Tuesday, May 09, 2006

Otro paso de tuerca... Entre sordos anda el juego

Tragicómica situación de inaudita parte.
Se produce durante el interrogatorio al sordo Quasimodo por Florian Barbedinne, auditor del Embas del Châtelet de París, y también sordo, en Nuestra Señora de París (1831), de Victor Hugo, trad. de C. Dampierre, Alianza Edit., Madrid, 1980, T. I, en esp. pp. 222-229 (Lib. VI: ‘Ojeada imparcial sobre la antigua Magistratura’).

Luego de una descripción del lugar -una sala “pequeña, baja y abovedada”, donde se alzaba una mesa “con emblema de la flor de lis”, correspondiente al preboste, ausente, y un escabel a la izquierda que ocupa el auditor, letrado Florián-... Pero no conviene resumir. Mejor leemos:
“En efecto, figuraos sentado ante la mesa del preboste, entre dos legajos de procesos, apoyado en sus codo, un pie pisando la cola de la toga de paño marrón liso, el rostro hundido en las pieles de borrego blanco, de las que parecían destacarse sus cejas, rojo, malhumorado, guiñando un ojo, luciendo majestuosamente la grasa de sus mejillas que se juntaban con el mentón., al licenciado Florián Barbedienne, auditor del Châtelet.
Pero el auditor era sordo. Ligero defecto para un auditor. El letrado Florián no por eso dejaba de juzgar sin apelación y con gran sensatez. Cierto es que basta con que un juez tenga aspecto de escuchar; y el venerable auditor llenaba aún mejor esa condición, la única esencial para una buena justicia, ya que su atención no podía ser distraída por ningún ruido […]”. En varis de los juicios aún demuestra tener “menos vista que oído”, mezclando unos con otros pleitos. Entre tanto, esa mañana trae encausado a Quasimodo, “atado, liado, agarrotado y vigilado”. Florián ojea “con atención el expediente de la denuncia presentada contra Quasimodo, que le fue entregada por el escribano, y una vez ojeado, pareció recogerse a meditar un momento. Gracias a esta precaución que siempre tenía antes de proceder al interrogatorio, sabía de antemano los nombres, cualidades y delitos del detenido, tenia réplicas previstas a unas preguntas previstas, y conseguía salir con bien de todas las sinuosidades del interrogatorio, sin dejar traslucir su sordera. El expediente del proceso era para él lo que el perro para el ciego. Si sucedía por casualidad que su defecto transpareciese aquí y allá por alguna frase incoherente o alguna pregunta ininteligible, era tenida por profundidad por unos o por imbecilidad oír otros. En ambos casos el honor de la magistratura quedaba incólume; pues más vale que un juez sea reputado de imbécil o de profundo que de sordo. Ponía pues mucho cuidado en disimular su sordera a los ojos de todos, consiguiéndolo por lo general tan bien que había llegado a hacerse la ilusión de que no lo era […] Por lo que a él respecta, creía, todo lo más, que era un poco duro de oído. Esta era la única concesión que hacía sobre este punto a la opinión pública, en su momentos de flaqueza y de examen de conciencia”. Con este preparativo comenzó el interrogatorio de Quasimodo:
- ¿Vuestro nombre?
Pero he aquí un caso que no había sido previsto por la ley, el que un sordo tuviese que interrogar a otro sordo.
Quasimodo, al que nada le advertía de la pregunta que se le había hecho, siguió mirando fijamente al juez y no contestó. El juez, sordo y al que nada avisaba de la sordera del acusado, creyó que había respondido, como hacía por lo general todos los acusados, y prosiguió con su aplomo mecánico y estúpido.
- Bien. ¿Vuestra edad?.
Quasimodo tampoco respondió a esta pregunta. El juez la juzgó satisfactoria y continuó:
- Y ahora, ¿vuestro estado?.
Siempre el mismo silencio, El auditorio, sin embargo, comenzaba a murmurar y a mirarse unos a otros.
- Está bien –prosiguió imperturbable el auditor, cuando calculó que le acusado había recitado su tercera respuesta- Se os acusa ante nosotros: primo: de desorden nocturno; secundo: de vías de hecho deshonestas en la persona de una mujer loca, in praejudicium meretrices; tertio: de rebelión y deslealtad para con los arqueros de la ordenanza del rey nuestro señor. Explicaos sobre los tres puntos. Escribano ¿habéis escrito lo que ha dicho el acusado hasta ahora?
Esta pregunta desafortunada provocó un estallido de risas, desde la escribanía al público, tan locas, tan contagiosas, tan universales que preciso fue que se diesen cuenta ambos sordos. Quasimodo se volvió, alzando desdeñosamente su joroba, mientras que el licenciado Florián, tan asombrado como él y suponiendo que las risas de los espectadores habían sido provocadas por alguna réplica irrespetuosa del acusado, hecha visible para él por aquel alzamiento de hombros, le apostrofó con indignación:
- ¡Pícaro! Habéis dado una respuesta digna de la horca. ¿Os dais cuenta de a quién habláis?
Esta salida no era la más adecuada para contener la explosión de hilaridad general. Pareció a todos tan incongruente y disparatada, que la risa se contagió incluso a los sargentos del Parloir-aux-Bourgeois, una especie de sotas de bastos en los que la estupidez era uniforme. Sólo Quasimodo conservó su seriedad por la razón natural de que no comprendía nada de lo que pasaba a su alrededor. El juez, cada vez más irritado, creyó conveniente proseguir en el mismo tono, esperando conseguir así que el acusado se llenase de un terror que repercutiera sobre el público haciéndole volverse otra vez respetuoso.
