Friday, November 28, 2008

Pavura del inquietador, por José Calvo González






Gonçalo G. Tavares,
Breves notas sobre o medo
Relógio D'Água Editores,
Lisboa, 2007, 66 pp.
No sobre el miedo del encogido, del pusilánime, o referente al miedo púdico del timorato. Como tampoco del mórbido miedo en el receloso. Se escribe aquí de la turbación, incluso ansiedad, que producen algunas certidumbres estancas, certezas reciamente incontrovertibles, roqueñas convicciones; de esas obstinadas infalibilidades tenaces como doctrinas inconcusas. Y más aún, entorno a la disciplinada insensibilidad, o también el laxo abandono, en la distraída, rutinaria costumbre, de quien ya no recuerda el día que dejó de inquietarse, de pensar a filo cortante, en radical. Es así que aquí se escribe del miedo que no nubla ni paraliza sino, por el contrario, permite observar y distinguir mejor, que redime de la inmóvil quietud, para abandonar lo inerte. Lo inquietante como remedio frente a la apatía, como acceso hacia a la claridad, como cancelación de la dependencia.
Leer a Tavares (Lunada. Angola, 1970), emergido en la literatura portuguesa de pronto, el año 2001, como una revelación, y ya traducido a diez idiomas -editado aquí por Mondadori en nueve títulos, más otros dos en Xordica- es un hallazgo genuino. Le ha venido publicando poesía, novela, teatro, relato, libro infantil la lisboeta Caminhno, donde también Saramago, su bendecidor, en la doble designación de la palabra. Mi complacencia de lector hacia Tavares se inclina del lado de la Short prose; mejor cuanto más concisa y breve. Tavares es ahí excelente y mágico. Sus textos son un prodigio de inteligencia cuando de descubrir la lógica oculta de la vida se trata. Brillante en una ironía que condensa en frases surreales, que abrevia derredores, Tavares es capaz de volatines inesperados y vertiginosos para proyectar la lectura al punto de fuga; esto es, desde donde aquélla comienza a vibrar a pequeños y crecientes intervalos hasta producir la sacudida moral a la desidia y la indolencia. Y siempre con la fineza del inquietador que tantea y calcula de modo preciso y calmoso la dosis necesaria, y sobre todo racional, de pavura.
Nada medroso, y menos espantable, contiene esta sumaria colección de apuntes sobre el miedo, que sin embargo impresiona hasta el estremecimiento. Tavares prorrumpe en la saciedad de la inapetencia de entendimiento, en la gula mental de los no pensantes, pero sin violencias doctrinarias cualesquiera puedan ser, sin tremolar banderas espirituales de clase alguna. Su talento estriba en trastornar con la pavura del inquietador. Y, claro, sus bosquejos, a veces apenas sólo esquemas, conmueven, perturban y alarman, y emocionan también. Traeré algunos ejemplos.
De paladar estoico éste: “Al borde de un precipicio, cabeza abajo, cogido por más ilustre profesor sólo de los pies, el discípulo repite, asustado, la lección de la mañana” (Aprendizaje). A relumbre irónico, como en el fulgor oriente de una perla natural, otro más: “En esas ceremonias y rituales que repiten, con pequeños intervalos de tiempo y con minucia extrema, un conjunto de movimientos y fórmulas verbales, te sientes como en una farsa - alguien te promete, a la semana, lo que ningún humano puede dar en una vida” (Milagro y repetición). Para modelo de dilema, el siguiente: “Guiada, a la vez, por un animal lento y otro rápido, la carroza, desequilibrada, acabará finalmente por inclinarse a uno de ambos lados - y el criado, que asía el látigo, culpará del accidente al animal más lento, mientras la noble dama, allá atrás, en el carruaje, no vacilará en culpar al más rápido” (¿Cómo vivir?). Y todavía, de elegancia ática, donde hallo esta sabiduría: “Como si de la boca de un loco, hace muchos años privado de razón, brotase de súbito una palabra al fin capaz de explicar el mundo, ciertos golpes de azar reúnen, definitivamente, y después de muchos años de desesperación y desencuentros, a un hombre y una mujer” (Acasos).
Tavares, con la imperturbabilidad del vigía, escudriña el horizonte que raya los desafíos ulteriores. Al confín de esa linde, sin posible atajo de escapatoria, se agazapan nuestros miedos, aguardando su oportunidad a muelle de un brinco. La mirada Tavares, armada del catalejo, ahonda e interna ese límite. A partir de él abre la reflexión que cada cual descifra a su manera. El miedo es una emulsión muy personal; el miedo es de gelatina. De la parte segura, el término de esa inquietante zona lo demarcan estándares de acción que aconsejan una prudente inmudanza. Pero, bien sabemos, no existen las éticas indoloras. De la otra, la insegura, la paradójica, la perpleja, es donde tal vez encontraremos las razones para la acción. Porque, como escribe Tavares (Una razón para el actuar): “Si no acudes al lugar, nunca podrás saber si quien grita pidiendo socorro quiere recibir o dar”.
Publicado en diario El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 25, ed. de 28 de noviembre de 2008, p. 6.

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