Sunday, September 24, 2006

América Latina: pensamiento y realidad, por Alejandro Serrano Caldera


En los días comprendidos entre el 13 y el 16 de septiembre se realizó en Buenos Aires, en la Universidad Nacional Tres de Febrero, el VIII Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos, en el que un grupo de filósofos, sociólogos, antropólogos, juristas, economistas y lingüistas, convocados a la reflexión y debate y provenientes de diferentes países de América Latina, se dieron a la tarea de pensar nuevamente la región a partir de temas como la interculturalidad, la educación, la política, la integración, la historia de las ideas, todo ello a partir de un enfoque filosófico a través del cual reconstruir conceptualmente la realidad latinoamericana, el desarrollo de su pensamiento y las perspectivas que a ambos se ofrecen en el presente y en el futuro inmediato.
Como parte de las actividades del Congreso se realizó en el Centro Cultural Borges la presentación de libros, enciclopedias y revistas entre los que cabe mencionar, Semillas en el Tiempo, el latinoamericanismo filosófico contemporáneo y la edición conmemorativa del 40 aniversario del Anuario de Filosofía Argentina y Americana del Instituto de Filosofía del mismo nombre, ambos de la Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina; fueron presentados, además, los tres volúmenes de Pensamiento Crítico Latinoamericano, que contiene estudios sobre ontología, metafísica, política, ética, positivismo, postmodernidad, postcolonialismo, praxeología, psicología latinoamericana, racionalidad, simbolismo y teoría crítica, entre otros temas. Se presentó también la Revista de Filosofía, de la Universidad Nacional de Costa Rica, y en esa tarde de libros, presentaciones y comentarios, tuve el agrado de presentar mi libro, Los Filósofos y sus Caminos, aparecido recientemente en Nicaragua.
En el encuentro se pudo apreciar de manera directa el inmenso trabajo intelectual que se realiza en América Latina, y el debate constante en la región en relación con temas fundamentales de su historia, identidad, cultura y posibilidades de desarrollo. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto el pensamiento latinoamericano incide o ha incidido significativamente en el desarrollo histórico de la región? ¿Hasta dónde las reflexiones y propuestas de sus pensadores tienen el peso y la influencia que sería de desear en el acontecer político, económico, social y cultural de los países de Latinoamérica?
Podría pensarse que en el momento actual y pese a la calidad de sus pensadores y a su vasta producción intelectual, la incidencia del pensamiento en la formación de la realidad latinoamericana es insuficiente. Quizás habría que poner el mismo énfasis en el pensamiento crítico, en la reconstrucción racional de la realidad y en la teoría política, que el puesto en el extraordinario esfuerzo referido a la historia de las ideas.
Sin perjuicio de las características particulares de cada país y de las diferencias que entre cada uno de ellos existe, hay rasgos comunes que se repiten negativamente: la dificultad de consolidar la democracia y el Estado de Derecho, el déficit de legalidad y de legitimidad, la conciencia crepuscular acerca de las instituciones, el caudillismo que llena, de mala manera, el vacío que deja el tejido legal, el círculo vicioso de la violencia recurrente y la concepción de la historia más como guerra civil que como diálogo, para usar las palabras de José Coronel Urtecho.
Pienso que la historia política de América Latina debe estudiarse a través de tres hipótesis o aproximaciones de interpretación:
Primera, la separación entre el derecho y la realidad. Sobre este punto se han expresado en numerosos ensayos los escritores mexicanos Carlos Fuentes y Octavio Paz, este último señalando la existencia de un universo jurídico separado del universo real; Fuentes, haciendo ver en su ensayo, Tiempo Mexicano, la separación esquizoide entre el derecho y la realidad.
Segunda, en el texto jurídico está expresada deliberadamente una intención contraria a lo que realmente quiere hacerse. En este sentido, se establecen en la Constitución declaraciones de principios que no piensan cumplirse. Se dice lo que no se hace para hacer lo que no se dice. Esta deliberada ambigüedad ha constituido la clave del ejercicio político latinoamericano.
