Friday, November 30, 2007

Todorov: la literatura como "pretexto", por José Calvo González

La literatura en peligro, último ensayo de Tzvetan Todorov (Sofia, Bulgaria. 1939), acaba de traducirse al catalán (La literatura en perill), y la publica Círculo de Lectores/ Galaxia Gutenberg. No dispongo de esa edición. Leí por la francesa. Fue, curiosamente, en Barcelona, durante un pasaje dilatado en el Prat, el verano último, practicando turismo aeroportuario de duty free shop que, bien se sabe, sólo procura alternativas limitadas, aunque abundantes. Allí destacan últimamente chocolates y alta tecnología; aquéllos, belgas -Cote d'Or por supuesto- ésta -extrafina, como es lógico- en surtido de teléfonos diseño slim y ordenadores de mano con memoria flash no volátil. Con todo, a la cabeza de la oferta consumista continúan como siempre los perfumes y las bebidas, de variedad tan arrebatadora como embriagante. Muy raras veces se encontrarán lecturas (aparte las visuales de género book table). Una clase tal de recompensa es inusual. Sin embargo -misterios del voltario azar- el hallazgo de ese libro en aquella mal entretenida espera devino del imprevisto a la feliz satisfacción, y más cuando a tan grande sorpresa aún aguardaba otra mayor, agazapada –como suele suceder- en su interior.
Afirmar que este libro es una especie de «caída de Damasco» sería tal vez exagerar. No obstante, las repercusiones acaso puedan medirse en términos semejantes. Todorov abandona a un lado del camino armas y bagajes formalistas propios de su oficio para, más ligero de equipaje, afrontar la literatura como pretexto. A confesión de parte, sincera y espontánea, el autor reconoce que las estrategias teóricas sobre textos literarios asfixian aquello que la Literatura primordialmente aporta: un discurso sobre el mundo. La consecuencia es que el lector extravía la hipótesis de verdad de los textos – “promesa de sentido” me parecería mejor expresión, acudiendo a Elogio de la ficción, de Marc Petit (Espasa Calpe, 2000)- o su posibilidad de impugnación. En un gesto de atrición –al menos como conciencia por quizás no tanto de haber cometido un error, como contribuido a él- Todorov examina la oportunidad del modelo de enseñanza escolar (francés, pero análogo entre nosotros) donde se privilegia el enfoque semiótico, pragmático, de retórica o preceptiva en la inteligencia de los textos literarios, y si conviene seguir haciendo de él “la principal materia estudiada en la escuela”. “Todos esos objetos de conocimiento son construcciones abstractas, forjadas por el análisis literario para abordar las obras; ninguno respeta aquello de lo que hablan las obras propiamente dichas, su sentido, el mundo que evocan”; el análisis de la obras literarias que se practica en las escuelas “no debería tener por finalidad ilustrar los conceptos que acaba de introducir éste o aquél lingüista, éste o aquél teórico de la literatura, sino permitir el acceso a su sentido”, o sea, al “conocimiento de lo humano, que es lo que a todos nos interesa”. La literatura “revela el mundo y nos revela a nosotros mismos”. Una adecuada enseñanza de la literatura sería, por tanto, fundamental “para aprender a pensar poniéndose al lugar de cualquier otro ser humano”.
La propuesta de Todorov se orienta así al reencuentro con los textos, como pretextos -“la literatura no es un simple juego de palabras”- y a la recuperación del sentido. “Por regla general, el lector no profesional (...) lee esas obras, no para dominar mejor un método de lectura, ni para extraer de él información sobre la sociedad en que fueron creadas, sino para hallar en ellas un sentido que le permita comprender mejor al hombre y el mundo, para descubrir en ellas una belleza que enriquezca su existencia; haciéndolo, logra comprenderse mejor a sí mismo. El conocimiento de la literatura no es un fin en sí mismo, sino uno de los caminos reales que conducen a la realización individual”.
Demasiado a menudo la enseñanza de la literatura vive, por desdicha, de espaldas a esa fecunda perspectiva. “¿Por qué estudiar la literatura cuando ella no pasa de la ilustración acerca de los medios necesarios para su análisis?”. La enseñanza secundaria, que no se dirige a los expertos de la literatura, sino a lectores ordinarios, no puede tener el mismo objeto que la superior: su objeto ha de ser el placer literario per se, “no los estudios literarios”. El corolario de insistencia en la inversa y habitual metodología resulta conocido: es en la enseñanza escolar de la literatura donde se comienza a frustrar lectores –primeros lectores- porque se los equivoca sobre lo que la literatura puede ofrecer.
Cuando tanto se habla –en todas partes y con manifiesta futilidad- de educación en la excelencia vale repetir la pregunta que Todorov formula con barthesiana lucidez: “¿Y tener como profesores a Shakespeare y Sófocles, Dostoievsky y Proust, no es favorecer una enseñanza excepcional?”. Aplíquense los responsables de las políticas educativas a tratar de responder la interrogante; y, por supuesto, no sólo de enseñanzas medias, como tampoco con excepción de otras materias (hablo aquí como profesor universitario, y además como jurista).
Por lo demás es claro, también, que tratándose en exclusiva de la educación en literatura esa tarea no sólo atañe a los educadores. Está la crítica de las páginas culturales y, desde luego, están los propios escritores. Respecto a la primera Todorov avanzó posiciones ya en 1984 [su libro Crítica de la crítica (Paidós, 1992 y reimp. 2005), con el subtítulo no menos significativo de Una novela de aprendizaje]: “La crítica no debe, ni siquiera puede limitarse a hablar de los libros”; ha de “pronunciarse sobre la vida”. En cuanto a los segundos, su apreciación (sin pecado de chauvinismo) acerca de la creación literaria francesa (así pues tampoco pecaré yo si la extiendo a la española) no concluye precisamente en mérito: quienes logran vencer las tentaciones del experimentalismo formalista se entregan a la desesperación y al nihilismo, y el mejor de los mundos imaginados se confunde con la gratuita crueldad, la desesperación, si no con el puro solipsismo. El juicio, aparentemente recargado, dispone de suficiente comprobación bastando leer en las sinopsis de las solapas editoriales. El peso de la evidencia es demoledor.
La prevención que Todorov traslada sobre la literatura en peligro no debería tomarse a chanza. Se excede acaso en determinadas generalizaciones. Puede que alguna vez caiga en demasiada simplificación. Pero ni el argumento es insolvente, ni su inquietud está erizada de asechanzas sólo imaginarias.


Publicado en El Mundo. El Mundo de Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 15, ed. de 30 de noviembre de 2007, p. 10.

No comments: