Wednesday, November 14, 2007

El Código civil de Andrés Bello y los cayucos, por José Calvo González

La causa es remota. De tan atrás que casi está perdida. Ahora es muy difícil de recuperar. La ha ido aplastando si no el olvido, acaso la desmemoria en la rutina. A diario, cada mañana, se depositan sobre la playa de la actualidad, que es donde vienen a parar las mareas sin resaca, noticias acerca del hallazgo de inmigrantes irregulares náufragos, y son siempre tan poco diferentes a las de ayer que una y otra vez parecen la misma. Cambia sólo el número, menos el lugar. La situación, por el contrario, nunca; invariablemente, naufragios. De modo más preciso, naufragios de inmigrantes irregulares. Y si su quebranto y desamparo puede todavía conmocionar, ya con menos frecuencia apasiona. Sentir pena es una emoción fácil comparada a la de compadecerse. Pena y compasión son disposiciones éticas del todo diferentes.
Pero no pretendo el desasosiego ajeno; con el propio tengo bastante para estremecerme. Busco poder verbalizar una reflexión que no me admite otro aplazamiento. Asumo, pues, el riesgo de resultar pietista, o acaso un benéfico ingenuo, aun cuando creo que ninguna de ambas cualidades, o aptitudes, me describe moralmente. Sobre todo porque aquí quisiera ceñirla a un terreno extramoral, y en lo posible jurídico.
Hace años que Hans Magnus Enzensberger compuso en La gran migración. Treinta y tres acotaciones (Anagrama, Barcelona, 1992, trad. de Michael Faber-Kaiser) dos parábolas. La primera da cuenta de un grupo de embarcados en una patera –por entonces no se había reparado en cómo la semántica puede servir a recalcular los índices estadísticos, distinguiendo esos botes de los ahora se nombran cayucos- durante la travesía entre las orillas de El Estrecho; a un lado la pesadilla de la desesperación, del otro el ensueño europeo. La angustia, entre golpes de mar, zozobrando en los costados de la balsa. Luego, al encallar de proa en tierra, el arribo a la desolación. Quien reclame circunstancias más particulares acuda a La Patera, de Mahi Binebine (Akal Literaria, Madrid, 2001, trad. de Marie-Paule Sarazin Binebine). En la segunda parábola se relata la actitud de muchos ciudadanos del Viejo Continente que consideran amenazadora la creciente llegada de inmigrantes.
La inteligencia del fenómeno se alcanza sin demasiado problema. La fragilidad ante el naufragio no está en la débil consistencia de las pateras o de los cayucos que transportan inmigrantes irregulares. Los naufragios ya se han producido mucho antes de subir a bordo. En realidad, Europa es la patera, Europa es el cayuco cuyo abordaje, tal que náufragos auténticos, ansían con tanta desesperación como agónica impotencia. Y, por tanto, los inmigrantes irregulares son náufragos dobles, náufragos de ida y vuelta, sobre todo en los casos de rescate y devolución a sus naufragados países de origen.
Las imágenes e informaciones en torno a quienes son la estiba de esas pateras o cayucos, que jamás alcanzan a salvavidas y cuya navegación se convierte tan a menudo en una derrota a la deriva de ninguna parte, si no en el naufragio clandestino, me llevan hasta otras aguas, más confiables para mí, donde puedo fondear esa dilación que no soporto. Forman la ensenada a la que el Derecho me ha traído finalmente. El Derecho, ese buen sextante, mi mejor instrumento para medir los ángulos, y que hasta hoy me ha permitido leer toda carta náutica y patronear con buen rumbo las corrientes variables.
“Los náufragos tendrán libre acceso a las playas”, prescribe el art. 604, inciso 2º del Código Civil de la República de Chile (Imprenta Nacional, Santiago de Chile, 1856), redactado por Andrés Bello (1781-1865). “Las naves nacionales o extranjeras no podrán tocar ni acercarse a ningún paraje de la playa, excepto a los puertos que para este objeto haya designado la ley; a menos que un peligro inminente de naufragio, o de apresamiento, u otra necesidad semejante las fuerce a ello; y los capitanes o patrones de las naves que de otro modo lo hicieren, estarán sujetos a las penas que las leyes y ordenanzas respectivas les impongan”, señala en su inciso 1º. El texto se reproduce en la legislación de otras repúblicas iberoamericanas, como el CCv. de San Salvador (D.L. de 23 de agosto de 1859) en su art. 585, el CCv. de Honduras (de 1º de marzo de 1906) art. 632, o el CCv. de Ecuador (Codificación Núm. 000. RO/ Sup. 104 de 20 de Noviembre de 1970) art. 639. En la sistemática de todos ellos figura al Lib. II De los bienes, de su dominio, posesión, uso y goce, y limitaciones, Tít. III De los Bienes Nacionales.
Reconozco que la primera vez que leí el precepto no pude evitar cierta sonrisa. Pensé si aquel ilustrado modelo de poeta, filósofo, educador, crítico y filólogo, además de legislador, que fue Bello (vid. Alejandro Guzmán Brito, Andrés Bello codificador. Historia de la fijación y codificación del derecho civil en Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1982, 2 vols.), no merecería también una entrada en los registros de la Literatura fantástica, al lado de los cultores de la Metafísica, a la que Borges inscribió como una de sus ramas principales. Hoy estoy convencido de que los congresistas chilenos que en 1855, y otros sucesivamente, aprobaron su texto gobernaban con toda autoridad el timón de su codificación jurídica. No eran pietistas ni ingenuamente benéficos: “Los náufragos tendrán libre acceso a las playas”.
Pero, una interrogante: y a nosotros, náufragos de la solidaridad, qué playa nos acogerá.
 
Andrés Bello (1781-1865)
(Publicado el 14/11/2007 en Inmigración y Extranjería. Revista de Extranjería Intermigra. Espacio abierto de Interculturalidad y Derechos Humanos. Colegio de Abogados de Zaragoza [http://www.intermigra.info/extranjeria/], Revista de Noviembre de 2007. Disponible en http://www.intermigra.info/extranjeria/archivos/revista/CCBello.pdf)

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