Thursday, March 05, 2009

España contra el principio de realidad, por Manuel Arias Maldonado

Mucho se ha venido hablando últimamente del proceso de cambio que, a raíz del compromiso adoptado en Bolonia por veintiséis países europeos para construir un espacio único de educación superior, está realizando la Universidad española. Es razonable que un asunto de tal magnitud movilice numerosas opiniones y aun a unos cuantos estudiantes, empeñados por desgracia en confirmar, con el tenor de su protesta, la necesidad de renovar una institución capaz de producirla. Se han dicho muchas cosas, no sin acierto. Sin embargo, si las críticas formuladas contra esta reforma de la Universidad revelan algo, es el formidable problema que tiene la sociedad española con el principio de realidad. A mi juicio, este es el rasgo dominante de uno de los principales -y más celebrados- argumentos críticos con el proceso en curso: que esconde una renuncia al humanismo y la entrega de la Universidad al mercado. ¡Menos competitividad y más Suma Teológica! Tal podría ser su grito de guerra. Pero, ya sea porque uno pertenece a una generación que -digamos- no creció leyendo a Althusser y Deleuze, ya sea porque uno ha viajado y comparado distintos sistemas educativos y aun sociales, esta crítica me resulta tan noble como incongruente. Y no es una querella menor, porque el modo en que la solucionemos, o dejemos de hacerlo, definirá también el futuro de la sociedad española.
Recuerdo que, hará un par de años, se me ocurrió emplear en el transcurso de una de mis clases -desarrollada, ay, al modo clásico- el adjetivo «fáustico». Ya sé, ya sé; fue un desliz. Di marcha atrás y pregunté a mis alumnos si alguien sabía su significado. No es sorprendente que nadie lo supiera, pero quizá sí, por la reacción de una alumna que, sentada en primera fila, me espetó con retintín: «¡Es que nosotros no somos cultos!» Y aun le faltó completar la frase: ni queremos serlo. Había, en aquella actitud, un genuino orgullo español. Me recordó aquella anécdota que contaba Cioran, quien, de viaje por España, había presenciado en un tren cómo una niña se había arrancado a cantar de modo tan bello que un turista extranjero había querido recompensarla con unas monedas, que la ofendida niña no había dudado en arrojar al suelo. ¡Admirable altivez española!, concluía el filósofo rumano. Sin embargo, quizá no es el tipo de disposición más recomendable para la modernización de la sociedad y la economía: salvo que convirtamos el orgullo en industria.
Mi lenguaraz alumna representa una nueva casta, una generación tan desacomplejada ante el saber y sus rigores, que directamente los desprecia. Pero esa casta es producto del mismo sistema de enseñanza -primaria, secundaria, universitaria- cuya reforma en profundidad, arguyen los críticos, dejará de ilustrar a los alumnos para convertirlos en piezas de la inmensa cadena de montaje del capitalismo. Terrible destino, desde luego. Pero seamos serios: ¿dónde están todos esos humanistas que llevamos años formando? ¿Leyendo a Tolstoi en la playa, discutiendo a Kant sobre el andamio? Naturalmente, no existen. ¡Suprema paradoja! Y este es, precisamente, el principal problema de la actitud defensiva que teme arrojar la Universidad en brazos del mercado: no tiene en cuenta al licenciado realmente existente. ¿Por qué la sola mención del mercado tiene que llevarnos a la tediosa letanía frankfurtiana? Luchemos contra semejante reflejo espontáneo. Imagine el lector por un momento que es empresario -¡sólo un momento!- y un joven viene a pedirle trabajo:
Tengo 25 años. Soy licenciado en Economía por una universidad española mediana. He tardado seis años en hacer la carrera, uno más de lo necesario; como la mayoría de mis compañeros. Vivo con mis padres, en la misma ciudad donde nací; apenas he salido al extranjero. No sé inglés. No leo la prensa.
¿Lo contrataría usted? Difícilmente. Menos aún podremos empezar a superar con este joven -tan ficticio, tan real- el histórico problema de los salarios españoles. Porque sólo el sector público puede pagar salarios con independencia de las capacidades y funciones reales: verbigracia, nuestras provincialísimas diputaciones. Sucede, entonces, que el ominoso mercado pone fin a la ficción estadística que los distintos informes internacionales comparados ponen, una y otra vez, sobre la mesa: la formación de los jóvenes españoles es lamentable y su competitividad laboral ha de serlo a fortiori también. Suele decirse que la economía española no genera suficientes puestos de trabajo cualificados para el conjunto de sus titulados, pero se me antoja que pasa exactamente lo contrario: la sociedad española no produce profesionales lo bastante cualificados para modernizar el sistema productivo. No hacemos más que manufacturar licenciados sin la formación suficiente, en decenas de universidades de provincia apenas distinguibles entre sí. Y eso tiene consecuencias.
Hay que tener en cuenta que un título universitario debe ser un portador de significado de la persona que lo posee: un índice de sus capacidades. No es lo mismo, pongamos, ser licenciado en ingeniería por la Universidad de Berkeley que diplomado en Gestión y Administración Pública por Badajoz. Y en parte, gracias a la libertad de que gozan los alumnos americanos -o alemanes- para elegir una Facultad en razón de su prestigio y construir su currículum: tanto la carrera que escogen como las asignaturas optativas que eligen están llamadas a proporcionarles un perfil profesional. En cambio, el desarrollo del sistema universitario español ha convertido en indistinguibles a nuestros universitarios: tanto vale una cosa como otra, porque ninguna vale mucho. La ausencia de competencia entre universidades ha producido un alumno local que pasa del guiso de su madre al aula universitaria, frenando así el proceso de maduración de nuestros jóvenes y provocando una infantilización preocupante. Dejemos aquí a un lado el hecho de que los españoles no nos caracterizamos por vivir nuestra vida profesionalmente; hace demasiado buen tiempo, se come demasiado bien. Sin embargo, es necesario que el título universitario diga algo fiable sobre la persona que lo ha ganado; de lo contrario, el mercado iguala a la baja: qué le vamos a hacer.
Pues bien, es evidente que eso no lo ha conseguido la enseñanza superior española en los últimos veinte años: ni tenemos humanistas ni tenemos profesionales. Más bien, veranos de tres meses y faltas de ortografía. Es verdad que, mientras no mejoren la enseñanza primaria y la secundaria, poco puede cambiar. Pero también lo es que nada podremos avanzar si nos empeñamos en oponer mercado y Universidad de modo simplista como si siguiéramos encerrados, cuando entonces, en la Sorbona. Esta queja plantea un problema de principio: si la Universidad no está para formar profesionales, ¿para qué está? ¡Ojala pudiéramos ser todos intérpretes de Spinoza! Por desgracia, China no está por la labor.
Es un principio básico de la psiquiatría que un problema sólo puede empezar a resolverse cuando es reconocido como tal por el paciente. Nuestros gobernantes deben empezar a admitir que la sociedad española tiene un grave problema de formación de sus licenciados; problema que no se resuelve simplemente aprobando a un mayor número: ya hemos tenido bastante ficción. Se trata de exigir más al alumno; y si lo hacemos, nos sorprenderá el resultado. De lo contrario, no habrá nunca cambio alguno de modelo: sólo un declive a la italiana manera. En realidad, esa sinceridad es un discurso político ganador. Ojala alguien se dé cuenta a tiempo y pasemos de la negación a la cura.
Publicado en ABC (Madrid) 5-3-2009
Manuel Arias Maldonado es Profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Málaga.

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