- Es decir, hombre perverso y rapaz, que os atrevéis a faltar el respeto al auditor del Châtelet, al magistrado comisionado para administrar la justicia popular de París, encargado de investigar los crímenes, delitos y malos comportamientos, de controlar todos los oficios y prohibir su monopolio, de conservar el empedrado, de impedir la reventa de aves y caza, de hacer medir la leña y demás clases de madera, de purgar a la ciudad de fango y al aire de enfermedades contagiosas, de ocuparse continuamente del bien público, en una palabra, sin gajes ni esperanza de salario. ¿Sabéis que me llamo Florián Barbedienne, lugarteniente en título del señor preboste, y además comisario, cuestor, contralor y examinador con igual poder en prebostería, bailaje, conservación y presidial…?
No hay razón para que un sordo que habla a otro sordo sed detenga. Dios sabe dónde y cuándo habría aterrizado el letrado Florián, lanzado así por todas las ramas de la elocuencia de altura, si la puerta baja del fondo no se hubiese abierto de pronto dando paso a Monsieur el preboste en persona.
El licenciado Florián no se turbó por la entrada del preboste sino que volviéndose hacia él y apuntando bruscamente hacia el preboste la arenga con que estaba fulminando a Quasimodo un momento antes:
Señor –dijo- requiero cualquier pena que gustéis dictar contra el acusado aquí presente, por grave y mirífico agravio a la justicia.
Y se sentó jadeante, enjugándose las gruesas gotas de sudor que caían por su frente y mojaban como lágrimas los pergaminos extendidos ante él. Micer Robert d´Estouteville [nombre del preboste] frunció el entrecejo y clavó en Quasimodo una mirada tan imperiosa y significativa que el sordo comprendido en parte.
El preboste le dirigió la palabra con severidad:
- ¿Qué has hecho para estar aquí, truhán?
El pobre diablo, suponiendo que le preboste l4e preguntaba su nombre, rompió el silencio que guardaba habitualmente, y respondido con voz ronca y gutural:
- Quasimodo.
La respuesta coincidía tan poco con la pregunta que la risa volvió a circular, por lo que micer Robert gritó, rojo de ira:
- ¿Te burlas de mí, pícaro?
- Campanero de Nuestra Señora –respondió Quasimodo, creyendo que se trataba de explicar al juez lo que era.
- ¡Campanero! –replicó el preboste, que se había despertado aquella mañana con tan mal humor, como hemos dicho, que su ira no necesitaba ser atizada por tan raras respuestas-. ¡Campanero! ¡Ya haré yo que te toquen un carillón de vergajos en las espaldas por las calles de París! ¿Me oyes, truhán?
- Si es mi edad lo que queréis saber –dijo Quasimodo- creo que cumpliré veinte años el día de San Martín.
Aquello era demasiado fuerte y el preboste no pudo contenerse.
- ¡Ah, te burlas del preboste, miserable! ¡Sargento de vara, llevadme a este pícaro a la picota de la Grève, azotadle y volvedle a traer dentro de una hora. ¡Me las pagará, vive Dios! ¡Y ordeno que se pregone esta sentencia, con la concurrencia de cuatro trompetas jurados, en las siete capellanías del vizcondado de París!
El escribano se puso a redactar al momento la sentencia
- ¡Vientre de Dios! Esto está bien juzgado –gritó desde su rincón el pequeño estudiante Jehan Frollo du Moulin.
El preboste se volvió y clavó otra vez fijamente en Quasimodo sus ojos brillantes.
- Creo que el rufián ha dicho vientre de Dios. Escribano, agregad doce denarios parisienses de multa por blasfemia y que la obra de Saint-Eustaque perciba la mitad. Es cosa sabida que tengo una especial devoción por Saint-Eustaque.
La sentencia quedó escrita en pocos minutos. El texto era simple y breve. La costumbre de la prebostería y el vizcondado de París aún no había sido viciada por el presidente Thibaut Bailletr y por Roger Barmne, el abogado del rey. No era obstruida entonces por esa espesa selva de embrollos y tramites que esos dos jurisconsultos implantaron eb los comienzos del siglo XVI. Todo era claro, expeditivo, explícito. Se iba derecho al bulto, y se veía en seguida el final de cada sendero, sin ramajes ni recovecos, la ruela, la horca o la picota. Se sabía por lo menos a dónde se iba.
El escribano presentó la sentencia al preboste que puso en ella su sello y Salió para continuar su ronda por los auditorios, en un estado de espíritu que debió aquel día llenar todos los calabozos de París. Jehan Frollo du Moulin y Robin Poussepain reían para sus adentros. Quasimodo miraba todo aquello con gesto indiferente y asombrado.
Pero el escribano, en el momento en que el licenciado Florián Barbedienne leía a su vez la sentencia para firmarla, se sintió lleno de piedad por el pobre diablo de condenado y, con la esperanza de conseguir alguna disminución de la pena, se acercó todo lo que pudo a la oreja del auditor y le dijo, señalándole a Quasimodo:
- ¡Ese hombre es sordo!
Esperaba que ese achaque común despertaría el interés del licenciado Florián e favor del condenado. Pero, en primer lugar ya hemos hecho observar que Florián no deseaba que nadie se diera cuenta de su sordera. En segundo lugar era tan duro de oído que no oyó ni una palabra de lo que le dijo el escribano; pero quiso hacer creer que había oído y contestó:
- ¡Ah! Eso es diferente. No lo sabía. Una hora más de picota, en tal caso.
Y firmó la sentencia con aquella modificación”

Addenda: Vid. sobre testifical de sordomudos e intervención de interpretes arts. 442 LECr. vs. 361 LECv.
(La imagen corresponde a un fotograma de la película de William Dierterle The Hunchback of Notre Dame, 1939. Charles Laughton interpreta a Quasimodo)

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