Tuesday, May 09, 2006

Inaudita parte. Justicia ciega & Jueces sordos



“Su Señoría tomó un fajo de papeles, llamó al ayudante y le apuntó con el dedo a una de las páginas. El ayudante pasó su vista cuidadosamente sobre ella y acercándose a Su Señoría el susurró unas palabras al oído izquierdo, no tanto porque fuera un secreto como porque era totalmente sordo del derecho”. José Ferrater Mora, El juego de la verdad, Destino, Barcelona, 1988, p. 83.

Esta limitación sensorial puede ser en juicio mucho más clamorosa. Lo testimonia Piero Calamandrei en L´Elogio dei giudici scritto da un avvocato (1ª ed. Le Monnier, Firenze 1935), Elogio de los jueces escrito por un abogado, trad. de S. Sentís Melendo e I. J. Medina, con pról. de D. Medina, Imp. Góngora, Madrid, 1936, Existe una ed. argentina, con Est. Prel. Marcelo Bazán Lazcano, en trad. de A. Redín, S. Sentís Melendo y C. Finzi, Lib. “El Foro”, Buenos Aires, 1997, que incorpora a las pp. 241-242 la referencia a una apelación en causa civil donde el autor actuaba como letrado, y hallándose enfermo el magistrado ponente, se le sustituyó por otro que era sordo:
“Antes de que la audiencia comenzara, me llamó el presidente a su despacho y me dijo amablemente:
- Lamento, abogado, pero se tiene que postergar el debate
- Excelencia, he viajado expresamente….
- Comprendo, y lo lamento, pero el relator, que había estudiado la causa, se enfermó precisamente ayer y he tenido que reemplazarlo con otro. Y el nuevo relator no ha tenido tiempo todavía para estudiarla.
- No me parece que eso haga necesaria la postergación; trataremos los abogados de hablar en la forma más simple y precisa, de modo que el nuevo relator, si tiene la amabilidad de escucharnos, comenzará así a informarse de las cuestiones y hallará después mucho más fácil el estudio del expediente.
El presidente se echó a reír:
- El nuevo relator no está en condiciones. Desgraciadamente, de escuchar a los abogados: es completamente sordo.
Quedé estupefacto; y é, sonriéndome, añadió:
- Lo lamento de veras; pero es necesario dar tiempo a que el relator pueda leer los expedientes, y postergar el debate para dentro de quince días.
- Está bien, excelencia; pero ¿dentro de quince días no estará igualmente sordo?
- Claro que sí. Pero cuando dentro de quince días se haya enterado de la causa a través de la lectura del proceso, podrá asistir al debate con algún provecho; porque sus gesticulaciones y el movimiento de sus labios lo ayudarán a captar, con cierta aproximación, y ayudándose de la referencia a los informes escritos, sus argumentaciones orales. Y si o las capta, los del colegio, que las habremos oído bien, se las referiremos en la Cámara del consejo.
- Volví puntual al cabo de quince días; y en el debate oral traté de hacer entender con gestos al relator, que me miraba con ojos fuera de las órbitas, la diferencia que existe entre prescripción y decadencia [caducidad]. Es un tanto difícil expresar esta diferenta con gestos; y en verdad, la circunstancia de que la sentencia, que salió seis meses después, no me diera la razón, me demostró que no lo conseguí”.

A renglón seguido comenta recordando otras anteriores comparecencias ante aquella misma Sala, y la circunstancia de la apariencia “severa” que dicho magistrado mostraba durante las sesiones. Había observado Calamandrei que mientras se dirigía al tribunal ese siempre lo miraba “continuamente, fijo e impasible, sin que un movimiento o una crispación de su rostro dejara traslucir sus impresiones”. De tal manera que si, como toscazo, acaso introducía en su alegato alguna broma capaz de producir una leve sonrisa entre quienes le escuchaban, “con él, no había manera; toda broma caía en el vacío; los demás se reían, y él me miraba con la misma cara ceñuda que me helaba. Se había convertido para mí en la imagen viviente de la austeridad de la justicia, que no admite chistes o divagaciones”. Años después, aquel mismo juzgador, una vez jubilado, ejercería de abogado. Fue entonces cuando les confesó padecer “un antiguo defecto de oído”, por el que “a más de un metro de distancia no alcanzo a escuchar la palabra de mi interlocutor”. Calamadrei concluye: “Me di cuenta entonces por qué, cuando ejercía la magistratura, no se reía jamás; jueces y abogados están en la audiencia a unos diez metros aproximadamente de distancia. Parecía austero, pero lo que ocurría es que era sordo”

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