Saturday, November 18, 2006

¿El fin del secularismo?, por Ralf Dahrendorf




Cuando se celebraba el fin de la ideología –primero en los años 50 y luego, más enfáticamente aún, en los años 90-, nadie previó que la religión, el flagelo de la política en la primera mitad del siglo XX, volvería a desempeñar ese rol con venganza. Daniel Bell y Raymond Aron escribieron sobre el fin de la ideología fascista y comunista con la esperanza de que entraríamos en una era de pragmatismo en la que la política sería objeto de discusión y debate, no de creencia y de opiniones absolutas. Había llegado a prevalecer el enfoque que tenía Karl Popper de la política, en el que primaba la razón y el discurso crítico. Y, después de la caída del comunismo, cuando el fin de la historia parecía cercano, se pensó que la política ideológica había desaparecido para siempre.
Sin embargo, la historia no termina y siempre está llena de sorpresas. El fin de la historia de Francis Fukuyama y El choque de civilizaciones de Samuel Huntington aparecieron apenas con tres años de diferencia en los años 90 y una década más tarde el retorno de la religión a la política es visible para que todos lo veamos –y muchos lo padezcan.
Esos libros no son meramente un discurso académico, sino que reflejan los acontecimientos reales. Para cuando las falsas religiones de las ideologías totalitarias habían sido derrotadas, las religiones reales –así parecía- se habían alejado de la escena política. En algunos países, la lealtad formal a la fe religiosa estaba simbolizada en gestos y ritos. Sin embargo, nadie le daba demasiada importancia a que los presidentes norteamericanos de diferentes credos prestaran juramento ante Dios y el país. En Westminster, cada sesión parlamentaria comienza con oraciones cristianas presididas por personas que pueden ser cristianas o judías o no creyentes. No todas las democracias fueron tan estrictas como Francia en su secularismo formal, pero todas eran seculares: la ley es fruto del pueblo soberano y no de algún ser o entidad sobrehumanos.
Sin embargo, de pronto este compromiso secular ya no es tan claro. Los fundamentalistas religiosos sostienen que la ley debe basarse en la creencia en un ser supremo, o incluso en la revelación. El fundamentalismo cristiano en Estados Unidos ha llegado a dominar segmentos importantes del Partido Republicano. En Europa, el Vaticano hizo lobby para que se reconociera a Dios en el preámbulo del propuesto Tratado Constitucional Europeo. Israel, desde hace mucho tiempo, evita que se redacte una constitución, porque sus ciudadanos seculares temen que los judíos ortodoxos quieran imponerles sus valores.
De la misma manera, la sharia, la ley islámica, ingresó a la vida política en su versión menos iluminada en democracias jóvenes como Nigeria, para no mencionar a Irán. El fundamentalismo islámico –Islamismo– se expandió en todos los países en los que hay cantidades significativas de musulmanes.
¿Por qué la religión regresó a la política secular y democrática?
La razón principal tal vez sea que los países iluminados del mundo dejaron de estar seguros sobre sus valores, incluso del Iluminismo mismo. Se expandió un relativismo moral que lleva a muchos a aceptar los tabúes de todos los grupos religiosos en nombre de la tolerancia y el multiculturalismo. No se publican las caricaturas de Mahoma y no se monta la ópera Idomeneo de Mozart para no ofender las sensibilidades religiosas; y cuando, finalmente, se produce la publicación y la puesta en escena, se vuelven una demostración casi destinada a ofender. Uno puede entender que los creyentes iluminados en el Islam (de los cuales hay muchos) encuentren perturbador que el mundo en el que quieren vivir, en realidad, sea frágil y vulnerable.
El retorno de la religión a la política –y a la vida pública en general- es un desafío importante para el régimen de la ley implementada democráticamente y las libertades civiles que la acompañan. La respuesta de parte de las comunidades iluminadas, por ende, es importante. Tal vez esté bien que el uso de símbolos religiosos se haya vuelto objeto de debate público, aunque creo que usar pañuelos en la cabeza y hasta velos forma parte de la libertad individual tanto como usar los casquetes judíos y las cruces cristianas.
Sin embargo, hay cuestiones mucho más trascendentes –sobre todo, la libertad de expresión, incluso la libertad de decir y escribir cosas que fastidian, y hasta perturban, a muchos–. Por el bien del discurso iluminado, los límites del libre discurso deberían ser lo más amplios posibles. En el mundo libre, a la gente no se la obliga a leer un diario o a escuchar un discurso que no le gusta, y se puede oponer sin temor a lo que dicen quienes ejercen posiciones de autoridad.
El contra-Iluminismo tan de moda hoy se puede ir fácilmente de las manos. Quienes están comprometidos con la libertad deben aprender a valorarla y defenderla ahora, no sea cosa que algún día tengan que pelear para recuperarla.
Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2006
(Trad. de Claudia Martínez)

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