Friday, January 26, 2007

Niños que no cuentan, por José Calvo González

La ONG Save the Children organizó en noviembre de 1998 en el centro FNAC de Madrid una muestra fotográfica que presentaba con el título La Ley de los Niños. La exposición fue inaugurada por Ana Rosseti. Tengo frente a mí su catálogo donde, junto a las imágenes, también aparecen fragmentos resumidos de diversos artículos de la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, de 1989 (ratificada por España en 1990), y textos de varios escritores españoles. Uno ellos pertenece a Felipe Benítez Reyes, del que entresaco estas líneas: “En los cuentos infantiles suelen aparecer brujas que vuelan montadas en escobas como representación del miedo y de la noche. Pero hay niños secuestrados por las brujas del dolor, de la enfermedad y la miseria. Y niños condenados antes de nacer. Y niños que nos miran con sus grandes ojos suplicantes y aterrados, sin comprender por qué razón es la muerte su única compañera de juegos”.
¿Por qué he recuperado ahora este ejemplar de las baldas de mi biblioteca? En mi decisión han intervenido circunstancias ocasionales, y razones de carácter más permanente. Entre las primeras recordé algunas informaciones que este año publicó la prensa relacionadas con la celebración en nuestro país del día de Halloween (contracción de All Hallow's Eve, o Víspera del Día de los Santos), cuya popularidad parece ir en aumento. Por las segundas recordé asimismo que apenas un mes antes –Roma, 95ª Conferencia Internacional del Trabajo, septiembre de 2006- se dio a conocer el Informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance. Allí se nos revela que la agricultura ocupa el 70% del trabajo infantil en el mundo. “Algunas actividades agrícolas -como la preparación y aplicación de plaguicidas o el uso de algunos tipos de maquinaria- son tan peligrosas que se debería prohibir totalmente que las realicen los menores” explica en él Parviz Koohafkan, Director de la División de Desarrollo Rural de la FAO. En ese sector económico trabajaron en 2006 más de 150 millones de menores de 18 años, lo que representa casi el 70% del total mundial. Las tasas más elevadas se registran en Asia y África. “En el mundo hay unos 246 millones de niños trabajadores y el 8% están en Latinoamérica”, señala el activista Kailash Satyarhti, presidente de la Marcha Global contra el Trabajo Infantil y de la Campaña Global para la Educación. Por último, recordé también el estudio acerca de la Explotación sexual comercial infantil en los viajes elaborado por UNICEF y divulgado en este mismo mes de enero de 2007. Para España se recogen 252 casos en los que menores fueron víctimas de algún tipo de abuso: 69 niñas y un niño prostituidos; 47 en redes pornográficas y 135 en delitos de corrupción. No hay datos, sin embargo, relativos a españoles detenidos por mantener relaciones sexuales con menores en destinos habituales del turismo sexual como son los países del Caribe y Centroamérica, a pesar de que la legislación española ya contempla la extraterritorialidad para juzgar los casos de abuso sexual o prostitución. El responsable de Derechos de la Infancia de Unicef-España, Gabriel González Bueno, no se llama a engaño y cree que la estadística ni es demasiado fiable, ni desde luego tranquilizadora.
He recordado todo lo anterior porque, ciertamente, existen niños que viven una larga noche de brujas sin amanecer, toda su vida (breve). Es, en efecto, la vulnerabilidad de los niños trabajadores, de los niños objeto sexual turístico, por no hablar de los niños soldados y los huérfanos de guerras, de los niños VIH/SIDA en regiones donde esa enfermedad es endémica, ni de la hambruna infantil, ya también instalada en los arrabales de grandes ciudades (por ejemplo, la desnutrición severa y decenas de fallecimientos por inanición en la conurbación del Gran Buenos Aires hace apenas tres años), ni del oscuro y terrorífico mercado de órganos infantiles. Todos ellos son niños en su mayoría invisibles. Son los niños que viven en el interminable horror de un amargo Halloween, un Halloween sin dulces ni golosinas. Son niños a los que no se tiene en cuenta, niños que no cuentan. El art. 12 de la Convención proclama no obstante lo contrario; que el niño es portador del derecho a una palabra que deber ser oída, tenida y tomada en cuenta.
Y todo esto me trae a la memoria un libro excelente, que conservo en mi biblioteca y recupero ahora para esta página. Lo publicó la editorial valenciana Media Vaca, que dirigen Vicente Ferrer Azcoiti y Begoña Lobo Abascal, y sigue vivo y accesible en librerías. En su fondo se mantienen tres colecciones. Así, “Grandes y Pequeños”, donde el pasado año apareció Un perro en el grabado de Durero titulado “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, con texto de Marco Denevi e ilustraciones de Max. Y también la colección “Libros para Niños”, donde ya lo hicieron, entre otros, Pelo de zanahoria de Jules Renard, El arroyo de Elisée Reclus, o Los niños tontos de Ana María Matute y Alfabeto sobre literatura infantil de Bernardo Atxaga. Está, finalmente, la Colección “Últimas lecturas”, cuyos últimos y más recientes títulos son Garra de la Guerra, de Gloria Fuertes (2002), y No hay tiempo para jugar. Relatos de niños trabajadores, de la socióloga Sandra Arenal, con xilografías de Mariana Chiesa (2004). A éste en concreto voy a referirme.
Reúne 50 breves historias de vida de niños y niñas trabajadores de la ciudad mexicana de Monterrey. Sus protagonistas no son personajes de ficción, y rondan edades que oscilan entre los 9 y 16 años. Utilizan un lenguaje llano. Ofrecen el relato de sus condiciones de trabajo y del trato que les dan los mayores. Es un libro excepcional porque da la palabra para que cuenten a niños que no cuentan. Su trabajo les ocupa en las manufacturas textiles para exportación, o son vendedores, prostitutas, albañiles, criaditas, basureros… El territorio de la infancia no es para ninguno de ellos una Arcadia feliz. Trabajan en pésimas condiciones, asumiendo tareas de adultos. Reciben salarios miserables, destinados al mantenimiento de sus familias, acaso a sufragar estudios elementales, y por lo general apenas para sobrevivir. A veces sueñan, pero nunca con la Esperanza. Los testimonios son extrapolables a infinidad de otros lugares. En ninguna parte faltan ejemplos: en la India, niños de los “talleres del sudor” que fabrican vidrio en Firozabar, o niños pulidores de piedras preciosas de Jipur y Surat, que tallan el 65 % de los diamantes extraídos en todo el mundo; en Brasil y República Dominicana, niños esclavos de las plantaciones de caña de azúcar; niños desguazadores de Bangladesh, niños recolectores de jazmín en el Delta del Nilo durante la entera noche y hasta que el Sol despunta, niños-topo de Colombia, niños siervos de Pakistán que modelan ladrillos, niños mendigos de Marruecos, niños de “la chureca”, como yo los he visto, en el vertedero de Managua … Niños que atestiguan una infancia inmisericorde.
He releído sus sencillas narraciones, escenas tremendas de aquellas existencias. Y he oído la voz heroica de su relato: la historia de los niños que no cuentan.
(Publicado en diario El Mundo. El Mundo Málaga. Suplemento Cultural Papeles de la Ciudad del Paraiso, núm. 9 ed. de 26 de enero de 2007, p. 14)

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