Friday, December 29, 2006

Que aunque neglo, gente somo, por José Calvo González


El año 1984 y con el título de Gozos para la Navidad de Vicente Núñez publicó Pablo García Baena en el sello editorial Hiperión diez “juguetes navideños”, evocativos de las composiciones cantadas en las iglesias durante los octavarios del Niño recién nacido. De entre ellos, uno, “Espiritual negro”, recreaba el género del villancico de guineos, de tanta popularidad en nuestra Península y los territorios americanos de la Corona española durante el s. XVII. Entre sus estrofas se lee: “Negra, vente pa Belena./ ¿Pues qué pasa, Magalena?/ Pasa el carnaval de Río,/ samba y frío;/ pasa el rey don Baltasara,/ chirimía y algazara/ con nuestros primos del Congo, / mambo y bongo,/ asándar de Tombutú”. En la nostalgia infantil del poeta cordobés “oscura era la Virgen Pura/ y el Niño de Cañadú,/ miel morena”. No vendré a rectificar sus añoranzas. Pero otro poeta cordobés, el primero de todos, Góngora, retrató en dos de sus letrillas sagradas, Mañana sa Corpus Christa (1609) y ¡Oh, que vimo, Mangalena! (1615), compuestas ambas para la Fiesta del Santísimo Sacramento, una vivencia menos dulcificada (Letrillas, ed. Robert Jammes, Ediciones Hispano-americanas, Paris, 1963).
Hoy el olor de la esclavitud negra en España y sus colonias parece desvanecido. Tal vez el tiempo sea ciertamente una forma de reparación, y ha trascurrido mucho desde los días en que D. Luis las escribió. Pero el tiempo es también, casi siempre, demasiado impuntual; le es propio el retardo, que viene a ser un a modo de recordatorio para expiaciones imperfectas. Ahora las calles de numerosas ciudades están en prórroga. Porque, como en los siglos de esclavitud, abundan figurantes y extras africanos en el casting de reyes Baltasares y su séquito de pajes. Y así, creo, no empacha hacer algo de memoria.
Los letristas y músicos españoles y novohispanos del Renacimiento y del Barroco, animados por la Iglesia, crearon un amplísimo repertorio de “villancicos de negros”, en una Navidad exigentemente blanca; o lo que es igual, prejuiciosa, discriminatoria y marginadora. Muy pocos asumieron una respuesta de respeto tendente a incluirles desde la igualdad diferenciada: uno fue Góngora sin duda, y en América, principalmente la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa carmelita, dramaturga y poetisa. La mayoría ignoraba lo que en la actualidad llamamos “lenguaje políticamente correcto”. En aquel entonces la “corrección política” aún no estaba inventada; es decir, lo impuesto en esa tendencia ocupada en poco más que malabares lingüísticos no era moda todavía. Es por eso que el mérito de sus excepciones resulta enorme, pues, en efecto, afrontaron el fondo de desigualdad e intolerancia que existía hacia la raza negra, incluso al margen y por encima de su condición de esclavos, planteando una reorganización e inversión profundas. Los versos gongorinos aprovechan y transcriben a romance dos fragmentos del Cantar de los Cantares del Rey Salomón (I. 5 y 6) donde la sulamita dice: “Nigra sum, sed pulchra […]“, “Nigra sum, sed formosa, filiae Jerusalem, ideo delexit me rex” (“Soy morena, pero hermosa”, y “Aunque negra, soy hermosa, oh hijas de Jerusalén, después que el Sol me miró”). En su villancico de negro fechado a 1604 declara: “que aunque samo negra,/ sá hermosa tú”. A su eco, la monja poetisa (Obras completas, t. 2, Villancicos y letras sacras, FCE, México, 1976) en el Villancico VIII de los que se cantaron en la S.I. Metropolitana de Méjico para la Purísima Concepción de 1676, y también en el VIII por la Asunción de ese mismo año, dirá: “Aunque Neglo, blanco somo”, y “So molena/ con las Soles que mirá”. Ninguno sin embargo tan asertivo como el cantado en los Maitines del Gloriosísimo Padre San Pedro Nolasco el día 31 de enero de 1677: “que aunque neglo, gente somo”.
A la base de ellos está la inequívoca voluntad de poner voz a los sin voz; voceo a la callada demanda de las minorías en la pretensión de universalidad de los derechos. Ideológicamente el villancico se convierte allí en consciente instrumento de disconformidad frente a la discriminación racial, lo que supone en oído musical, asimismo, su resemantización en términos cercanos a la canción protesta.
Con todo, no corrió igual suerte otro grupo humano al que la lírica popular del villancico continuó tratando desde el prejuicio y la marginación, también durante el s. XVIII. Es el grupo de “los otros” que entre nosotros (es decir, los no-otros) fue siempre la etnia gitana. Los gitanos han sido nuestros negros, nuestros moriscos, nuestros particulares judíos. Y así, en definitiva, gitanos representaron entre nosotros, por extensión, a toda clase de marginales. Nunca obtuvieron aceptación ni merecieron tolerancia. Una tropa de gitanos ante el Portal de Belén “al Niño desnudo/ que encuentran, sin vestirse ni un pañal,/ el alma le roban,/ que otra cosa no hallan, que robar” (villancico de Lucena, 1694). Algún villancico hubo incluso que, no obstante hacer favor y defensa a la causa de su Libertad, mantuvo intacto el reparo de marginalidad social deducida de su irreductible condición delincuente, porque, sometidos o libres, siempre los gitanos, actúan “robando, a fuer de Gitanos, /la clemencia del Señor” (Zaragoza, 1727).
De cuando en cuando, el deleite de la excelencia musical del género villancesco de los s. XVII y XVIII, interpretado en catedrales y capillas de España y la América colonial, deja entreoír intencionados mensajes de racismo, intolerancia y exclusión. De cuando en cuando la tradición nos aborda con la infame memoria de esa “otra” Navidad. De cuando en cuando, el pasado es continuo y el presente sucesivo.

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