Saturday, January 06, 2007

Terror, tregua y mentiras, por Andrés Neuman

Pese a los esfuerzos de los distintos presidentes, a la incansable persecución policial y a las represalias judiciales, la única evidencia es que ETA no se ha rendido nunca PESE a la humareda, trataré de ser claro. Con tantas esperanzas rotas, tanta furia ciega y tantos intereses políticos en juego, no es precisamente la claridad lo que está predominando. En primer lugar, lamento sinceramente el fracaso de un proceso de diálogo que se inició de la manera más digna: mediante una consulta al Parlamento. Cosa que no habían hecho ni el Gobierno de González ni el de Aznar en sus respectivos intentos fallidos. En segundo lugar (y por muy incorrecto que suene decir algo que mucha gente piensa) opino que el Gobierno sí debió haber realizado determinadas concesiones, como en toda negociación. Concesiones, por supuesto, dentro de unos límites muy precisos e igualmente consultados al Parlamento. Al fin y al cabo, nos moleste o no admitirlo, las primeras concesiones las hizo ETA declarando una tregua y dejando de matar durante tres años. Y, como los etarras no forman una cooperativa solidaria sino un nauseabundo grupo terrorista, para que esa dinámica parcialmente pacífica siguiera avanzando por su parte, era necesario dar algún paso por la otra parte. Pretender una renuncia espontánea y gratuita significa no entender qué es una negociación, carecer de memoria o creer en Superman. Porque llevamos ya 40 años aguantando, sufriendo y esperando. Y, pese los esfuerzos de los distintos presidentes, a la incansable persecución policial y a las represalias judiciales, la única evidencia indiscutible es que ETA no se ha rendido nunca. Ni ha dejado de mostrar, cada vez que le ha dado la gana (y en contra de lo pregonado por el PP), una aterradora capacidad para quitar vidas. Eso es lo que hasta ahora hemos tenido. Lo demás son hipótesis. En tercer lugar, pienso que el PP (cuyo anterior presidente negoció, ofreció generosidad, movilizó un buen número de presos y hasta llamó públicamente a ETA «Movimiento Vasco de Liberación») ha creado, con su postura intransigente y demagógica, un ambiente en el que cualquier mínima concesión resultaba imposible. Hemos escuchado hasta el hartazgo la coletilla del «precio político» de negociar. Me gustaría que alguna vez discutiéramos sobre otro precio más terrible: el precio humano de no negociar. Porque, mientras algunos héroes impostados enarbolan las banderas del purismo inquebrantable, los cadáveres inocentes siguen acumulándose. En cuanto al fin de la tregua y el diálogo, ambas cosas me parecen irreversibles, al menos mientras la coyuntura no dé un giro radical. En esto sí que no deberían caber ambigüedades. Poco importa si la verdadera intención de ETA era matar a alguien, o si (como parece probable) más bien planeaba dar una especie de ultimátum espectacular. Entre matar realmente y cometer un acto en el que una vida humana corra peligro, no existe ninguna diferencia ética. Y, aunque no hubiese habido víctimas mortales en el aeropuerto, ese atentado habría sido de todas formas un chantaje inaceptable, y no una mera incidencia dentro de una negociación. ¿Y Batasuna? Ciertamente, el atentado ha demostrado que son los comandos los que dan las órdenes, y que a ETA le da igual que sus representantes políticos puedan concurrir o no a las elecciones. Desde luego Batasuna ha perdido cualquier legitimidad como interlocutora. Lo que ya no veo tan claro es que su futuro político sea tan negro como lo pintan: estando como están cada vez más alejados de las estrategias de la banda, bastaría con que los abertzales se desmarcaran del terrorismo y consumasen la fractura con ETA, para volver a la legalidad y obtener incluso más apoyo del habitual en las urnas. Durante estos delicados meses de esperanza, el PP ha mantenido una mezquina deslealtad hacia el Gobierno. Su estrategia política ha sido obvia: después del desastre del 11-M, no podían permitir que el PSOE se apuntara también el tanto de la paz (si es que el PSOE pensaba apuntárselo, que supongo que sí). El mismo día en que ETA declaró la tregua, Rajoy dio una penosa conferencia de prensa en la que sólo puso objeciones y se olvidó de manifestar su apoyo al Gobierno. Ese ha sido el comportamiento de su partido hasta el día del atentado en el aeropuerto. Desde entonces, sus líderes no han dejado pasar ni una sola oportunidad de criticar ventajistamente un fracaso que por desgracia ellos también padecieron a finales del 99, y sin ningún castigo por parte de la oposición, que por entonces tuvo un comportamiento ejemplar. Ahora bien, mal haría el Gobierno amparándose en este antecedente y manteniendo una actitud victimista. Al contrario, lo honesto sería analizar los errores cometidos (empezando por la imprudente alocución navideña de Zapatero) y las razones concretas de este fracaso. Y, sobre todo, pienso que sería urgente promover de una buena vez un frente único y multipartidario contra el terrorismo que englobase a todos los demócratas, empezando (claro está) por el PP, sin cuyo consentimiento no debería volver a intentarse ningún nuevo proceso. ¿Cómo es posible que aún no hayamos asumido que la desunión entre los distintos partidos democráticos favorece al enemigo criminal, dándole margen de presión y de maniobra? Este país no puede continuar dividido en lo esencial ni seguir fingiéndose bipartidista. Aunque mucho me temo que, en este asunto, nos queda tanto trecho por recorrer como en la lucha antiterrorista.
Publicado en Diario SUR (Málaga), ed. 6 de enero de 2007

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