Friday, December 26, 2008

Volver para contar, por José Calvo González



Xabier P. Docampo,
El libro de los viajes imaginarios
Ilustraciones de Xosé Cobas
trad. Mª. Jesús Fernández
Grupo Anaya,
Madrid, 2008, 224 pp.
(Col. Infantil y Juvenil)



Sería fácil no vencer la tentación de instalar este libro en el género de viajes imaginarios. Fácil, pero equívoco. Su título, en efecto, lo evoca; su naturaleza, sin embargo, lo rebate. La razón es que desde las Historias Verdaderas de Luciano de Samosata en el s. II y su Icaromenipo, pasando por Estats et Empires de la Lune de Cyrano de Bergerac, o Micromegas de Voltaire, hasta Jules Verne con De la Terre à la Lune el llamado género de viajes imaginarios se hizo demasiado selenita. Otra ascendencia posible, pero de identidad también confundente, acaso recorrería los caminos de la Antigüedad que conducen a la remota Mesopotamia en el poema sumerio de la Epopeya de Gilgamesh, a Grecia preclásica en los homéricos hexámetros de La Odisea, a la perdurable Persia en Mil Noches y una Noche de Galland, Mardrus, Burton, Lane y Paine, o al Alto Egipto de Gastón Maspero en Les contes populaires de l'Égypte ancienne. A mi parecer, sin embargo, el libro de Xavier Puente Docampo (Rábade. Lugo, 1946), tiene ajustada genealogía en otros linajes. Al señalarlos me llevaré por intuiciones, pues pienso que la floresta genealógica es seto que crece hasta árbol para precisamente ocultar el bosque, y que -además, y sobre todo- hace fronda con ramaje electivo.
Uno entre ellos lo discierno en la nota preambular a la edición, por deriva de “manuscrito encontrado”; dos cuadernos de viaje sin data ni localización geográfica acerca de los lugares visitados, de cuyo autor apenas se conoce sino la silueta descarnada de unas iniciales: X.B.R. Memora en mí entonces aquel otro manuscrito hallado, original de un fantasmal Cid Hamet Benengeli. Y es porque don Quijote fue también peregrino; lo importante es el camino y no la posada. “Loco” peregrino del deseo de echarse a los caminos de la aventura. Pero aun antes, todavía otro más según la leyenda preliminar que por emblema se trae del diario de Jules Renard: “la súbita melancolía de aquél a quien le dicen: ¿sabes que me voy de viaje?”. Desde aquí mi derrota discurre por la vereda de dos novelistas franceses: hacia el espejo al borde del camino, de Stendhal, y en dirección a Flaubert, que habló de la nostalgia -mejor que melancolía- como el deseo que se vuelve a representar. Emprendo con todo esto, muy a mi manera, la marcha en pos de la lectura sucesiva, llenando con tres sustentos mi morral: deseo de pasaje, imaginario territorial y pasión nostálgica. El Deseo es una persistencia (no urgencia) por llegar (emerger, brotar) más allá de sí (uno) mismo. La Imaginación no es el deseo que cae fuera de la realidad, sino aquello que la amplia. Y, en cuanto a la Nostalgia, que literalmente significa “el dolor por el regreso”, en tanto que anticipación del movimiento hacia lo que no está, la ausencia, hacia lo contrario que “es”, implica la evocación de un desbordamiento yuxtapuesto; así pues, nostalgia, en suma, como salvación de la melancolía, como deseo de esperanza. Y a partir de aquí, salgo ya a la senda de los textos.
En éstos los hay de dos clases; unos, numerados en romano, hasta treinta, componiendo páginas donde se describen reinos que el viajero atraviesa y detalle de ciudades en las que tuvo jornada; otros, en tercera persona, forman apuntes y esbozos en tonos más reflexivos, sobre gentes y usanzas, o bien coleccionan algún recetario, refranes oídos y remedios aprendidos, dibujo de máquinas, croquis de callejeros, y también más casuales como una lista de pertrechos necesarios o un bando público recogido al paso, o la reunión curiosa como extraña de costumbres lugareñas referidas a mujeres. Con su suerte de identidad particular, unos más y otros no tanto, fueron recordándome la escritura de Álvaro Cunqueiro en sus Viajes imaginarios y reales (1986), quien no era autoridad menor en estos tránsitos. Está asimismo el eco, confesado en homenaje al colofón, de Italo Calvino en Las ciudades invisibles. Reverberan también ciertos imaginarios kafkianos en el laberíntico palacio de Ainale, y con más nitidez en el procesamiento de Asiral. La idea paradójica de Justicia (igual le sucede a la verdad, y a la existencia toda) queda como un logro admirable y una sabiduría profunda tras la estancia en Aruasi. Y es fantasía visual extraordinaria la metáfora del equilibro incierto en la constitución monárquica que ofrece Arimoi con soporte de todo el reino edificado a modo columna de oro apoyada sobre el vértice de un diamante tallado en pirámide octogonal.
Muchos más hechos, ya menudos ya enormes, arraciman en la andadura, bien guiada con las ilustraciones preciosas de Cobas, que Anaya ha rescatado de la edición gallega (Xerais. Vigo, 2008) en una traducción admirable. Pero quizás sea el más valioso de todos aquél que hace pórtico: el viaje concebido como experiencia que alumbra el deseo narrativo. Docampo justifica (da cuenta) de esa nutriente narrativa en dos líneas de envidiable fortuna: “Todos los viajes son un regreso... Es necesario volver para contar lo vivido, para convertir el viaje en relato”.
Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 26, ed. de 26 de diciembre de 2008, p. 7.

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