Tercera, esta estrategia está en el origen mismo de la fundación de las repúblicas latinoamericanas. El poder en las nuevas naciones no fue para los capitanes ilustrados de la Independencia, Bolívar, San Martín, Sucre... sino para las oligarquías criollas que llenaron el vacío dejado por la Corona española en lo que al poder político se refiere, quedando, por otra parte, intactos los privilegios y la mentalidad dominante de la Colonia. El caso de Centroamérica y el de Nicaragua específicamente, no fueron una excepción a esta regla general.
Por ello el drama político latinoamericano consiste no sólo en el hecho de la debilidad de sus instituciones, sino sobre todo en la circunstancia de que los Estados naciones y las repúblicas que surgieron de la Independencia fueron fundadas sobre la mentira construida deliberadamente para mantener las cosas en la misma situación, creando así la tradición del engaño, mientras se anunciaban los cambios en las constituciones, leyes y discursos.
El vacío que dejó el poder autoritario y confesional de la Colonia fue sustituido por la retórica constitucional del liberalismo ilustrado y de las tendencias conservadoras que se diferenciaban de la anterior en el laicismo del Estado y la educación, el matrimonio civil y el divorcio. La Constitución Política ocultaba el escenario de una realidad en el que los bandos de la vieja y nueva oligarquía luchaban por el poder en las interminables guerras civiles que han llenado de dolor y sangre las páginas de nuestras historias republicanas. Al autoritarismo vertical de cruz y espada sucedió la anarquía.
Ésta ha sido nuestra historia. A pesar de ello no se puede negar que, en medio de todo, hay un esfuerzo constante de la teoría y la práctica para superar ese estado de cosas, y que a pesar de las caídas y retrocesos, de los cantos de sirenas y de toda suerte de demagogia algo se ha avanzado, en un lento y difícil caminar que va abriendo poco a poco los senderos de la democracia y del Estado de Derecho.
La filosofía de la historia y la filosofía política deberían hacerse cargo de que la globalización neoliberal ha distorsionado el camino, sumido a los pueblos en una miseria mayor a la vez que ha hecho posible que la demagogia populista y la autocracia de los poderes personales vuelvan a ser una posibilidad, y en algunos casos una realidad, en el horizonte de los pueblos latinoamericanos.
La globalización ha globalizado el capital financiero especulativo y fragmentado la precaria unidad de las sociedades y los pueblos. Se fragmenta lo jurídico de lo político, (el poder político utiliza el derecho como instrumento), la economía de la sociedad y el Estado de la sociedad civil.
Esto produce como consecuencia una crisis múltiple: de representatividad (los representantes no representan a los representados); de legalidad (la ley deviene en instrumento del poder y no en sistema de límites al poder); de legitimidad (la ley no representa la voluntad general sino los intereses dominantes del poder político, económico y financiero); de la conciencia de la institucionalidad (la sociedad no percibe a la institución como la causa y el cauce del poder, sino como un instrumento en manos del poder para legitimar y legalizar sus acciones de facto).
Además, se debilita la soberanía y el Estado pasa a ser parte de un tejido transnacional y se separa cada vez más de la propia sociedad de la que proviene en tanto se integra como vigilante y guardián de los intereses de las redes de poder mundial.
Para poder pensar en una democracia estable y en la consolidación de un verdadero Estado Social de Derecho deben tenerse en cuenta las causas internas y externas que han creado esa realidad concreta y difícil. A pesar de la globalización neoliberal y diría, precisamente por eso, es imprescindible una acción conjunta y consciente de reestructuración de las rupturas entre el Estado, la sociedad y el mercado; la construcción de una ética de los valores que constituya, como dice Joan Prats Catalá, un criterio moral para la acción colectiva; orientar el esfuerzo conjunto a establecer las bases que hagan posible la gobernabilidad democrática; integrar en objetivos comunes los esfuerzos múltiples y dispersos que ejercitan cotidianamente los nuevos sujetos y movimientos sociales.
Todo ello para procurar una verdadera concertación, un diálogo real entre los sectores políticos, económicos y sociales, que sea diálogo y no monólogo por turnos, que permita construir un nuevo contrato social que siente las bases racionales, morales y legales de las nuevas sociedades nacionales y de la sociedad latinoamericana.

Alejandro Serrano Caldera es filósofo y jurista nicaragüense

Publicado en diario La Prensa (Managua. Nicaragua), 24 de septiembre de 2006. Sección Opinión

No comments: