Sunday, December 24, 2006

Robert Walser, la locura del escritor invisible, por Toni Montesinos

El autor suizo apareció muerto sobre la nieve en el jardín del manicomio de Herisau el día de Navidad de 1956.
La biografía del suizo Robert Walser (1878-1956) es uno de esos casos en los que la vida y la obra se mezclan con una personalidad particular -desequilibrada, romántica y tierna- y un destino tan extraño como atractivo. Walser quiso pasar inadvertido por la existencia, ocupando puestos secundarios, trabajos ignominiosos en los que, sobre todo, desarrollar su capacidad de observación. Escribió mucho, quince libros, y su éxito fue extraordinario en los años en que ofreció sus narraciones, sólo en el periodo 1904-1925. Luego, vendría el silencio, el ingreso en el manicomio de Herisau, y una muerte bella y rara, de repente sobre la nieve, un día de Navidad. Para quien aún no conozca la trayectoria de Walser -gracias a la editorial Siruela, sus obras se han ido abriendo hueco en los últimos años, obteniendo un enorme interés- es el escritor que más se parece a Kafka, tal vez también a Pessoa. O éstos son los hijos naturales de una actitud frente a la vida muy especial: la de negarse, enclaustrarse, parapetarse tras un empleo mediocre para, en la soledad de los propios pensamientos, ir escribiendo ajenos a los designios del mundo. Microgramas En su adolescencia, Walser trabajó de botones; después se trasladaría a Berlín, donde viviría entre 1905 y 1913 y asistiría a un curso para aprender a servir en casas aristócratas -fue sirviente seis meses en un castillo de la Alta Silesia-; luego, en Zúrich, sería criado de una rica mujer judía. Le esperaban una librería, un archivo, un banco, una compañía de seguros... Una vida gris, pero también una literatura excelsa. Así lo vio, en su momento, Kafka, entusiasmado por la novela «Los hermanos Tanner» (1907), o Hermann Hesse, que quedó fascinado tras leer «Los cuadernos de Fritz Kocher» (1904). Décadas después, autores tan relevantes para las letras germanas como Robert Musil y Walter Benjamin valoraron la obra de Walser, al que recuperaron del olvido que había provocado el silencio de sus últimos años. De hecho, deja de escribir en 1925 tras el relato «El bandido» -la historia de un hombre enamorado de una camarera que el autor, al parecer, no pensaba publicar-, aunque durante los dos años siguientes continúe redactando pequeñas piezas que, precisamente ahora, han sido rescatadas con el título «Escrito a lápiz. Microgramas» (Siruela), en dos volúmenes, y después de una tarea infinita. Esta labor consistía en descifrar la letra microscópica de Walser, una tarea que los editores tardaron quince años en realizar pero que ha dado frutos formidables: gran cantidad de escritos narrativos, poéticos y teatrales. En ese periodo, pues, Walser se aleja de la escritura mientras va padeciendo sus primeras crisis depresivas. Su afición ahora es caminar por Berna y Ginebra, a veces toda la noche, de ciudad en ciudad. Intenta torpemente suicidarse, y al fin su hermana Lisa pone cartas en el asunto: lo ingresa en el hospicio de Waldau en 1929, a los cincuenta y un años. Después, lo trasladarán al asilo de Herisau, donde permanecerá hasta que le sorprenda la muerte en pleno paseo. Walser no escribe nada allí, incluso se siente bien, fuera del mundo, pasando desapercibido de forma absoluta. Así lo encuentra una especie de mecenas deseoso de recuperar sus obras, Carl Seelig, que empieza a visitarlo en 1933. Las conversaciones, las caminatas que emprenden juntos, llevarán a Seelig a escribir «Paseos con Robert Walser», un documento precioso de la vida del autor. El editor Jesús García Sánchez escribió en 1984: «Walser habla de cosas a veces inmencionables. En ocasiones ni siquiera lo hace de modo directo, basta con aludir a ellas. Para describir en “Jakob von Gunten” a Sacht, uno de sus compañeros en el siniestro Instituto Benjamenta, centro donde se forman los criados, dice: “Tiene un rostro blanquísimo y unas manos largas y delgadas, que expresan un sufrimiento espiritual sin nombre”». Walser se identificaba con Hölderlin, el poeta alemán que también pasó una larga temporada en un manicomio. En un sitio así uno podía consagrarse a las pequeñas cosas, a deambular, a soñar, a cumplir a rajatabla con una vida alejada de las reglas sociales, los empleos y las obligaciones. Dice Seelig que Walser estaba «pálido como una muchacha un poco anémica» cuando fue encontrado en la nieve, en Navidad, hace cincuenta años.
Publicado en el diario LA RAZÓN (Madrid), 24.XII.2006.

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