Monday, April 02, 2007

Dinesen y la parábola del banquete, por José Calvo González




Isak Dinesen
El festín de Babette
Nórdica Libros,
Madrid, 2006. - 80 pp.

Karen Christence Blixen-Finecke (Rungsted, Dina-marca 1885-1962), Isak Dinesen en su pseudónimo literario más frecuentado, escribió en 1952 un cuento al que tituló El banquete de Babette, luego compendia-do junto a otros dentro de Anécdotas del destino (1958). Alfaguara lo publicaría en España por primera vez el año 1983. Lo hace ahora la editorial Nórdica Libros, recogiendo la traducción original de Francisco Torres Oliver, refrescada en la luminosa palabra festín, y al texto añade también la imaginación ilustradora Noemí Villamuza. Estrena así una novedad llena de belleza verbal, disfrutada además en la fantasía del dibujo. Dinesen se agrega a la colección que abrió con Lenz de Georg Büchner, al que fue propenso Kafka, ilustrado por Alfred Hrdlicka. En esa línea nos aguardan para esta temporada más lecturas maravillosas e imaginaria mágica.
La historia de Babette se data hacia 1885, en Berlevaag, poblado de la Jutlandia noruega, provincia del noroeste, establecido por un pastor luterano en comunidad piadosa. A la muerte de éste allí prosiguen sus hijas, Filippa y Martine, ya “lejos ambas de la primera juventud”, perseverando el testimonio paterno. Allí también acogieron Babette, sospechosa de communard, cuando el vientre balzaquiano de París se hallaba en plena digestión revolucionaria. Era cocinera y la tomaron de sirvienta por carta de recomendación de Achille Papin, cantante de ópera, antiguo pretendiente de Philippa. Tuvo asimismo en aquel tiempo Martine su enamorado, el apuesto teniente Lorenz Loewenhielm. Han transcurrido quince años y entre ellas tres la vida ha ido sucediendo en una sobria y hermética existencia. A tan enflaquecidas biografías correspondió la no menos lacónica dieta, rutinariamente parca, de una cocina sin ambiciones; frugal sopa de cerveza y enjuto guiso de bacalao por única sumaria complacencia. Y los calendarios siguieron adelgazando, a igual ritmo que sus desnutridas almas. Mas Babette juega un día la lotería, y el sorteo le premia. Diez mil francos le ha de traer esa suerte, que decide aplicar a la preparación de una cena que conmemore el centenario del nacimiento del venerable patriarca, reuniendo a la mesa a quienes fueron sus más fieles discípulos, ahora parece que algo distanciados. Tal idea y forma de festejar el aniversario ciertamente inquieta a las timoratas hermanas, dudosas de si el modo de celebración no será inapropiado. Pero, aunque medrosas, al fin acceden, porque nada y nunca antes les pidió Babette. Comienzan, pues, los prolegómenos para el festín. Filippa y Martine, entre apocadas y llenad de pasmo, asisten al recibo de viandas sabrosísimas y manjares deliciosos que Babette hace traer de París. A la suculenta pitanza de alimentos se acompaña la llegada de un surtido en vinos finos y apetitosos para mejorar el goce exquisito del condumio. El menú compuesto quiere regalar a los comensales con la expresión más exquisita de la culinaria francesa; un dominio, en todo desconocido de todos, que antaño estuvo elocuentemente reservado a Babette, meritísima chef de Café Anglais, el más afamado y principal restaurante de los bulevares parisinos. Los invitados, no obstante, han prevenido el paladar contra el contento del deleite; cualquier placer de los sentidos es indecente, y pecaminosa la delectación. Así, no saborean, y resisten el elogio. Sólo Loewenhielm, ya en el generalato, extranjero como Babette, despierta poco a poco a los disfrutes; la evocativa memoria de andanzas en la vida mundana le permitirá reconocer e identificar plato a plato delicadezas, suavidades, refinamientos, elegancias. Papin colaborará igualmente. Va el resto siendo despaciosamente atraído y seducido y hechizado. Entonces, una fascinante renovación acaece como epifanía, en festividad que disuelve recelos y aprensiones, que estimula a la dicha, que conmueve al júbilo. A los postres abre paso la alegría de corazón, antes limitada en emociones cohibidas, y van todos –menos Babette que permanece atareada en la cocina- a bailar y cantar bajo la Luna en mitad de la fría noche de aquella nórdica nación. Y la vida renace de lo inerte.
Gabriel Axel hizo con este cuento un ejemplar guión cinematográfico, y la película, que también dirigió, recibió galardón en Cannes, y Oscar en 1988 al mejor film en lengua no inglesa. A Babette la encarnó Stephane Audran. Ya antes, otro más de los contenidos en Anécdotas del destino, “Una historia inmortal”, aprovechó a las pantallas, rodado por Orson Welles, en España, con Jeanne Moreau (1966). Y en medio de ambas la adaptación por Kart Luedke de Out of Africa (1937), dirigida por Sydney Pollac, distribuida aquí como Memorias de África (1985), que cosechó siete oscares, aunque no a la memorable interpretación de Meryl Streep en el papel de Dinesen. A buena literatura, bien cine.
Babette es un relato sencillo, una parábola, donde saciarse de enseñanzas. Porque está llena de auténtica sabiduría, que no consiste en saber más sino saber mejor. En efecto, supo Dinesen que la “anécdota” alimentaria prestaba ocasión perfecta para actualizar una vieja, nunca rancia, metáfora. Es fácil, creo, acudir a los symposia platónicos, o al convivium romano, cuya riqueza etimologica además de guiar hasta banquete conduce a convivir como entenderse y comprenderse. Pero quiero intentar una alternativa diferente, y arriesgo la bíblica. Pasajes del Nuevo Testamento (Mateo 22, 1-10; Lucas 14, 15-24) hablan del convite anunciado a los más humildes y sumisos, que los poderosos excusaron o desatendieron, y del invitado pretencioso que sentó a la mesa en lugar preeminente y fue luego removido. Y en Ap. 19, 9 se llama bienaventurados a los llamados a la cena del Cordero. Hay sin embargo un fragmento del profeta Isaías (25.6) que condimentaría mejor que ningún otro el metarrelato de Dinesen. Es allí donde anuncia esta promesa: “Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados. Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros”. Los últimos versículos declaran que ese banquete será salvífico, festín de la vida en plenitud, sin amenaza de muerte y dolor. La divinidad, como escribió santa Teresa a sus monjas, “anda entre los pucheros”. Dios metido en faena de perolas, calderos y fogones para la gran cena de la salvación. Dinesen concibe una todopoderosa cocinera Babette, capaz de aderezar con divino arte, de sazonar –sal de la vida- el insípido existir de mortificante austeridad que ha sometido a represión y castigo los cuerpos y espíritus de aquellos lugareños. Festín de comida y bebida reconstituyente y liberalizador. El arte del banquete como salvación total, que además alcanza e incluye también a Babette. Aquella cena espléndida como obsequio a sus invitados, pero también a sí misma. Porque el arte es siempre junto a salvación de otros, asimismo del propio artista. El artista que no convida al banquete de su arte no sólo nos priva de su disfrute, que es la representación más portátil de la eternidad, muere él mismo. La astenia fatalmente lo devorará, engulléndolo en una deletérea finitud.
Y ahora, la lectura ya está servida.




(Publicado en El Mundo. El Mundo Málaga (Málaga), Suplemento de Cultura ´Papeles de la Ciudad del Paraiso´, núm. 11 ed. de 30 de marzo de 2007, p. 14.

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