Friday, May 30, 2008

Solo y en privado, por José Calvo González




Benjamin Constant
Diario íntimo,
trad. Jorge Salvetti
Editorial Alfama,
(Colección Biblioteca del Sosiego), Málaga, 2008, 203 pp.








Escrito entre 1804 y 1816, el Diario íntimo de Constant lo editó por primera vez Auguste d’Hermenthes, hijo de uno de sus primos, y apareció en el vol. XIII de la Revue Internationale (Roma) correspondiente a 1887. Otra edición se debe Dora Melegari, admiradora sin contención de Giuseppe Manzini, impresa en Paris el año 1895 por Paul Ollendorff, ampliada con parte del epistolario con familiares y amigos. Ninguna de ellas fue ni rigurosa ni total, permitiéndose ambos editores la libertad de suprimir párrafos o añadir ideas propias. En realidad, el texto íntegro data de 1952, al cuidado de Alfred Roulin y Charles Roth (Gallimar, Paris). La joven Editorial Alfama, malagueña, rescata una versión sólo fragmentaria, aunque suficiente. No obstante, alguna advertencia sobre esta opción y acerca del criterio selectivo hubiera sido útil. Con todo, me felicito por su decisión, que respeta en lo fundamental el conocimiento de aspectos relevantes para la inteligencia del temperamento emocional y los horizontes intelectuales de Constant. Situados aquí propongo un racimo de preguntas. Son estas: para qué se escribe, qué se escribe y cómo se escribe, y cómo se lee y qué se lee en este Diario intimo.
Para responder a la primera no abunda señalar que el “diarismo” implica una búsqueda, no siempre consciente, de la imagen que el yo tiene de sí mismo. En el caso de Constant esa pesquisa arranca de una muy fuerte conciencia de identidad personal, donde además la deferencia hacia sí mismo es muy elevada, también si no falta de méritos, llegando incluso a una autocomplacencia en exceso generosa. Menor, a menudo, es la consideración hacia Goethe o Schiller, en especial al principio. Por otra parte, lo que en todo diario se escribe adquiere sentido literario desde publicado. Esa conversión literaria de lo a-literario de una confesión encerrada en sí misma, de un texto sin más destinatario que el propio escritor, se produce cuando la posición de lo íntimo rebasa al lugar del otro, es decir desde que se hace pública. En el caso de Constant actúan fuerzas contrapuestas en el movimiento de esa traslación. El diario contuvo en inicio una escritura críptica, una grafía de veladura que preservaba su intimidad. Pero está también, al mismo tiempo, la circunstancia de una programada voluntad de des-ocultación, probada -más allá de alguna tentación por “hablar para la galería”, mal vencida- en la cuidadosa conservación del manuscrito para sus herederos, favoreciendo así, si no instigando, el conocimiento póstumo de aquel testimonio de existencia. La impudicia editora de éstos y la posteridad hizo, en efecto, el resto del trabajo. El fenómeno ya había comenzado en 1830 con la publicación del diario de Lord Byron (Thomas Moore ed., Letters and Journals of Lord Byron, with Notices of his Life, John Murray, London). Es claro, en lo demás, que un “diario íntimo” –sutil denominación introducida por Edmond Scherer, editor de una parte del inabarcable de Henri-Frédéric Amiel (Fragments d'un Journal intime, H. Georg, Genève, 1882-1884)- nunca abdica por entero a la penetrabilidad de una lectura exterior, renuncia que sólo es invencible en el “diario secreto”, y es éste únicamente auténtico si yace con su autor en la misma tumba. A lo último, me encuentro en esto muy inclinado a creer, como Philippe Lejeune y Catherine Bogaert (Journal intime, Histoire et anthologie, Textuel, Paris, 2006) que sólo en el secreto cabría alcanzar la verdad.
Respecto al cómo se lee en el Diario intimo son posibles varias observaciones. La revelación del yo de Constant se lee como el reflejo en un espejo fracturado. Las quebraduras muestran por tanto un yo angulado desde perspectivas oblicuas y en relieve irregular; unas más sesgadas, más parejas otras, allí profundas, superficiales aquí. La lectura en transversal es el único modo de no convertir la cronología de la periodicidad en ilusión de uniforme continuidad. Un diario es siempre diacrónico. En cuanto a las cualidades morales del alma autorretratada, la naturaleza de su confidencia expresa una personalidad muy complicada e indecisa, que el cabo hace sentir desencanto. El estremecimiento de esa decepción no lo causa percibir una imagen delusoria o artificial, sino verificar la que esboza con fidelidad el cuadro autobiográfico que será Adolphe; un joven donde la debilidad, la vacilación, la veleidad, el pesar y el remordimiento se encadenan al turbulento amor por Elléoneore, trasunto ficcional de Germaine de Staël. Los registros de año 1806 incluidos en la presente edición son paradigmáticos.
Finalmente, y muy breve, sobre qué se lee en este Diario íntimo. Si leer, como pienso, es una escucha interior de la escritura, en él se oye –aparte del constante murmullo social y susurro de boudoir, o la irresolución ante dilemas sentimentales- sólo el rumiado de palabra privada, producto patente de una impotencia de palabra pública. Aquí el Diario sí es sincrónico, al punto de que al término del exilio originado con la instauración del Imperio, tras la Restauración borbónica -a la que Constant presta todo su apoyo, excepción del interregno de adhesiva, si bien crítica, colaboración a los cien días napoleónicos- y su posterior elección para la Cámara de Diputados francesa (1819), esa escritura intima se desbarata. El Diario se interrumpe entonces para siempre.
Confío que estas líneas, junto a inaugural bienvenida de Alfama a estas páginas, sean tónico para saborear las privadas anotaciones de un romántico liberal, brújula segura del constitucionalismo europeo, pero extraviado en el norte su íntima privacidad. Sucede con frecuencia.
Publicado en ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 21, ed. de 30 de mayo de 2008, p. 14, Suplemento de Cultura del diario El Mundo Málaga (Málaga).

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