Thursday, September 07, 2006

¿Son ellos los únicos culpables?, por Luis Umberto Clavería Gosálbez

Cuando hace años las Fuerzas Armadas interrumpieron el proceso electoral en Argelia, se sabía que iba a ganar el FIS. Si la dictadura militar paquistaní diera paso a unas elecciones democráticas, es fácil adivinar quién vencería. Hamas venció en Palestina en los últimos comicios. Cuando cae Sadam en Iraq y se convocan elecciones no gana el centro izquierda, quedando en segundo lugar los conservadores y en tercer lugar los liberales, sino que el poder se reparte entre chiíes, suníes y kurdos. Es decir, en determinadas sociedades el procedimiento democrático habitualmente no genera un resultado que lo respete y lo perpetúe, sino que abre paso a una situación más opresiva o más convulsa que la que la democracia trataba de superar.
Una explicación inmediata podría ser el punto de partida de nuestra reflexión: nos hallamos ante sociedades en las que no ha calado una tradición que viene de la lenta y fecunda revolución inglesa y de las abruptas y creativas revoluciones francesa y norteamericana y que pasa por Descartes, Kant, Rousseau y Montesquieu. No se debe ello a que su texto religioso fundamental contenga determinadas inconveniencias sobre el concepto de libertad o sobre la relación entre religión y poder político o sobre la mujer, pues el nuestro también las contiene: recuérdense, por ejemplo, los pasajes violentos u homófobos de la Biblia o échese un vistazo a lo que piensa Pablo de Tarso sobre la mujer. El problema reside en que la antes descrita tradición nos permite, afortunadísimamente para nosotros, colocar en su lugar la fe y la política, distanciarnos prudente e inteligentemente de pensamientos que explicamos en su contexto y en su tiempo y relativizar con sentido común las formulaciones. Conste que entre ellos también existen excelsas minorías que miran con ojos cultivados sus textos y conste que entre nosotros hay más indiferencia y frivolidad que sano sentido crítico. Pero entre unas sociedades y otras hay oposición de valores, de modo que lo que en unas se reputa heroico, en otras se considera delictivo, lo que en unas es honesto, en otras se considera indecente: los repugnantes asesinos de la chica paquistaní que vivía en Italia y que se negaba a adoptar la triste vida que pretendían imponerle creían que los decentes eran ellos y ella la descarriada.
Por si no estaba claro, me manifiesto aún más nítidamente: yo estoy encantado de ser occidental, sintiéndome más grecorromano que judío y más judío que árabe, aunque de todo tenemos un poco los andaluces, enorgulleciéndonos de Averroes tanto como de Maimónides o de Séneca. Todo esto viene a cuento de que hoy, a principios del siglo XXI, hay sobrados motivos para avergonzarnos de Occidente. Frente a esas sociedades musulmanas, árabes o no, que nos obsesionan, nos comportamos exactamente del modo opuesto al pertinente, tratándolas sin tacto y sin respeto. La primera potencia militar mundial ha recordado, por ejemplo, estos días, con razón, la necesidad de cumplir la resolución 1599 del Consejo de Seguridad de la ONU, pero olvida que Israel incumple otras resoluciones anteriores mucho más importantes, colaborando a que la vida de los palestinos se haga insoportable. De los sucesos de Iraq, ignorando los gobernantes norteamericanos a la ONU, desautorizando a los inspectores, inventando pretextos para invadir que son ostensiblemente falsos y sentando las bases para una guerra civil y para la creación de un polvorín terrorista que antes no existía, mejor no seguir hablando, como mejor no hablar de la obscenidad descarada de Guantánamo, escenario en el que Occidente se ríe de sus propias normas con fraudes de ley de primer curso de Derecho. Se encuentran, pues, los pueblos musulmanes acosados, humillados, oprimidos y, cuando levantan su voz, físicamente destrozados por fuerzas militares imbatibles. ¿Hay que extrañarse de que, de entre ellos, surjan voluntarios para adosar un explosivo a su ropa y subir a un autobús o para estrellar un avión contra una torre? Llevamos varios años echando gasolina a la hoguera, clavando traviesamente tijeras en las narices del león. ¿Cuál es la diferencia entre la masacre de población civil al estallar un artefacto en un tren y la misma masacre al bombardear desde el aire a sólo población civil?
Tenemos que reflexionar urgente y profundamente. Parar los motores. Este camino no conduce sino a la destrucción; piénsese qué puede suceder si la dictadura de Pakistán, Estado con armamento atómico, salta por los aires y aflora lo que hay debajo. Antes fueron Nueva York, Washington, Madrid, Londres, Bombay, etcétera. Mañana será quién sabe qué. Repárese en que el mundo integrista, consciente de su inferioridad militar, ha decidido atacar de modo indirecto, sin identificarse ni localizarse, siendo inadecuado y contraproducente responder a sus acciones con guerras convencionales que, por rentables que sean para unos pocos, sólo son, militarmente, disparos al aire, teniendo en cuenta que en ese aire hay muchos inocentes que mueren.
La primera prioridad que tiene nuestro planeta es la sustitución de algunos de los más relevantes dirigentes mundiales por otros que sean estadistas conscientes de la singular gravedad del momento histórico en el que nos encontramos. Con estos bomberos no apagaremos el fuego, sino que nos quemaremos todos.
Luis Umberto Clavería Gosálbez es Catedrático de Derecho civil en la Universidad de Sevilla
Publicado en Diario de Sevilla, ed. de 7 de septiembre de 2006, p. 7

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