Friday, March 27, 2009

Cadencia y culpa, por José Calvo González





Lev Tolstói
Sonata de Kreutzer,
trad. y notas de
Ricardo San Vicente Serrano
Cuadernos del Acantilado, nº 6
Barcelona, 2003, 162 pp.


Tolstói se leyó tarde en España, aunque intensamente. No sucedió antes de 1890, y fue a través de versiones francesas, desde donde también se le tradujo. Sonata de Kreutzer aparece primera de la lista (1896), en la que luego figurarán Resurrección (1900), con prólogo de Clarín, e Ibán el imbécil , o Guerra y Paz y Mi confesión (ambas de 1902), ésta ahora igualmente recién recuperada por Acantilado. La rusofilia literaria benefició sobre todo a Tolstói y Turgueneff. En menor medida a Dostoiewski, a quien casi adelantó el ensayista Dimitry Merezhkovsky (1865-1941) con su novela sobre Juliano El Apóstata (La muerte de los dioses, 1901), que trasladó a nuestra lengua Luis Morote (1862-1913). Éste, republicano con fama de “rey” de la entrevista, logró en 1905 declaraciones de Tolstói en Yasnia-Poliana y de Gorki en su refugio estonio. Eran los días de la guerra ruso-nipona. Tolstói, culpaba al Zar de haberla provocado, y anunciaba consecuencias tan desastrosas como las que padecidas por España en la suya con los Estados Unidos. No se equivocaba.
Los primeros en leer al maestro ruso fueron gentes cultas. Lo hizo Giner de los Ríos, mirando de reojo a Galdós, y Adolfo Posada dice que a Don Francisco llegaron influirle algunas de las “elevaciones ultramísticas” de aquél. Como crítico literario Rafael Altamira demostraba conocerlo bien. Lecturas tuvo asimismo por Dorado Montero, como penalista, tan distinta de la que aprovechó en el agustino Jerónimo Montes, también penalista. Andaba de por medio la discusión de las doctrinas anarco-cristiano-pacifistas. La de Leopoldo Alas, arriba mencionada, se inclina en verle como modelo del santo: “Tolstói es revolucionario, reformista de esta clase; la mayor parte de ácratas, anarquistas y libertarios del día suelen ser de la otra. Tolstói es de los que empiezan por la propia reforma, por la disciplina interior, tanto en su vida real, como en su teoría, representada por la acción de sus personajes”. En 1905, Eduardo Sanz y Escarpín, conservador con sensibilidades reformistas como influido por un positivismo corregido, lo defenderá frente a Melchor Salvá Hormaechea (1838-1918), catedrático de Economía Política y Estadística de la Universidad compostelana, discutiendo de la "cuestión de los sexos". La recepción del movimiento espiritualista y la novela finisecular no originó sólo polémicas literarias. Agitó además las aguas del pensamiento jurídico y social. El rechazo a la literatura de la Restauración alcanzó más lejos y más allá de las divergencias estéticas. La Sonata de Kreutzer y Resurrección de Tolstói ofrecieron algunas de esas oportunidades críticas.
Desde aquel tiempo a hoy la primera de ambas obras es la que menos ha envejecido, aunque los reproches a las instituciones eclesiásticas en Resurrección, que en 1901 provocaron la excomunión de su autor por el Sínodo de la Iglesia ortodoxa, no hayan perdido actualidad. En todo caso, recuperar las observaciones de Sonata sobre las hipocresías sexuales me parece de una vigencia intemporal, y en todo socialmente pertinentes. Así, no parece muy apolillado el juicio de un teósofo, francmasón y ocultista como Mario Roso de Luna (1872-1931): “Si admitiésemos el cristianísimo aserto de La sonata a Kreutzer de Tolstoy, relativo a que los deberes de fidelidad son idénticos en la mujer que en el hombre, cambiaríamos por completo las caducas bases de nuestra sociedad actual” (Aberraciones psíquicas del sexo o El Conde de Gabalis, 1929).
El Consejero Pózdnyshev, respetable burgués y el protagonista del relato, cuenta por qué asesinó a su mujer. Su narración sirve a Tolstói para construir una novela de tesis sobre la hipocresía de los valores e ilusiones que tejen y destejen la institución matrimonial y abren en las crisis conyugales un abismo incapacidad para entender al otro tan profundo que a veces ahonda hasta el crimen. Pózdnyshev ha matado a su mujer en un ataque de celos porque al encontrarla con otro hombre piensa que le estaba siendo infiel. El episodio es demasiado frecuente en una sociedad enferma de pertenencia y despropósito.
Tolstói tomó el título de la Sonata beethoveniana para violín y piano en La mayor núm. 9, op. 47 (Kreutzer). La pieza, en una dificultad de ejecución extraordinaria para el violín, consta de tres movimientos: Adagio sostenuto resto-adagio, Andante con variazioni, y Presto. Violín y piano luchan alma con alma, cuerpo a cuerpo. Tolstoi aprovecha aquella música y la paranoia de los celos: “La música, ese refinado excitante de la voluptuosidad, les unía”. Del resto, tras el crimen, perdura aún la incertidumbre, todavía la duda, la culpa... La atmósfera de dilema, de caída, me recuerda el Dom Casmurro (1899) de Machado de Assis, aunque más O vestido de cor fogo, de José Régio (1901-1969), aquí tan desconocido. Y en la penumbra, también quizá parte de la biografía del autor con Sofía Andreievna, su esposa.
Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 29, ed. de 27 de marzo de 2009, p. 6.

No comments: