Monday, June 11, 2007

Urbs et Orbis, por José Calvo González


La lectura es una acción sensitiva antes incluso que intelectual. La inmediación sensible en que el lector se produce con la escritura está encauzada en los videntes a través del derramamiento de la mirada, y mediante el tacto entre quienes la visión permanece ahondada en una cuenca de oscuridad. El acto de leer comporta ejercicios de recepción que, previos a cualquier constructo estético o hermenéutico (Iser, Jauss, Ingarden y otros), consisten en operaciones perceptivas. También, como Calvino mostró al comienzo de Si una noche de invierno un viajero, en determinadas rutinas ambientales. Pero me interesa destacar aquí las conducidas desde los sentidos. Así, leyendo en un libro nuevo se puede percibir el bienoliente de la tinta estrenada, o si fuera en una edición vetusta la aromática impregnación de otros perfumes acumulados en el tiempo transcurrido. En un libro la lectura ojea y hojea las páginas. En un libro la lectura es una audición interna, al menos desde San Ambrosio, sorprendido por San Agustín en su celda de Milán leyendo sin mover los labios, y que San Gregorio Magno aprovechó para ruminatio de la Palabra por razón de los sentidos en profundo. En un libro el apetito del lector puede convocar el placer gustativo del aperitivo, esos momentos tónicos y golosos de lectura fragmentaria y ocasional, o alcanzar incluso la ávida voracidad de la devoración completa, a veces hasta física, como en el apocalíptico “Toma y cómelo; te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel” (10:9), que fue sazón tóxica de la trama en El nombre de la rosa y mortal develamiento en la heliogábala deglución del bibliotecario ciego Jorge de Burgos.
Me lleva el hilo de esta reflexión al ejemplar de la obra que, coeditada por la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida. Venezuela, 2006) y el Centro Nacional del Libro, el correo con su autora, Margarita Belandria (Canaguá. Estado Mérida, 1953), me obsequió pocas semanas atrás de ésta. Sus impresores lo han compuesto como un libro que ha de invitar al lector a convertirse en prestímano, pues en efecto se maneja entre las manos permitiendo una suerte de prestidigitación que trasmuta los géneros de su escritura. Basta la rotación de un molinete vertical para que de esa pirueta su lectura pase de la narrativa a la poesía, y viceversa. Así, Qué bien suena este llanto, una novela corta, voltea a Otros puntos cardinales, un poemario.
Ahora bien, lo asombroso de esta transformación no resulta en ese malabar, aún si hábil y muy atractivo. En realidad, siempre más allá del buen oficio de los diagramadores, la pericia técnica de la imprenta o el feliz diseño de los textos, tanto el mérito de la magia como el prodigio de la acrobacia sólo e íntegramente pertenecen a la escritora. Y es que Belandria, profa. del Dpto. de Metodología y Filosofía del Derecho de la Universidad de los Andes, posee la virtud de una voz literaria capaz de dos registros, prosa y verso, relato y poema, que como indistintos cara y cruz, anverso y reverso, hace girar con la sugestiva destreza de un arte de palabra personal y propia. En Qué bien suena este llanto, continente de una profusa creación de personajes, algunos con recorrido de vida ficcional paralela a la mejor tradición del mágico realismo latinoamericano, tiene la viva riqueza del lenguaje responsabilidad extraordinaria al fabricar el embeleso de un imaginario cautivante. Belandria prueba sobrado buen oído del habla natural y espontánea, que capta, traslada y hace circular con agilidad y fluidez. Léxico caudaloso y abundancia de historias se funden con efecto de circundar el albur emocional de una mujer cuya identidad acotan la generación de un cosmos familiar, donde el protagonismo es coral, y la demarcación contextual entre dos momentos en la Venezuela contemporánea, aunque apenas indicados como hitos de referencia o señalizaciones liminares; caída del dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958 y devastadoras inundaciones de finales del 1999 por desbordamiento de ríos y quebradas de las vertientes Norte y Sur del Cerro El Ávila, al noroeste de Caracas, cuando también acababa de promulgarse la Constitución Bolivariana, que asimismo otro torrente anegó y arrastró más tarde. Serán así dos historias. Una, la historia privada de un desencuentro amoroso en tiempos tal vez paradójicos, pero más utópicos que hoy. La otra, una historia amor social, de amor civil o cívico, amor en la ciudad, amor ciudadano, cuyo colofón es la última línea: “los pueblos son como los niños: luego tiran aquello por lo que han llorado”.
En cuanto a Otros puntos cardinales, que toma título en el verso final de “Otros tejados” (“Cuando los aguijones de la soledad se claven en nuestros aposentos/ estarán nuestros ojos/ en espejos desteñidos/ en tejados diferentes/ Otras puertas/ se abrirán a nuestras sombras/ Mañanas menos tibias./Crepúsculos más pálidos/ Otros puntos cardinales”), reúne casi medio centenar de composiciones, de imprecisa data, salvo tres de ellas, fechadas de mitad de los 80 al 95. Les incumbe en su mayor parte un alma adelgazada en la tristeza, doliente por el retorno –eso es la nostalgia- “a la niña que juega con zafiros”. Pero este susurro de ovillar recuerdos y soledades será sólo una memoria fascinada, pues al cabo, “la voz que desciende vertical/ que despoja y que calcina” desgarra el cendal descubriéndola desolación y ceniza; “Nada poseo salvo el tedio fracturado/ en un montón de cristales desteñidos”, o “ya son nubes las horas de la niña”. Es hasta entonces la cartografía de un orbe mustio, de querencia equinoccial, en mareas de días iguales a las noches, que es tanto como “de noches sin mañanas”, que es tanto como durar “en la tarde que jamás declina”, en “la noche larga que sigue con lealtad/cada una de mis horas”, “en la noche infinita” de cualquier día. El canto, que así sabe situarse (“Ilusiones salvajes tejió/con tesón la fantasía./ Vengo de un mundo/ donde nada duerme”; “Yo, domicilio de todo lo perdido”) indaga en adelante el hallazgo de otro orbe, de puntos cardinales diferentes, guiado hacia extravagantes latitudes, lo que no equivale a lugares descaminados o desorientadas regiones. Ese nuevo orbe donde el pálpito no recibe la taja del desencanto y la desesperanza de “perennes mañanas sin rocío”, que ya se entrevé levemente en alguna estrofa de “Queda lumbre”, vislumbra más nítido en “Una larga larga mirada” (“atisbo la esperanza,/ me aproximo”). Y sobreviene, acaece y surge en “Mago”: “Antes de ti las horas yertas (…) Cuatro letras pronunciadas/ encienden los candiles y la vida./ Entonces mis ojos estrenaron nueva luz”. Proferir ese Tetragrámaton natural, no el de aquel impronunciable nombre del Eterno, impía nominación del Verbo, o sea, articular la dicción que evoca el más íntimo de todos los misterios humanos, el Amor (“Vivo solamente si me dueles,/si ardes como antorcha entre mi carne”), resulta en cuatro alternativos puntos cardinales, puntos de fuerza, únicos verdaderamente capaces de refigurar el mapa del mundo.Mi lectura de este libro, múltiple y unitario a la vez, concluye en la deseante espera de un no demorado nuevo título, ojalá que ya muy próximo.
Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 13 ed. de 1 de junio de 2007, p. 6.

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