bonito!
Se terminó esa tradición, entre tantas otras, y no sé si salió perdiendo la literatura, pero estoy seguro de que la diplomacia sí perdió más de algo, por lo menos en cuanto al humor y al espíritu, y me parece que los profesionales y los practicantes de hoy ni siquiera se han dado cuenta. He pensado en esto porque estuve hace poco en Lima, durante los festejos del 170º aniversario del diario El Comercio, y me encontré con el canciller García Belaúnde, a quien había conocido en épocas pasadas, en la casa de un amigo común.
García Belaúnde es un diplomático de larga carrera y es, aparte de eso, un conocedor avezado de la literatura francesa. Después de los saludos de rigor, me mostró un reloj de esfera redonda, de acero bruñido, que tenía una frase grabada en forma circular. La frase decía textualmente: Longtemps je me suis couché de bonne heure (Durante largo tiempo me he acostado temprano). Me contó que había comprado ese reloj en Illiers, en casa de la tía Leonie. La frase, como ustedes a lo mejor saben, es la primera de la obra monumental de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido; en cuanto a Illiers, pueblo situado en la Normandía occidental, a poca distancia de la catedral de Chartres, se llama Combray en la novela proustiana y es el escenario de las primeras páginas del libro.
En resumen, pura literatura, y no está mal que una conversación entre personas que provienen de países diferentes se articule a partir de un gran texto de ficción y de personajes que existieron en la historia real, pero que fueron reinventados por la imaginación novelesca. Si el diálogo parte de ahí, no es absolutamente necesario reducirlo al paralelo tal, al hito cual, al tratado de tal año, a una compra de aviones de guerra anunciada y ni siquiera consumada.
La tía Leonie, el señor Charles Swann con sus devaneos amorosos, la madre del novelista que se olvida de subir a darle un beso de despedida, o la enérgica y campechana Françoise, que rompe a palos una pirámide de azúcar en la mesa del repostero, introducen atmósferas diferentes, fascinantes, que permiten enfocar temas escabrosos con mayor soltura.
En un almuerzo anterior, había conversado con la embajadora de Francia sobre el hecho ejemplar de que su país y Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial y de siglos de enfrentamiento bélico, hayan conseguido superar los enormes temas que los dividían y estructurar una alianza extraordinaria, verdadero corazón y motor de la unidad europea. Según ella, los dos pueblos no estaban en absoluto preparados para seguir ese camino, pero hubo dos hombres extraordinarios, que concibieron todo el asunto y lo llevaron adelante contra viento y marea: el general Charles de Gaulle y el canciller Konrad Adenauer.
No sé si la teoría de los hombres providenciales en la historia me convence del todo, pero la tesis de la embajadora me pareció interesante. Pocas horas más tarde, en la ceremonia misma del aniversario, me encontré en una mesa redonda en la que participaba en vivo Mario Vargas Llosa y en la que intervenía desde México, vía satélite, el historiador Enrique Krauze. En el puesto de honor, rodeado por los directores de la vieja empresa periodística, se encontraba el presidente Alan García. Cuando me tocó el turno, me permití plantear con la mayor candidez, sin temores reverenciales, por decirlo de algún modo, un punto delicado, de enorme vigencia. Antes advertí que había dejado de ser diplomático hace más de 30 años, en los primeros días de octubre de 1973, y que por tanto hablaba a título puramente personal. Mi punto era el siguiente: el de las reticencias, reservas, temores mutuos, en que nos llevamos el Perú y Chile desde hace más de 100 años, a pesar de nuestra evidente unidad cultural, geográfica, de todo orden. Si alcanzáramos un entendimiento de fondo, sin vuelta atrás, sin criterios del siglo XIX, entre Chile, Perú y Bolivia, toda la atmósfera política del Cono Sur, y por tanto de América Latina entera, sería diferente. Quizá se necesitaban hombres providenciales para lograrlo, pero probablemente existían y a lo mejor estaban en esa misma mesa (detalle que provocó risas y hasta aplausos de la concurrencia).
El presidente García, que escuchaba el debate con suma atención y tomaba apuntes, pidió el micrófono al final, a pesar de que su intervención no formaba parte del programa. Resumió los puntos debatidos sobre democracia y libertad en la región y debo reconocer que lo hizo con maestría, con evidente experiencia académica. Tocó en seguida el tema de las relaciones con Chile y dijo más o menos lo siguiente: que estamos unidos por un destino común, aunque no nos guste, y que somos un matrimonio que tiene sus etapas difíciles, sus malos entendidos, y sus momentos buenos, como casi todos matrimonios. Francia y Alemania tocaron fondo, llegaron al extremo del horror y de la destrucción, y a la salida de la conflagración no tuvieron más remedio que ponerse de acuerdo. Nosotros, en cambio, no hemos llegado al abismo y no hemos conocido la misma necesidad de reconciliación.
Es una versión de la política de lo peor aplicada a las relaciones internacionales, pero no significa, naturalmente, que debamos sufrir mucho más para ponernos de acuerdo al final de un terrible recorrido. Era, más bien, un llamado a la sensatez, una indicación de que nuestras eventuales desavenencias son pasajeras y de que la cordura y la amistad van a prevalecer. En otras palabras, era un llamado a la paciencia y al trabajo diplomático en serio. En lo cual el aporte de Marcel Proust y el de la tía Leonie nunca son desdeñables.

Jorge Edwards es escritor chileno.
Publicado en EL PAÍS, ed. de 26/05/2009

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